Palabras que crean realidades

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Ilustración: Instituto Colimense de las MujeresLas personas existimos en las palabras, es a través de ellas que nos representamos y nos representan. Lamentablemente, vivimos en una sociedad patriarcal que lleva siglos encargándose de que exista una desigualdad entre hombres y mujeres, donde unos gozan de privilegios y otras son discriminadas. Por ello, no sorprende que existan más adjetivos para descalificar y humillar a mujeres que a hombres. Esto sucede también en otros idiomas, pero hay lenguas donde es más notorio que en otras.

En el caso del castellano, existe una entidad que se encarga de regular la creación y el uso de las palabras. Dependiendo de la visión que tienen las personas que forman parte de esa entidad, algunas palabras se aprueban, se modifican y otras no. Por ejemplo, hubo un caso llamativo hace unos cuantos años, cuando se hizo un análisis del diccionario y se cuestionó la tercera acepción que le había dado la Real Academia Española (RAE) a la palabra gozar: “conocer carnalmente a una mujer”. Cuando una escucha eso, se plantea, ¿quién ha escrito esa definición? ¿Hombres o mujeres? ¿Eran heterosexuales? Sabemos que por siglos se negó a las mujeres el derecho a formar parte de esta entidad.

Si nos vamos a los cargos, pasa lo mismo. Los hombres son quienes tienen puestos de trabajo (abogado) y representan a naciones, estados o grupos (los afganos), mientras que las mujeres son categoría mujer (mujer abogada, mujer presidenta y, cuando se habla de la nación, ellas no existen, están dentro del grupo “los afganos”. En la RAE podemos encontrar ejemplos donde no les importa contradecir sus reglas, si con ello niegan la existencia de un trabajo femenino. Por ejemplo, en la palabra “arquitecta” tiene como ejemplo “Laura es arquitecto”. Parece como si les costara aceptar la feminización del trabajo, como si no le correspondiera el puesto.
Mercedes Bengoechea, decana de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá de Henares, participó en la guía de títulos profesionales para nombrar en femenino las profesiones que estaban siendo ejercidas por mujeres, porque se había detectado que al no existir esos cargos, las mujeres eran delegadas a puestos inferiores, cobrando mucho menos, pero realizando el mismo trabajo que los hombres que sí tenían cargo.

El lenguaje sexista afecta gravemente a las mujeres porque las invisibiliza, les niega el derecho a decir lo que son, lo que hacen, lo que quieren; les niega la posibilidad de que sus acciones sean reconocidas en la sociedad. Pero no solo eso, sino que con esa invisibilidad se les manda un mensaje peligroso: que no hagan nada, que no se esfuercen porque en la historia no ha habido mujeres que lo hayan hecho.

Hay varios decálogos y manuales que dan herramientas para empezar a incorporar esa perspectiva de género en el lenguaje. Dichas herramientas van desde empezar a nombrar adecuadamente (utilizar los neutros, los genéricos colectivos, los abstractos en lugar del masculino genérico), pasando por recomendaciones para evitar la homogenización de las mujeres, reducir la utilización de nombres de pila cuando se refieren a mujeres con poder, hasta romper con los roles de género, mostrando a mujeres activas y a hombres haciendo labores de cuidados que también ayudan al sostenimiento de la sociedad.

A nivel institucional, hay entidades que tienen la intención de acabar con el lenguaje sexista en España pero faltan las herramientas para una aplicación real de las medidas. Desde el Instituto de la Mujer se han realizado varias iniciativas para acabar con el lenguaje sexista como norma, Comisión Asesora del Lenguaje del Instituto de la Mujer. En varias comunidades autónomas, como el País Vasco, Andalucía y Asturias por citar algunas, han creado sus propios decálogos de lenguaje no sexista, incluso algunas diputaciones tienen decálogos para su uso institucional. También hay algunas comunidades, como Canarias y Andalucía, cuyas leyes de igualdad hablan de la necesidad de hacer un uso no sexista del lenguaje. Además, se han creado herramientas como la Lupa Violeta (software para corregir textos) y el proyecto t-incluye para detectar el lenguaje sexista en las webs.
La única solución está en recordar que la sociedad está formada por hombres y mujeres, personas nombradas, pero sin caer en estereotipos, ni exhortar al mantenimiento de roles de género que solo ayudan a mantener la desigualdad. En este sentido, los medios de comunicación reflejan la sociedad: si la sociedad es machista y patriarcal, los medios también lo son.

Según un estudio del año 2000 realizado por el Instituto de la Mujer, solo el 30% de las personas que aparecían en las noticias eran mujeres, cifra que disminuía terriblemente en las llamadas secciones “duras” (economía, política…). Pero esto no solo pasa en España, pasa en todo el mundo. El Monitoreo Global de Medios 2010, realizado el 10 de noviembre de 2009 en 130 países, revelaba que solamente 24% de las personas que aparecen dan su opinión o sobre las cuales se lee en las noticias, son mujeres.

Además, otro tema es analizar cómo aparecen esas mujeres, cómo se las nombra. Suelen ser dependientes (la hija de, la mujer de, como por ejemplo sigue pasando con la presidenta Cristina Fernández, a quien la siguen llamando como “la mujer de Kirchner” o directamente como “la Kirchner”) o estereotipadas (ama de casa, mujer sumisa a la que rescatar o la femme fatale). Ni rastro de todas las mujeres activas que luchan, que han logrado grandes cambios en la sociedad, la política y la economía.

Por ello es importante la formación en igualdad tanto en las salas de redacción como en las universidades. Los derechos de las mujeres también son derechos humanos y esto hay que enseñarlo, promoverlo y defenderlo, es el deber de cualquier periodista, sea hombre o mujer.
En los medios apenas se ve a activistas mujeres que estén luchando por obtener derechos, a científicas con sus descubrimientos, a economistas que proponen una economía más justa, que hacen hincapié en la economía de los cuidados, a químicas, a arquitectas que proponen otras formas de construir más amables con el medio ambiente y con espacios más igualitarios (no la típica casa donde el estudio suele ser para el marido y donde a la mujer cuidadora le sobran tantas paredes porque no la ayuda a estar atenta a las personas que cuida), etc. Tampoco se dice nada de las supervivientes de unos conflictos que ellas no originaron, de lo que hacen para sobrevivir en un país en conflicto, de cómo se las ingenian para mantener a una familia en etapa de hambruna, de cómo se juegan la vida por mejorar las cosas en su sociedad, como es el caso de periodistas y activistas de derechos humanos.

Ni hombres ni mujeres saben el trabajo que están haciendo las mujeres en el mundo. Cuando las niñas ven la tele o escuchan la radio no escuchan nada sobre estas mujeres, nadie les dice que ellas también pueden ser agentes activas de cambio. Si hay una arquitecta y un arquitecto los titulares mencionan a dos arquitectos. Lo mismo pasa cuando se habla de una reunión de presidentes, donde la presidenta Angela Merkel pasa a formar parte del masculino.

Pero es que a veces, directamente, se olvida la existencia de las mujeres. Recuerdo llegar una vez a casa, poner el telediario y oír al presentador decir: “Si ha llegado a casa y su mujer no está, es porque han empezado las rebajas”. ¿Por qué el presentador da por supuesto que solo lo están mirando hombres y que todos son heterosexuales casados? ¿Por qué cree que solo las mujeres van de rebajas?

Sin embargo, es bueno saber que en los últimos 25 años el periodismo ha mejorado en España, ahora podemos encontrarnos dentro de las notas informativas palabras como concejala, jueza, diputada, médica, por citar algunos, que antes era imposible encontrarlos. Son pasos muy pequeños para todos los logros que tenemos que alcanzar, pero al menos es señal de que avanzamos.

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