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Pese a que esta descarnada descripción del estado actual de los movimientos sociales lleva al desánimo, por no decir a la depresión, siguen existiendo experiencias exitosas, cambios significativos en situaciones sangrantes de injusticia que hay que colocar en el haber positivo de la sociedad civil organizada. Así lo reconoce, en uno de sus capítulos, el citado informe FOESSA, publicado en 2008 y que da un repaso a la realidad sociológica española de los últimos años. “Las ONG han mantenido un marcado carácter de servicio en los países en vías de desarrollo, aunque algunas se han adentrado con éxito en acciones de concienciación y presión política”. Ejemplos claros de esta constatación son varias campañas internacionales que buscaban cambiar realidades que generaban dolor y muerte a gran parte de la población mundial. Así, podríamos citar la iniciativa que logró que la mayoría de las grandes potencias mundiales firmaran un acuerdo para dejar de fabricar minas antipersona; o la que forzó a las principales multinacionales farmacéuticas a ‘tragar la amarga píldora’ que suponía que Sudáfrica (la nación con el mayor número de enfermos de sida del mundo) y otros países del Sur, pudieran importar medicamentos genéricos, más baratos, para combatir los efectos del VIH; o aquella que arrancó a las grandes potencias del mundo, en varias cumbres G-10, compromisos sobre la condonación de la deuda externa a los países más pobres y más endeudados del mundo.

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