Katalina

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alandar270_iglesia_bizitegi.jpgSu nombre, Catalina, no dice demasiado, pero ella es hija de alguien que fue delegado de embajadas en diversos países. Su madre es extranjera. Por avatares de la vida, tras pasar algunas temporadas en países como Egipto y Estados Unidos, el padre –tras una larga enfermedad-, tiene que decir adiós para siempre a su mujer y a sus hijas.

A partir de este momento, todo se desmorona. La madre vuelve a su país de origen y deja a sus hijas al cuidado de una hermana de su marido que, a partir de ese momento, hará las veces de madre y ama de hogar. La indefensión en que se encuentran las hermanas es grande y ellas empezarán a sentir ese gran vacío que no lo puede llenar la acogida de la tía, la cual hace desde sí todo lo que puede para que esa situación sea lo más llevadera posible.

Katalina llega hasta nosotros con sus veintitantos años. Viene derrotada, su camino ha sido un deambular continuo que le ha llevado a probar toda clase de sustancias extrañas y a no dar apenas importancia a su vida. Su tez blanquecina, como si se la hubiera pintado con cal, denota una capacidad escasa para seguir adelante en su vida. Pero al mismo tiempo necesita agarrarse a algo y se quedará a vivir entre nosotros, después de terminar su proceso de desintoxicación, lo cual no es nada fácil.

Ella quiere sentirse querida, que alguien se fije en su persona. Poco a poco va adquiriendo un tono sonrosado y quiere retomar, cueste lo que cueste, su vida. Reemprenderá sus estudios universitarios y buscará un trabajo de secretaria, para lo cual le ayudará su dominio del inglés.

¿Seguirá adelante? ¿Volverá a caer en el sin sentido? Son interrogantes fuertes y en ellos quiero quedarme por ahora. Ella sabe que no va a ser nada fácil y se encuentra débil, pero con ánimo. Sabe que, si necesita ayuda, va a poder contar con ella.

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