La libertad de expresión, el buen gusto y la sensibilidad religiosa

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Ilustración de Agustín de la TorreLos atentados de París de este enero han tenido dos consecuencias inmediatas. La primera, el rechazo unánime de la barbarie junto a la defensa de los valores republicanos, muy en especial la libertad de expresión. Casi cuatro millones de franceses salieron a la calle para dejar patentes ambas. La segunda consecuencia ha sido el debate en torno a los límites de la sátira, especialmente frente a los personajes y creencias religiosas. Y ahí, se acabó la unanimidad.

Pocos días después de los atentados, uno de cada dos franceses se manifestaba a favor de los límites a la libertad de expresión en internet. Y un 42% a favor de evitar las caricaturas de Mahoma, por las reacciones que suscitan, frente a un 57% que cree que no hay que tener en cuenta esas reacciones.

Un exponente claro de que ese debate encuentra mucho eco en el mundo católico es lo ocurrido con la revista Études. La prestigiosa publicación de los jesuitas franceses colocó en la portada de su versión digital cuatro de las caricaturas del papa publicadas por Charlie Hebdo, como expresión de solidaridad con la revista. Las reacciones fueron tantas que la dirección las retiró a los pocos días. Su director explica que la decisión de publicarlas, en caliente tras los atentados, fue “una manera de decir que la fe cristiana es más fuerte que las caricaturas que se pueden hacer de ella…”. Apenados por las reacciones, retiraron las caricaturas del papa.

“La libertad de expresión no da derecho a insultar la fe de los demás», fue una las frases del papa Francisco. En una conversación con los periodistas que le acompañaban en el avión a Filipinas, añadió que «si alguien –como este buen amigo a mi lado- dice una mala palabra en contra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo». Su enérgica condena de los atentados (“matar en el nombre de Dios es una aberración contra Dios”) quedó empañada con esta frase desafortunada. En las redes sociales alguien apuntó con humor que “siguiendo los mandamientos de Francisco, si el papa dice algo que te ofende, estás habilitado a pegarle una piña”. Es el argumento de los maltratadores, recordó una columnista británica. ¿Está diciendo que cualquiera que bromee sobre la fe puede recibir un puñetazo?, preguntó otro. El portavoz, Lombardi, aclaró el contexto informal de la frase, pero reafirmó que “no es indiferente para nosotros que se ofenda a la fe. Hay que tener esto en cuenta, que en una convivencia los derechos tienen que ser respetados”.

En la misma línea, Ivonne Bordelois, en La Nación de Buenos Aires, recordaba que la libertad de expresión no puede disociarse de las leyes no escritas de convivencia, uno de cuyos pilares es “que no cabe subestimar la importancia de ciertos símbolos, en particular los religiosos, para aquellos que los sustentan. Por lo tanto, las ofensas en este nivel no pueden ser trivializadas ni descontadas en aras de una libertad todo terreno. El laicismo, que se considera, con justa razón, garantía de progreso en los Estados modernos, no puede consentir ni consistir en degradar las expresiones religiosas que no atenten contra los derechos humanos, en especial cuando provienen en general de minorías explotadas económica y socialmente. El racionalismo puede también convertirse en la religión de la soberbia cuando considera a los creyentes en su totalidad como seres inferiores, supersticiosos e ignorantes”.

Algunos, como el padre Antonio Piber, desde Brasil, critica sátiras como las de Charlie Hebdo porque “reforzar los estereotipos negativos de una comunidad y atacar uno de sus principios –la no representación de Mahoma- es peligroso”. Cree que “la burla puede ser una acción violenta” y que si la justicia hubiera actuado –estimando los recursos por irreverencia contra la revista- los atentados tal vez no hubieran tenido lugar.

Ante todos estos argumentos, respetables, cabe también una cierta distancia crítica. Por ejemplo, al recordar la presencia de tantas personas musulmanas en las manifestaciones. No les gustaba ni leían la revista, pero quisieron dejar claro que su sensibilidad religiosa era secundaria frente a la barbarie. Lo que podría hacerse extensivo a las otras confesiones. Es decir, por mucho que nos irrite la burla o la crítica, la violencia, en ningún grado, es aceptable.

El segundo, que Charlie Hebdo es irreverente y explosivo de por sí; es y ha sido siempre su estilo de humor, muchas veces burdo, agresivo y grosero. Pero basta con no leerla. O con recurrir a la justicia. ¿Se le puede pedir a una revista de humor que “se corte”? ¿Quién dice lo que es el buen o el mal gusto?

Ilustración de pARTidoEn definitiva, la cuestión es: ¿dónde está el límite del humor o la expresión crítica? Claramente en el respeto al otro ser humano. El problema se hace más complejo cuando hablamos de ofensa a una comunidad o religión. Ahí, por un lado los ofendidos pueden ser muchos; por otro, jurídicamente es más difícil el ganar un juicio o promover una causa en contra de una publicación. Además, dentro de una misma comunidad religiosa no todas las personas se sentirán ofendidas por lo mismo.

En el caso de colisión entre dos principios democráticos fundamentales, me parece más dudoso limitar la libertad de expresión para proteger los sentimientos de una comunidad que permitir las críticas más burdas a riesgo de herir sensibilidades. El respeto a un grupo religioso no depende de una sola revista ni de una única viñeta. El respeto debe practicarse de forma permanente y es una tarea, más que un logro, en sociedades cada vez más plurales. Donde las personas y comunidades religiosas también deben de aceptar expresiones que no les gusten, dentro del respeto a la ley. Y ahí todos tenemos trabajo.

Las personas religiosas, ha dicho alguien, no somos los guardianes de la dignidad de Dios. Solo somos los guardianes de sus criaturas. El papa habla mejor de Dios cuando se muestra conmovido hasta las lágrimas en Manila ante el dolor de una niña que cuando reclama respeto para las creencias, en este caso con un ejemplo desafortunado. Porque hablamos de Dios, pero los que hablamos somos seres humanos. Solo Él está por encima de todo, no nuestras palabras ni las estructuras que hemos creado, que no son sagradas y pueden estar sometidas al juicio de las demás personas.

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