La paz necesita paciencia

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Foto: comunidad de Sant'Egidio.La no violencia surgió como un movimiento de lucha y resistencia contra el colonialismo, el racismo o las dictaduras. Hoy es, sobre todo, un método ineludible de resolución de conflictos. A todos los niveles: desde la comunidad de vecinos y vecinas a las guerras que salpican el mundo. No basta con resistir; hay que respetar a la otra persona, dialogar y encontrar puntos comunes de entendimiento. Solo así se alcanza de verdad la paz. Lo explica a las claras Jesús Romero, miembro de la Comunidad de Sant’Egidio, que tiene en su haber el éxito de negociaciones en conflictos tan enquistados como los de Mozambique, Guatemala o Burundi.

¿Qué balance podemos hacer de la no violencia en la primera década de este siglo?

Se ha puesto en evidencia la necesidad de trabajar por la no violencia, no sólo para intentar solucionar los conflictos entre los estados, sino también como prevención de las situaciones de terrorismo (11-S, 11-M, Londres, Bombay, etc…) que han sido originadas, en algunos casos, por ciudadanos de los países donde se perpetraron los atentados. Estos episodios muestran la necesidad de trabajar por la integración y la convivencia de todos los ciudadanos y ha hecho más visible el papel de la ciudadanía en la construcción de la no violencia.

¿Tiene sentido la no violencia hoy, en estos tiempos de crisis, pobreza, acampadas y primaveras árabes?

Tiene mucho sentido el apostar por la no violencia pues, como dice Andrea Riccardi (fundador de la Comunidad de Sant’Egidio), la guerra es la madre de la pobreza y esto se manifiesta de manera palpable en muchos países del mundo que, aunque son ricos en recursos y bienes, a causa de la violencia dilapidan su futuro en guerras civiles y empobreciendo a la población.

¿Sigue siendo más efectiva que la violencia para resolver de verdad los conflictos?

No hay posibilidad de vencer los conflictos mediante la violencia; solamente se pueden acallar. Una victoria violenta siempre conlleva el riesgo de una violencia larvada que puede volver a renacer en un futuro, incluso tras la celebración de unas elecciones postconflicto.

¿Cómo se puede ejercer la no violencia en este contexto?

A nivel personal y ciudadano, apostando por el diálogo, el entendimiento y la negociación de los conflictos, lo cual no significa la cesión a los violentos, sino la puesta en justo valor de los derechos irrenunciables a la paz, a partir de los cuales se pueden llegar a acuerdos.

¿Hasta dónde cabe llegar con la no violencia? ¿Hay que soportar todo?

No hay que soportar todo, por lo que hay que buscar modos inteligentes de llegar al diálogo antes de que las situaciones se enquisten.

Está claro que la mera resistencia pasiva no es suficiente para resolver situaciones muy enquistadas. ¿Basta con protestas, acampadas, huelgas de hambre… hasta doblegar la posición contraria? ¿O hay que ir algo más allá? Esto es, quienes están por la no violencia ¿deben tener disposición también a dialogar, a encontrarse con la opción contraria, a renunciar a algo auténtico…?

En algunos casos se realizan acciones que son útiles para llamar la atención sobre una circunstancia determinada, pero en todo conflicto las partes implicadas deben llegar a algún tipo de diálogo. Estos recursos no violentos deberían servir para permitir una flexibilidad inicial por alguna de las partes, pero no pueden ser el fin último.
Cuando la situación está muy enquistada, puede ser útil recurrir a una parte neutral que ayude a facilitar el diálogo o a mediar en un conflicto. Esta es nuestra experiencia en situaciones como Mozambique o Burundi. Es fundamental que, en este caso, los facilitadores sean completamente neutrales y gocen de la confianza de todas las partes.

¿Vale la pena proseguir esta senda de la no violencia y el diálogo? ¿Es preciso armarse de mucha paciencia para ver los frutos?

En estos años se han logrado pacificar algunos conflictos usando el arma débil del diálogo: Mozambique, Burundi, Nepal, etc. La comunidad internacional y los actores del conflicto deben tener paciencia, pues las consecuencias de la violencia anidan de manera profunda en la vida de los países y las personas que las sufren. Pueden pasar 20 años hasta que un país que ha sufrido un conflicto llega a equiparar su nivel de desarrollo al de otro que partía de una situación económica y de desarrollo análoga. La paz necesita paciencia.

¿Se puede dialogar de cualquier cosa, con cualquiera, por encima de cualquier consideración moral?

Ésta es una pregunta difícil. Sin embargo, creo que sí: dialogar para conseguir la paz, argumentando la primacía de la paz, es una obligación moral.

La violencia no es sólo física. Hoy sabemos que se ejerce de muchas otras maneras: discriminación, pobreza, etc. ¿En qué medida puede contribuir la no violencia a acabar con la pobreza, las discriminaciones, las injusticias en el mundo?

La pobreza y la discriminación son formas de violencia, pues anulan la posibilidad de progreso de pueblos enteros. Es necesario volver a considerar a todos los hombres y mujeres iguales ante la ley, dándoles las mismas posibilidades de desarrollo, en todos los países.

¿Qué pueden aportar unas religiones que suelen propugnar la paz, pero que también suelen andar a la greña entre ellas… a pesar de los llamamientos al diálogo y encuentros como el de Asís?

Las religiones son el camino de la búsqueda de Dios de los hombres, de la búsqueda del bien, de la fraternidad y de la paz, que se traduce en la búsqueda de la paz entre los pueblos. La violencia no es la respuesta de ninguna religión ante las injusticias. Por ello, los encuentros por la paz en el “espíritu de Asís” son el reflejo de la búsqueda de la convivencia entre las religiones en un mundo que cada vez es más plural y multicultural.

¿Está en la mano de los líderes religiosos convencer a los fieles de la pertinencia de la no violencia?

La fuerza débil de la oración puede ser despreciada o minusvalorada. Sin embargo, los líderes religiosos tienen una autoridad moral sobre millones de fieles que debe ser utilizada para explicar que la violencia está fuera de cualquier tradición religiosa.

¿Llegará un día en que sea realidad el sueño del que hablaba Riccardi en Barcelona el año pasado: un mundo de verdad sin guerras, sin conflictos, sin violencia?

Nosotros esperamos -y trabajamos- para que así sea, tanto en los barrios de las ciudades donde estamos presentes como en los países que sufren la violencia de la guerra.

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