por Jesús A. Núñez Villaverde

Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)

Por Jesús A. Núñez Villaverde
Codirector del Instituto de Estudos sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)

A diferencia de la última década del pasado siglo- cuando el fin de la Guerra Fría produjo un alivio de la tensión internacional y un replanteamiento global de los modelos de organización social, política y económica- la que ahora se inicia presenta perfiles mucho más inquietantes. Fue, en aquel caso, una oportunidad desaprovechada porque el giro provocado por el 11-S supuso un regreso a esquemas militaristas, obsesionados con el terrorismo, mientras se abandonaron los que apuestan por centrar la atención en la seguridad humana, colocando las necesidades y las expectativas de los seres humanos en el centro de la agenda.

Por desgracia, ese sigue siendo hoy el sesgo dominante de una agenda que apunta a panorámicas aún más oscuras si no se produce un cambio radical en la manera de atender al bienestar y a la seguridad de quienes habitamos este pequeño y frágil planeta. Un cambio que exige, como mínimo cuatro cuestiones.

Es necesario superar el cortoplacismo actual, pasando de la mera gestión de los problemas a su resolución. Eso supone atender, en un esfuerzo sostenido de largo plazo, a las causas estructurales que los han creado, activando capacidades multilaterales (dado que ningún país en solitario puede hacerles frente) y multidimensionales. La proliferación de armas de destrucción masiva, la crisis climática, la exclusión en todas sus formas y los flujos de población destacan como aspectos más acuciantes a atender.

También se debe asumir, en línea con lo que Kofi Annan proponía ya en 2005, que no puede haber seguridad sin desarrollo, ni desarrollo sin seguridad, ni ninguno de ambos si no hay pleno respeto de los derechos humanos. Institucionalmente eso se traduce en potenciar a la ONU como actor principal, por encima de los Estados y abierta a la participación de la sociedad civil organizada.

Asimismo, habría que plantear la reducción de las insoportables brechas de desigualdad como la prioridad más apremiante, aspirando a la plena integración de todas las personas en sus comunidades de referencia como mejor respuesta a la violencia en cualquiera de sus variantes.

Por último, más que plantear la desaparición de las instituciones internacionales existentes, sin olvidar por ello sus errores y la necesidad de su actualización, o el establecimiento de un nuevo acuerdo global, bastaría con que las existentes se ajusten a su verdadero mandato y que se cumpla lo ya firmado.

Solo así podremos empezar a imaginar que la década que arranca sea más feliz en un mundo más justo, más seguro y más sostenible. Una tarea difícil, pero no imposible.