Mujeres en lucha = + democracia

temaportada2-2.jpgCuando una mujer se enfrenta a las injusticias, el mundo sale ganando. Sí, claro está, también sucede cuando un hombre lo hace. Sin embargo, la forma en que las mujeres se enfrentan al abuso de poder, a la miseria, a la guerra o a la violación de los derechos, suele basarse en otros parámetros y termina aportando un plus de humanidad. El mundo está lleno de ejemplos de arriesgadas activistas que entienden la lucha contra la falta de justicia como una tarea colectiva, no violenta y creativa. El sentido de comunidad prima ante la búsqueda de la individualidad. ALANDAR quiere rendir un homenaje a un puñado de estas valientes defensoras de un proyecto de mundo que tiene mucho que ver con el Reino que nos anunció Jesús de Nazaret.

Rosa Sopho, una campesina indígena que vive a más de 5.000 metros de altura, en los Andes peruanos, se dedica entre otras muchas tareas a la cría de alpacas, un rumiante parecido a la llama del que los quechuas llevan siglos obteniendo su lana. Rosa aprovechó unos cursos de capacitación que se le ofrecían desde un proyecto financiado por la cooperación española, para cambiar radicalmente su visión sobre el mundo. Sustituyó su vida de ‘esclava’: horas pastoreando a las alpacas, tras haber limpiado la casa, arreglado a sus pequeños, cocinado…, y a la vuelta del monte, volver a empezar; por una participación (sin abandonar ni a su trabajo ni a su familia, aunque consiguiendo que su pareja se implicara más en las tareas que son de los dos) decidida en organizaciones comunales. “Allí las mujeres, aunque eran mayoría, sólo se les permitía escuchar. Los hombres eran los que dirigían siempre”, recuerda. Entonces se le abrió un mundo de posibilidades de mejora, no sólo para ella sino también para las otras mujeres de su comunidad. “Creo que todas las mujeres deberían organizarse y aprender a superar las dificultades juntas”, afirma orgullosa de su sexo.

El caso de Rosa Sopho se descubre en el documental ‘Un cambio en la mirada. Cinco historias de América Latina’, dirigido por Ramón Fontecha y producido por la Fundación Internacional y para Iberoamérica de Administración y Políticas Públicas (FIIAPP) y el Programa EUROsociAL, en colaboración con la Agencia EFE. A través de la experiencia personal de sus protagonistas, se observan las reformas políticas que se están llevando a cabo, en muchos países del continente, en el campo de la educación, la salud, el empleo, la justicia y las políticas fiscales. Todo ello trata de promover una mayor igualdad de oportunidades en el acceso al bienestar y a los servicios sociales. De las cinco historias que se narran, tres están protagonizadas por mujeres y no es por casualidad.

Otra de los casos que se narran es el de Norma Cuz, activista de los derechos de las mujeres en Guatemala, quien se jugó la vida por denunciar el escándalo que supone que en los últimos dos años, en su país, más de 1.200 mujeres hayan sido asesinadas. Gracias a Norma Cruz, a su insistencia y a su trabajo, 30 asesinos fueron condenados en 2007 y, bajo su iniciativa, el Congreso de Guatemala aprobó en 2008 la primera Ley contra el Femicidio y otras formas de Violencia contra la Mujer. Norma es presidenta de ‘Sobrevivientes’, un colectivo integrado mayoritariamente por mujeres víctimas de la violencia machista. “ Si la mujer rompe el silencio y se arriesga ”, apunta, “vamos a ganar. Así conseguiremos que este sistema de injusticias se rompa”.

Lo pagó con su vida

En no pocas ocasiones, el compromiso en la lucha por la libertad, los derechos humanos y la democracia termina desembocando en la muerte. Y no sólo en los países que solemos meter en el ‘saco’ despreciativo del Tercer Mundo. Rusia, dónde se supone que reina un sistema democrático y de derecho, puede enorgullecerse de haber sido la tierra en la que nació Anna Stepánovna Politkóvskaya, un icono de la pelea por desvelar la gran mentira que se disfraza detrás de la democracia rusa.

Politkóvskaya fue una periodista rusa y activista por los derechos humanos. Su figura es reconocida por haber denunciado los abusos que se produjeron (y se siguen produciendo) en torno al conflicto checheno, y por haberse convertido en la principal instigadora del ‘zar’, (perdón) del expresidente ruso, Vladímir Putin.

Politkovskaya se hizo mundialmente conocida por escribir reportajes sobre Chechenia, donde muchos periodistas y trabajadores humanitarios habían sido secuestrados o asesinados. Fue arrestada y sujeta a una simulación de ejecución por parte de las fuerzas militares rusas. Además, tiempo después, fue envenenada en camino a Beslán (ubicada en la república rusa de Oseatia del Sur), pero sobrevivió y continuó informando. Escribió varios libros tanto sobre la guerra en Chechenia como sobre la Rusia de Putin y recibió numerosos premios internacionales por su trabajo.

Su final, que ella misma ya había anunciado a toda persona que le quiso escuchar, fue una muerte violenta: murió tiroteada en el ascensor del edificio de su apartamento en Moscú el 7 de octubre de 2006. Gran parte de las sospechas de la autoría cayeron sobre Putin aunque nunca se ha podido demostrar nada. De hecho, en febrero de 2009 se celebró el juicio contra los presuntos acusados de matar a la periodista, en el cual resultaron absueltos por falta de pruebas. El manto de la impunidad volvió a cubrirlo todo en un país acostumbrado a que los poderosos no paguen nunca o casi nunca, por los delitos que cometen.

La organización Raw War recuerda cada año el ejemplo de la periodista rusa concediendo el premio Anna Politkovskaya ‘Reach all women in war’ (Rescata a todas las mujeres que sufren la guerra) a una iniciativa que busque crear conciencia sobre los esfuerzos de mujeres destacadas en zonas de conflicto. En 2009, el galardón fue concedido a la campaña ‘Un millón de firmas por Irán’. Con esta acción, que desarrolla fundamentalmente en Internet, pretende recolectar un millón de firmas para presentar una petición al parlamento iraní con la que se logre que mujeres y hombres sean iguales ante la ley (ante Dios lo fueron siempre). La lucha por lograr una equidad de género se inició hace tres años, el 12 de junio del 2006, cuando cientos de personas se reunieron en la capital iraní, Teherán, para protestar por las restricciones legales que enfrentan las mujeres. Desde entonces, comenzaron a surgir demostraciones y protestas en todo el país que perseguían este mismo fin. El pasado mes de junio, la joven Neda Agha-Soltan fue brutalmente asesinada durante una de las protestas.

La mitad de un hombre

Las leyes civiles iraníes deciden el destino de la vida de las mujeres. Desde la exigencia de que la mujer necesita el permiso de su padre o abuelo paterno para casarse, hasta las leyes que estipulan que una mujer puede ser obligada a contraer matrimonio una vez cumplidos los 13 años. Además, otras medidas como que el divorcio es derecho exclusivo de los hombres y que se permite la poligamia masculina. Esta perspectiva de los derechos humanos en Irán presenta un escenario complicado donde, legalmente hablando, la vida de una mujer iraní vale sólo la mitad de la de un hombre.

temadeportada3-2.jpgEl movimiento social se ha enfrentado, desde entonces, a obstáculos geográficos y de seguridad, además de a una vehemente campaña de oposición por parte de los sectores más conservadores del gobierno. Más de 50 miembros de la organización han sido arrestadas y condenadas a castigos que van desde latigazos hasta el confinamiento en soledad.

Shirin Ebadi, una de las fundadoras del movimiento y ganadora del Premio Nobel de la Paz en 2003, ha expresado que “las leyes impuestas sobre las mujeres iraníes son incompatibles con su estatus y por tal, el movimiento por la igualdad es muy fuerte. El programa de las firmas en la petición busca probar que la igualdad de géneros es la voluntad de todos los iraníes”.

En la página web de la organización,(www.campaign4equality.info/english/), que también tiene textos en español, se explica que “las mujeres intentan mejorar su estándar de vida y el de sus familias al completar importantes grados educativos y profesionales. Sin embargo, debido a las leyes discriminatorias, muchas de estas batallas individuales pierden su significado”.

Rasgarle las vestiduras

Orsina Polanco es la primera diputada indígena en la Cámara de Representantes (el Congreso nuestro) de Colombia. “La política la llevo en la sangre, mi padre fue un hombre político, un indígena que dentro de las comunidades indígenas resolvía los conflictos. Yo estoy desde los 13 años en movimientos políticos. Fui candidata al consejo de mi municipio a los 18 años, en Guajira. Mi mamá no estuvo de acuerdo en que yo continuara en la política, porque le parecía muy cansado. Claro, mi papá traía mucha gente a casa, y a ella le tocaba atenderlos a todos”, reconoce.

En la Cámara de Representantes de Colombia la presencia de mujeres es testimonial: de 166 integrantes, 13 mujeres, casi nada. “A veces llega el momento de la plenaria y somos dos mujeres. Y mujer indígena sólo yo”, cuenta Orsina en una entrevista reciente. Cuando el entrevistador le pregunta por las afrentas que ha sufrido en el mundo de la política, en su doble condición de indígena y mujer, narra una que no tiene desperdicio: “Una de las que más recuerdo, y además muy dolorosa, fue cuando me pisaron la manta, mi ropa indígena. Mi vestimenta indígena es bastante larga, y un día llegué, y necesitaba utilizar el baño. Cuando salí del baño y corría a votar en contra de un proyecto, varios hombres, se pusieron de acuerdo y me pisaron la vestimenta y me atranqué. Yo me dije ¿qué es esto? Estuve a punto de denunciar el hecho. Me puse muy mal, me pareció terrible que me hicieran eso. Pensaba: estoy en un país democrático, en una cámara legislativa, con personas pensantes… Llegó el momento en que la sesión se levantó y yo quedé muy sola. Había otra mujer en el recinto pero desapareció y no dijo nada. Y yo me preguntaba ¿Será por ser mujer? ¿Será para que yo no vote? ¿Será que no tengo personas aliadas acá? ¡Tengo que buscar aliados!, me dije. Entonces empecé a buscarlos y soy aliada de muchos ahora. Los he aprendido a conocer”, concluye.

temadeportada4-4.jpgDispuestas a mover lo inamovible

La Iniciativa de las Mujeres Premio Nobel (www.nobelwomensinitiative.org), sólo en inglés, fue creada en el 2006 por las laureadas del Premio Nobel de la Paz: Jody Williams, Shirin Ebadi, Wangari Maathai, Rigoberta Menchú Tum, Betty Williams y Mairead Corrigan Maguire. Estas seis mujeres representantes de América del Norte y del Sur, Europa, Medio Oriente y África, decidieron sumar nuestras extraordinarias experiencias en un esfuerzo unido hacia una paz con justicia e igualdad.

En los 109 años en los que esta distinción se ha concedido, el Premio Nobel de la Paz sólo ha correspondido a 12 mujeres. ¿Ha sido, quizá, porque no ha habido suficientes mujeres que se lo merecieran? ¿O, quizá, tal y como pasa en la Academia de la Lengua Española y en tantas otras instituciones dominadas por miembros masculinos, se debe a que el hombre puntúa desde criterios de visibilidad y prestigio, en vez de desde parámetros de auténtico cambio social? “Este Premio es un gran honor, pero también una gran responsabilidad”, dicen a quien las quiera escuchar. “Este sentimiento de responsabilidad nos impulsó a crear la Iniciativa de las Mujeres Premio Nobel para así ayudar a fortalecer el trabajo realizado en defensa de los derechos de la mujer alrededor del mundo; una labor frecuentemente cumplida entre las sombras y con poco reconocimiento”, concluyen.

Convencidas de que la paz significa mucho más que la ausencia de un conflicto armado, las integrantes de la Iniciativa de las Mujeres Premio Nobel se han puesto como meta usar la visibilidad y prestigio que les otorga este premio para promover, resaltar y amplificar la labor tanto de las activistas y las investigadoras que trabajan por los derechos de la mujer, como de las organizaciones que en todo el mundo combaten las causas fundamentales de la violencia. De esta manera, se fortalece y expande el movimiento global que promueve la no-violencia, la paz, la justicia y la igualdad.

Para lograr este objetivo emplean tres estrategias: convocar, definir el diálogo y promover y dar visibilidad.

Aunque este colectivo no se limita a trabajar en temas relacionados con los derechos de las mujeres pisoteados en medio mundo (por no decir en el mundo entero). Recientemente, en enero pasado, se implicaron en denunciar la orden dada por el Gobierno de Egipto de cortar el pasillo humanitario que permite hacer llegar ayuda de emergencia (alimentos y medicinas, sobre todo) a la población de Gaza (Palestina), la más maltratada y pobre de esa zona del planeta. También llamaron la atención, en la pasada cumbre de Copenhague, sobre la falta de voluntad política de los máximos dirigentes mundiales (hombres en un 95%) respecto a ‘poner toda la carne en el asador’ para que frenar el cambio climático. Y lo hicieron con una declaración en la que, entre otras cosas decían: “Pedimos que se impliquen los gobernantes en frenar la destrucción del planeta. Así conseguiríamos que los pequeños campesinos del Sahel, en África, zona del planeta en la que miles de niños y niñas dejen de morir de hambre por la gran sequía que afecta a ese lugar. O que la comunidad Inuit de Canadá, dejen de ver cómo el deshielo de enormes extensiones en el Ártico provoque el fin del ecosistema del que viven; o que las y los habitantes de las islas Maldivas ya no vivan atemorizados ante la previsión de que, en 2050, la subida del nivel del mar, una consecuencia más del cambio climático, inunde buena parte de la tierra que habitan

La Iniciativa de las Mujeres Premio Nobel patrocina, cada dos años, encuentros internacionales entre mujeres en diferentes regiones del mundo y para visibilizar los temas que son relevantes en cada lugar. El objetivo de estas reuniones se centra en resaltar las similitudes y diferencias y generar espacios en los que se den conexiones muy valiosas entre activistas que defienden los derechos de la mujer alrededor del mundo. Dichas actividades se organizan con una visión orientada a la acción. “Interactuar y trabajar juntas, en lugar de competir, nos permite fortalecer el trabajo de todas. La Iniciativa de las Mujeres Premio Nobel está comprometida con complementar y reforzar las labores que ya existen y está decidida a evitar la duplicación de esfuerzos”, subrayan. “Lo que parece inamovible se puede mover”, se ha convertido en una de sus consignas más repetidas.

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