Medio siglo de primavera conciliar

 Foto. Diego Torres Silvestre CCMás de medio siglo ha transcurrido desde que la Iglesia decidió abrir una ventana al mundo. A través de ella sopló con amor y verdad el Espíritu Santo y este soplo de esperanza y de cambio se plasmó en el Concilio Vaticano II (CVII). La gran obra de Juan XXIII no consiguió alcanzar, sin embargo, la capacidad renovadora que se le auguraba en un primer momento. El interés de quienes manejaban los hilos del poder vaticano, la curia que tanto se arrepentiría de haber elegido a un papa bueno, terminó imponiéndose sobre las bellas y nobles ideas que contenía el texto conciliar. Ahora, en 2013, parece que la elección del papa Francisco devuelve a la Iglesia, al pueblo de Dios, el aroma de aquella primavera que brotó hace 50 años.

Alandar ha querido en este número de abril retomar la vigencia del Concilio Vaticano II. Para reflexionar sobre su importancia, publica una conversación-reflexión de dos voces muy interesantes del panorama teológico nacional (y dos voces muy distintas). Se trata de Silvia Martínez Cano y de Rafael Aguirre. De sus palabras se entiende que muchas de las “buenas noticias” anunciadas en el CVII no dejan de ser en la actualidad asignaturas pendientes de una Iglesia que ha avanzado muy poco en el ecumenismo y el diálogo interreligioso, la liturgia participativa, la colegialidad episcopal o el papel de la mujer en todos los ámbitos de la institución, por citar cuatro ejemplos.

¿Por qué el Vaticano II no terminó significando el aggionarmento de la Iglesia que parecía ser? La resistencia con la que topó en la curia vaticana fue enorme y, encima, se dejó en manos de una élite conservadora su interpretación. Reconociendo este freno a su implantación real, no puede negarse que miles de parroquias y de comunidades se ilusionaron con un concilio que animaba a escuchar a Dios a través de la historia.

Solo hay que recordar la relevancia numérica y pastoral que alcanzó en España, en los últimos estertores del franquismo y primeros años de la Transición, el movimiento de los curas obreros: sacerdotes que quisieron conocer de cerca el día a día la clase trabajadora, acudiendo a trabajar a las fábricas. Y qué decir de la trascendencia que los mensajes conciliares alcanzaron, en las décadas de los 70 y 80, en América Latina, entre las comunidades -los religiosos y religiosas- y hasta en muchos obispos.

La radicalidad de su mensaje y del testimonio que dieron, muchos hasta la muerte, llegó a poner francamente nerviosos a los que detentaban el poder político, económico y hasta religioso del mundo. Las dictaduras militares de Guatemala, Argentina, Chile, El Salvador o Brasil, por citar algunos ejemplos, acosaron con especial saña a sacerdotes, monjas y personas laicas de comunidades muy comprometidas en la denuncia de las violaciones de los derechos humanos. Años después -y bajo el papado de Juan Pablo II- se persiguió todo lo que tuviera algo que ver con la “teología de la liberación”. Y eso pese a que, en Puebla y Medellín, la Iglesia latinoamericana había respaldado de forma inapelable los principales mensajes recogidos por el Concilio Vaticano II. Volver a hablar ahora de sus hallazgos es una gran noticia. Dios quiera que este bello árbol, con raíces profundas en el Evangelio, siga dando otros 50 años o más, frutos en abundancia.

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