Muerte y resurrección, una oportunidad, un regalo

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Para el pueblo latinoamericano hace mucho tiempo que Romero es santo.La noticia parece que sorprendió hasta a los que más cerca han estado en los últimos años de la vida y la muerte de Oscar Arnulfo Romero: el papa Francisco ratificaba a comienzos de este año 2015 el reconocimiento, por parte del Colegio de Teólogos de la Congregación para las causas de los Santos, del martirio in odium fidei de monseñor Romero.

Con estos pasos, la Iglesia declara que el asesinato de monseñor Romero el 24 de marzo de 1980, mientras celebraba la Eucaristía, fue un martirio formal y material por odio a la fe. La declaración de martirio es decisiva para la beatificación porque no hace necesario esperar a la declaración de un milagro en el camino hacia la canonización.

Desde la llegada de Francisco a la sede de Pedro en marzo de 2013, se ha vivido un aceleramiento respecto a este proceso, que había sufrido anteriormente diferentes parones y estancamientos.

Según sabemos a través de Jon Sobrino, director del Centro Pastoral Monseñor Romero de la Universidad Centroamericana en El Salvador (UCA), los dos papas anteriores, Juan Pablo II y Benedicto XVI, hablaron de ello pero no con mucha convicción ni decisión. Se notaba el temor de incomodar a los poderosos: “Todavía no es el tiempo oportuno”.

Para llegar hasta aquí han transcurrido 35 años.

Romero, un converso

Eran muchos los que, desde el asesinato de Óscar Romero, habían pedido el reconocimiento de su muerte como consecuencia de su vida y de su fe en el Señor Jesús… pero no parecía oportuno para las personas que debían tomar esa decisión en el seno de la Iglesia; quizá por no compartir el mensaje subyacente, quizá por no enfadar a una parte de la sociedad salvadoreña que desacreditó y humilló en vida y después de muerto a monseñor Romero, incapaces de entender.

Desde que el tema se ha desbloqueado son muchos los artículos y reflexiones que se reavivan en torno a él y a su compromiso para que el pueblo de El Salvador viviera, tuviera vida en abundancia.

Con el paso de estos 35 años –según nuestra edad, tendremos recuerdos o desconocimiento de quién es monseñor Romero– este próximo aniversario nos da la oportunidad de reencontrarnos con alguien que nos interpela. Una persona que nos conmueve que nos invita a profundizar nuestra experiencia de encuentro con Jesús y con los hermanos.

El reconocimiento del martirio de monseñor Romero es inseparable del martirio de su pueblo. Cuando nos acercamos a su biografía nos encontramos con un hombre que se transformó, que se convirtió.

Le convirtió el dolor de las mujeres y hombres concretos que eran excluidos sistemáticamente por un sistema oligárquico y le convirtió la experiencia que muchos hermanos suyos, sacerdotes y laicos, campesinas, estudiantes y religiosas estaban haciendo en un contexto que llamamos teología de la liberación. Una teología que cambió a muchos y muchas en América Latina, que propició un cambio de mentalidad gigantesco para reinterpretar los acontecimientos históricos y la experiencia de fe.

Su síntesis podría ser: entender la fe cristiana como un compromiso inequívoco con la justicia social. Como en el Evangelio, la teología de la liberación entiende que fe y justicia siempre van juntas.

Afirmar esto, siempre y en todo lugar, es peligroso y desestabilizador. Por eso, al calor de esta convicción, fueron asesinados y dieron su vida, miles de mártires que hoy acompañan a monseñor Romero con el testimonio de su vida entregada.

Aunque hay distintas valoraciones en este sentido, testimonios directos sugieren que Juan Pablo II no le trató bien en vida. No le escuchó y su silencio junto con el de los obispos salvadoreños que coincidieron en el tiempo con Romero se percibe como una de las causas que le hicieron más vulnerable, que le pusieron más al alcance de sus enemigos, los enemigos del pueblo de El Salvador.

Vías de santidad

Hablando con compañeros de los Comités Óscar Romero –que surgen después de su muerte para mantener viva su lucha y compromiso con el pueblo de El Salvador y del resto de América Latina– comparten la contradicción que les supone la noticia, al imaginarse que van a encontrar a monseñor Romero al lado de otros santos de reciente canonización.

Desde hace tiempo, muchas personas han expresado una reflexión compartida que ahora cobra actualidad: la sorpresa de muchas personas en el seno de la Iglesia sobre la rapidez de algunas canonizaciones, como la de Josemaría Escrivá de Balaguer o la del propio Juan Pablo II, frente la lentitud de un proceso como el de Óscar Romero y tantas y tantos otros santos y mártires cuyo recuerdo sigue vivo en sus comunidades.

No obstante, siguiendo de lejos sus pasos, queremos ir de la denuncia al anuncio (éste nos llevará de nuevo a la denuncia, en un entramado de fe). Y el anuncio hoy es que San Romero de América es un ejemplo vivo de la parábola del grano de mostaza: su muerte dio lugar a la vida de su pueblo.

En estos días nos encontramos con los recuerdos del poema que le dedicó Pedro Casaldáliga y las palabras que Ignacio Ellacuría, mártir también, dijo sobre él en la Eucaristía que se celebró en la UCA días después del asesinato: “Con monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”.

La noticia de su próxima beatificación nos llena de alegría, nos esponja el alma, nos permite concebir la esperanza de que siempre es tiempo para convertirnos al dolor de los demás y luchar por su dignidad.

En la próxima Pascua, al leer la letanía de los Santos, sentiremos ratificada por la comunidad eclesial su inclusión en la misma.

En este año de celebración animamos a todos a acercarnos al relato de los acontecimientos de aquellos años convulsos en El Salvador, en Centroamérica y en América Latina en general. Según nuestra edad, recordaremos con mayor o menor nitidez esos acontecimientos y, una vez recordados, puestas las coordenadas, lo más interesante de este aniversario es el legado que monseñor Romero nos dejó y que se mantiene vivo.

En unas declaraciones a la revista Vida Nueva, monseñor Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de El Salvador, decía: “Mi impresión es que monseñor Romero es un mártir atípico. Es un santo que no nos deja tranquilos, que cuestiona nuestra forma de vida, que nos invita a dejar las posiciones cómodas y a atrevernos a correr riesgos. Pero cuando se da el paso uno se siente en muy buena compañía, como él se sintió en el Cristo muerto y resucitado”. ”En él está mi vida y mi muerte”, escribió monseñor Romero en su cuaderno de apuntes espirituales un mes antes de su asesinato.

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