La dignidad humana a contrarreloj

El papa Francisco abogaba hace unas semanas por acoger a los refugiados procedentes de Oriente Medio «tal como vienen» a Europa y consideró la oleada de migraciones fruto de un sistema «socioeconómico malo e injusto». Nos interpeló: «Si una iglesia, una parroquia, una diócesis, un instituto… vive cerrado en sí mismo, enferma».

La UE ha demostrado la “esclerosis” de sus instituciones al poner de manifiesto las enormes dificultades para recibir a esos centenares de miles de personas que se desplazan a causa de conflictos enquistados y antiguos. Buscan el amparo de sus derechos humanos, nada más y nada menos. Los ministros de Interior no lograron las pasadas semanas un acuerdo sobre el reparto de las 120.000 personas llegados a Hungría, Grecia e Italia. Toda la acción coordinada quedará en una declaración de la presidencia de turno luxemburguesa y una decisión en firme el 8 de octubre.

Europa se ha mostrado paralizada para toda acción urgente por ausencia de un poder ejecutivo fuerte y porque la política exterior única, ha sido hurtada por el europopulismo. El derecho de asilo fue concebido para casos singulares pero las reacciones de los Gobiernos del este de Europa ante peticiones masivas de refugio vienen envueltas en temores culturales e identitarios. Sabemos que esto es solo el comienzo. Éxodos como el de Siria los hay también en Asia y en África. Se dan allí donde hay estados fallidos, guerras civiles, golpes de Estado y terrorismo radical. Los habrá también vinculados a las catástrofes provocadas por el cambio climático.

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) calcula que alrededor de 3.000 personas han fallecido en aguas del Mediterráneo en lo que va de año y el goteo es tan constante que ya deja de ser portada de los medios de comunicación. Naciones Unidas calcula que ya hay 60 millones de personas refugiadas en todo el mundo. La población europea y, en concreto, quienes nos decimos cristianos tenemos todos los motivos –surgidos del pasado e incrustados en el presente– para actuar con buena conciencia. Porque el segundero sigue corriendo.

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