La Negra

Aquí estamos de vuelta después del verano, porque «una vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida».

“Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. Por eso hoy volvemos a Mercedes Sosa. Y recuerdas la cinta que escuchaban tus padres en tu niñez, Mercedes Sosa interpreta a Atahualpa Yupanqui, y que ahora forma parte de la pila de casetes que se amontonan en un rincón de tu salón y de los que te niegas a deshacerte a pesar de que cada vez se oigan peor.

Te impresionaba aquella voz grande y profunda que todo envolvía. “Piedra y camino”, “Guitarra dímelo tú”, “Duerme negrito”… La Negra era inmensa. Cantó de todo (temas populares, letras de Atahualpa, León Gieco, Violeta Parra, Horacio Guarany, Daniel Toro, Armando Tejada Gómez y César Isella…); regaló su voz a canciones protesta, folklore argentino, piezas latinoamericanas… Bañadas de respeto y de amor al pueblo, de reivindicación de derechos humanos, justicia, solidaridad, libertad, fraternidad, honestidad… Ella cantó a los nadies y con los “nadies (los ningunos, los ninguneados, jodidos, rejodidos”, que diría Galeano). Su canto no era solo belleza; era ética y estética, arte y compromiso, y ese canto la mandó al exilio (“no cambia mi amor por muy lejos que me encuentre, no cambia mi amor por mi pueblo y mi gente”). El canto por el que a su vecino Víctor Jara le cortaron las manos los militares chilenos.

Y siempre y en su regreso, porque uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida, siguió cantando a los machacados, a los oprimidos, a los expoliados, a los dueños de nada, a los niños negros cuya mama está en el campo (“trabajando y no le pagan, trabajando y va tosiendo”), a los indígenas y a los campesinos (“cuando tenga la tierra la tendrán los que luchan, los maestros, los hacheros, los obreros… cuando tenga la tierra saldré a pasear con los árboles y el silencio, y los hombres y las mujeres conmigo»)…

Hizo suyos cantos de lucha (“que no calle el cantor, porque el silencio cobarde apaña la maldad que oprime”), de vida (“gracias a la vida que me ha dado tanto, me dio el corazón que agita su marco”) y de esperanza (“todas las voces todas, todas las manos todas, toda la sangre puede ser canción en el viento”) de la América Latina que aún tiembla bajo la impunidad de las fechorías de hombres armados, de golpistas, de oligarcas y de nuevas United Fruit Companies. “Cambia, todo cambia. Todo lo que no cambió tendrá que cambiar mañana”; ojalá.

PD. Nos arrulló también Mercedes Sosa con zambas llenas de amor, tristeza, recuerdo, olvido… y renacimiento. “La tarde se ha puesto triste y yo prefiero callar… hace rato que te extraña mi zamba para olvidar”, porque “la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas, esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón”.

Así cantaba la Negra, peregrina “de un sueño lejano y bello” a quien lo injusto no le era indiferente.

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