Por Gonzalo Fanjul.
Fundación porCausa

Por Gonzalo Fanjul
Fundación porCausa

Existen ocasiones en la historia en las que el statu quo sencillamente no es una opción. Como una gran pelota en el pico de una montaña, la única alternativa a no caer hacia atrás es empujar decididamente hacia delante. La gestión global de la movilidad humana es un epítome de este desafío: la incapacidad colectiva para ajustar nuestras políticas, normas e instituciones a la realidad de un planeta en movimiento derivaría inevitablemente en una espiral nacionalista, aislacionista y regresiva.

Esa es la encrucijada que tenemos por delante durante la próxima década.

En 2019 las migraciones alcanzaron la cifra récord de 272 millones de personas, un número que no ha dejado de crecer en términos absolutos a lo largo del último medio siglo. Los migrantes económicos y sus familias (el 90% de quienes se mueven) responden de manera racional a las expectativas de prosperidad y a la oportunidad de aprovechar sus capacidades en las regiones de destino. Todos –migrantes, países de origen y destino– se benefician de un proceso que genera riqueza y empleo, transforma las oportunidades vitales del individuo y contribuye más que ningún otro factor a la financiación del desarrollo en origen.

Ninguno de los elementos que determinan este proceso perderá intensidad a lo largo de la próxima década. Más bien lo contrario. A los factores estructurales de las diferencias de ingreso con respecto al origen y de la transición demográfica en destino, hoy tenemos que añadir el agravamiento de las causas del desplazamiento forzoso. Los shocks naturales extremos, en particular, provocarán un incremento de las llamadas ‘migraciones ambientales’, que los analistas estiman en no menos de 140 millones de personas en 2050.

Frente a estas tendencias, las principales regiones de destino y acogida han elegido la peor de las opciones: acelerar el despliegue de un modelo de puerta estrecha que vulnera el derecho de protección, precipita la emigración irregular y jibariza los beneficios para todas las partes involucradas. Todos pierden, salvo los movimientos políticos encanallados y la floreciente industria del control migratorio que se alimentan de esta profecía autocumplida. Y que han logrado contaminar a los partidos de gobierno.

Este es el dilema que se nos plantea en los próximos años: cavar más hondo en el mismo agujero o frenar y aceptar la posibilidad de un modelo migratorio más flexible y menos microgestionado, pero posiblemente más ordenado y beneficioso para todos. Una nueva narrativa social y política que se rebele contra el determinismo del código postal y acepte con naturalidad el principio de que todos somos migrantes. De la decisión que tomemos dependerá mucho más que la gestión de las migraciones.