De Juan Pablo II a Francisco: jugando al yo-yo con el Concilio.

La Iglesia en los tiempos de Alandar

Cuando nace Alandar en 1987 gobierna la Iglesia Juan Pablo II y en la diócesis de Madrid-Alcalá se jubila el cardenal Tarancón.

Recuerdo una comida de curas con el cardenal. Se le pregunta si su sucesor será don Marcelo, a la sazón arzobispo de Toledo. Con su proverbial bonhomía contesta: “Huy, si sé que nombran a don Marcelo me cambio la fecha de nacimiento”. No la cambia y su sucesor es el vasco Suquía, que se distingue por su absoluta inoperancia. Salvo en el seminario, en que moldea la nueva generación de curas, piadosos, conservadores y sumisos.

Le sucede en 1994 Antonio María Rouco, primero auxiliar de Santiago y aupado tras la visita de Juan Pablo II, de quien es anfitrión, puesto que habla alemán. Congenian, sin duda, y Rouco acaba de arzobispo de Santiago y finalmente de Madrid.

Los nuncios Riberi y Dadaglio habían promovido obispos interesantes como Iniesta, Fernando Sebastián, Echarren, Ubeda, Díez Merchán, Estepa, Algora, Torija, Osés… En 1985 Juan Pablo II manda a Mario Tagliaferri, que hace honor a su nombre y cumple el encargo de cortar por lo sano y nombrar obispos más anodinos, pero  beligerantes contra quienes se aparten de la línea oficial.

El Vaticano II ha sido un momento de apertura y de esperanza pero destapa problemas hasta entonces ocultos. Se abandona el precepto de la misa dominical, decae la confesión auricular, se multiplican  las secularizaciones… En 1977 la encíclica Humanae vitae aumenta la desconfianza en el magisterio. Ese mismo año Pablo VI llega a decir que “por alguna rendija se ha introducido el humo de Satanás en el templo de Dios».

En ese momento en las sociedades occidentales la Iglesia ha de elegir entre abrirse sin barreras a la sociedad civil y profana o cerrar las puertas a la influencia de esa sociedad secularizada. Temiendo que la primera alternativa acabe disolviendo la identidad del cristianismo, Juan Pablo II, papa desde 1978 opta por llamar a rebato a la unidad y a cerrarse a toda influencia exterior.

Desde 1981 Joseph Ratzingr es prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y ejerce ese cargo con mano dura. Teólogos importantes  como Hans Küng, Pohier, Jacques Dupuis, Leonardo Boff o Jon Sobrino son amonestados o expulsados de sus cátedras.

En España ocurre lo mismo con Torres Queiruga, Marciano Vidal, Juan José Tamayo, Benjamín Forcano, José María Castillo o Juan Antonio Estrada.

Juan Pablo II es un papa viajero. Recorre prácticamente todo el mundo con un mensaje de esperanza y de firmeza en la doctrina. En Europa reivindica las raíces cristianas del continente. A la vez incrementa su trabajo diplomático que al final resulta importante para la caída del muro de Berlín y el desmoronamiento de a Unión Soviética.

Entretanto, mientras el papa viaja la Curia vaticana gobierna y poco a poco va vaciando de contenido práctico las resoluciones del Vaticano II. Frente a la todavía amplia presencia pública de la Iglesia, en su interior va cundiendo el desaliento entre los cristianos más comprometidos. El pontificado del papa polaco es el comienzo de una desafección lenta pero progresiva hacia la Iglesia

Los sínodos de las diócesis europeas reivindican cambios en la estructura eclesial: mayor participación de los creyentes, el acceso de la mujer a los ministerios. Nada de eso tiene lugar.

Se promueven movimientos a favor de esas transformaciones. Así por ejemplo Wir sind Kirche, nacida en Austria y que se organiza en España bajo el título de Somos Iglesia. Hay reuniones, manifiestos, escritos pero la institución no se mueve. Lo mismo ocurre con Redes Cristianas.

Pero incluso en los sectores progresistas no todos están de acuerdo con esos planteamientos. Juan Martín Velasco, una voz bien respetada, argumenta que esos cambios ya se han dado en las iglesias evangélicas y eso no ha frenado su declive. El cambio debe ser sobre todo espiritual. En efecto, la espiritualidad se convierte en una tendencia y nacen grupos de silencio, de oración, que alientan en los católicos un espíritu contemplativo.

En otros continentes la situación es distinta. En Latinoamérica, sometida en los años 70 y 80 a feroces dictaduras, la Iglesia está al lado de los pobres. Las Conferencias de Medellín y Puebla testifican esa postura.

Cuando Nelson Rockefeller llega a vicepresidente hace un viaje a Latinoamérica que da lugar a los Documentos de Santa Fe. En ellos se afirma que uno de los más importantes enemigos de los intereses de los EEUU es la Iglesia católica. En consecuencia, desde los años 70 desembarcan miles de pastores evangélicos auspiciados por la CIA con un mensaje de espiritualidad personal y una postura política derechista. Es la que ha llevado a Bolsonaro a la presidencia de Brasil.

De 2005 a 2013 es papa Joseph Ratziner con el nombre de Benedicto XVI. Persona tímida, teólogo importante, sus encíclicas son muy teológicas y su figura llega poco a la gente. Le estalla el escándalo de los curas pederastas, le traiciona su mayordomo, no logra controlar las finanzas vaticanas y al final es, como escribe el mismo Osservatore Romano, un pastor rodeado de lobos. Su insólito gesto de dimitir le reconcilia con muchos críticos.

La elección de Bergoglio como sucesor representa una revolución: el nombre que elige, su saludo inicial, su forma de vestir (renuncia a los zapatos rojos de Prada), su traslado a la residencia Santa Marta, sus gestos sencillos y cercanos, el hecho de reírse (¿algún papa se había reído antes?), el lenguaje asequible de sus encíclicas, su capacidad de mando, todo forma parte de un estilo nuevo y evangélico. Meses después de su nombramiento, la revista Time lo destaca como hombre del año. Su llegada es un soplo de aire fresco y de esperanza.

A los siete años de su elección muchos le reprochan no haber hecho apenas reformas. Hay que tener en cuenta que los “lobos” siguen a su alrededor. Por ejemplo, ante la sospecha de que tras el Sínodo sobre la familia iba a aceptar a los divorciados, once cardenales -entre ellos Rouco- sacan un libro en contra y algunos amenazan con denunciarle como hereje. Y ¿qué papel están jugando los que se consideran sus adictos? Parece que en una ocasión, a las alabanzas por sus tomas de postura Francisco respondió: Sí, pero miro hacia atrás y no veo nadie que me siga. Acaso eso es lo que espera: no condenar sino advertir, no mandar sino sugerir, no tomar iniciativas sino animar a que los creyentes las tomen. ¿Las están tomando?

En España la Iglesia es la institución peor valorada, después de los políticos. ¿Y qué hacen los obispos? ¿Y los laicos?

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