Y gracias siempre, Arcadi Oliveres: de por vida

Por David Fernàndez

“La noviolencia consiste en decidir ser noviolento en un estado de violencia”
Judith Butler

Llegamos a Arcadi a principios de la década de 1990, a la república de sus clases. Ha llovido mucho desde entonces, en el país donde la lluvia aún no sabe llover. En aquel tiempo, oficialmente, nos dictaban que se había acabado  la historia, que la Transición la había hecho el rey, que las stock options telefónicas eran el futuro y que todo eran flores y violas1. Flores devastadas y violas rotas, no hace falta decirlo.

En la tele, caían bombas sobre Bagdad; Sarajevo ardía; el Estrecho de Gibraltar se convertía en fosa común; subía la Bolsa e indefectiblemente bajaba la vida, y el gasto militar ya era una locura planificada. Y ya éramos precarios a la deriva. A pesar de todo, nadie puede negar que sí, que fue por una grieta pedagógica por donde llegamos a Arcadi -y llegamos para quedarnos, e hicimos de la grieta, casa-.

Hoy, como síntesis imposible pero espejo irrompible, sólo podemos decir que sin él nada sería lo mismo ni nosotros seríamos ya los mismos. Y sí, por supuesto, Arcadi como escuela. Cuando una sola clase puede cambiar tu vida y un curso entero, en el que nos hacía sentirnos libres entre iguales, el mundo. Las clases nunca terminaron y continuaron ininterrumpidamente fuera del aula y en cada calle. Hasta ayer al mediodía.

La última lección ha sido tan vital, tal vez incluso más que la primera –aprender a vivir, aprender a morir–… Y, en el intervalo, aprender a saber resistir, a desarmar la crueldad de cada violencia, a desobedecer la infamia de cada injusticia. Mensaje del bueno de Jordi Armadans ayer al atardecer, casi agradeciendo que el zarpazo no haya sido repentino -«su muerte de repente habría sido demasiado brutal»- y nos haya regalado este último paréntesis de dos meses de dolor atenuado en duelo compartido, despedida colectiva y amor retornado a los cuatro vientos.

El último regalo es demasiado extraño y cuesta escribir: nos enseñó a vivir y, ahora, a irnos. Con la misma dignidad, complicidad y serenidad de siempre. A pesar -ay- del dolor de decir adiós y el deseo frágil de que el camino hubiera sido un poco más largo y el tiempo compartido hubiera durado un rato más. Sólo eso. Antes de esta añoranza anticipada, vacío complicado e intemperie casi garantizada, en la difícil reconciliación entre el agradecimiento infinito que echa raíces y una orfandad insondable que ya no levanta cabeza.

Tres palabras -un hombre bueno-, y Arcadi que marcha en pie de paz, mientras el titular climatológico de ayer anunciaba que vuelve el invierno y cuando hoy es demasiado pronto para decirlo todo. No cabe en esta página, porque la vida de uno no cabe en la vida de uno, sino en la vida de muchas y muchos: eso es Arcadi también, y nosotros, que lo amamos tanto.

Pero si tuviera que elegir a regañadientes un solo recuerdo en una memoria inabarcable, elegiría a aquel columnista del poder que escribió -bajo la era Valdecasas- que la culpa de todo era de Arcadi. Pues sí. Por convencernos de que la pregunta no era si otro mundo era posible, sino cómo caray era posible éste. Un día, no sé cuándo, ni dónde ni por qué, leí que no hay mejor combinación humanista que la que reúne inteligencia y bondad. Así es y será Arcadi: nuestra mejor arma desmilitarizada de reconstrucción masiva. De todo.

Esta humildad hecha transversalidad, coherencia a prueba de todo y uno de los pocos consensos de país que nos quedaban, permite escribir que Arcadi es a la vez tierra firme y mar abierto. Un punto de partida, un punto de llegada, desde donde rehacer todo. Incluso se nos ha hecho consigna, entre el deseo y la realidad: todas y todos somos Arcadi Oliveres (o qué más quisiéramos, hay que añadir inmediatamente).

Pero suenan los teléfonos. Llueven los mensajes. Se agrietan las voces. Y nos damos cuenta de la longitud, magnitud e intensidad de la asamblea arcadista en el país de las Oliveres2. Porque Arcadi siempre será la revolución por contagio, evocando ese dicho de las mujeres kurdas. Ellas, que sólo declinan la confusa palabra victoria cuando hay que contar cuántos adversarios se han convencido y no cuántos han sido abatidos. Arcadi Oliveres, la esperanza inagotable.

Desierto de la despedida, llueve la tentación, en medio del invierno global, de un decálogo arcadiano de urgencia como salida de emergencia. La pasión según Arcadi, con diez mandamientos –él los llamará necesarias desobediencias – de libre adscripción voluntaria. Ahora que vivimos el dilema de que el capitalismo es a la vez inviable e invencible, entre la emergencia climática, el patriarcado criminal, el racismo absurdo y el callejón sin salida civilizador de un capitalismo sindémico, la mezcla turbia de la pandemia sanitaria y la epidemia de las desigualdades.

A fin de cuentas, los más utópicos se sientan aún en palacio, creyendo ciegamente que todo irá rebién si todo sigue igual. 

El Evangelio según Oliveres, pues. No para llegar al paraíso, que con salir del infierno es más que suficiente. No mentirás (porque sabes que las palabras hieren o sanan; pueden ser la primera bala o la primera caricia); no matarás (porque después de todo, todos debemos proteger a los otros de uno mismo y el otro siempre será inviolable); no robarás (que bastante nos roban cada día a manos llenas y con total impunidad); desobedecerás el miedo (a pesar del miedo) para alimentar la esperanza; cuidarás de la gente (y abrigarás la calle); frenarás el colapso (que no hay planeta B); harás asamblea (y te asociarás, ecklessia, porque la democracia son unas cuantas tardes libres que terminamos ocupando y ninguna guerra se para sola); globalizarás alternativamente (porque la única manera de salvarse cada uno ya es salvarnos a todos a la vez y el capitalismo no es reformable); desmilitarizarás la cabeza para desarmar cada violencia (y harás objeción fiscal a tanto gasto militar), y marcharás por la libertad para construir cada paz.

Contra las utopías fracasadas y las distopías que nos acosan, está el camino casaldaliguiano que tanto cultivaba Arcadi: la eutopía insumisa. Los buenos lugares que somos capaces de construir entre todas y todos. El buen lugar que siempre será Arcadi: refugio, cobijo y nuestro otro mundo posible.

Diría que es el único camino transitable disponible – habitable, sostenible, vivible, razonable – , ahora que se estrecha el asedio de la injusticia global en el orden caníbal del mundo. «Tenemos el agua al alcance de la mano y no nos sabemos mojar», escribe con lucidez Mireia Calafell. El pasadizo aún es largo -nos diría Ovidi- y por eso Arcadi será linterna y camino. 

¿Y ahora qué? En esta noche, honestamente, no lo sé. Porque no sé equilibrar la certeza de estar en un lugar peor y el reconocimiento a quién nos ha hecho mejores. No puedo combinar presencia y ausencia. Pero siento, bienaventurado Arcadi, que viniste para quedarte y que siempre estarás ahí, en cada gesto, en cada asamblea y en cada esperanza.

Sí podemos deducir que tendremos que ser todavía proceso constituyente, una marcha inacabada por la libertad y los mordiscos cotidianos de justicia y paz. Sí podemos compartir que las semillitas que fuiste regando y labrando se han ido haciendo cada vez más grandes; y que irán creciendo hasta que a los hombres y las mujeres no nos pesen con balanzas. Y sí decodifico que nunca te irás, porque te quedas -y porque te necesitaremos-. 

En cambio, lo único que sé, ahora y mientras tanto, es que hace diez años, una madre – y era la mía, que tanto te ama– te escribía, consciente de que para herir todos somos demasiado poderosos, y te decía:

“Cada vez que escucho/a Arcadi Oliveres/pierdo un poco de fe/en la maldad del hombre”

Y así pues, por supuesto: gracias siempre, Arcadi. De por vida. Que demasiada muerte nos programan.

David Fernàndez es periodista y activista social. Este artículo fue publicado originalmente, en catalán, en la edición del del 06/04/2021 del diario Ara. Traducción: Alandar.

 1NT. Imposible juego de palabras: en catalán flors i violes equivale al castellano “coser y cantar”.

2NT. El autor juega con el apellido de Arcadi: en catalán, oliveres significa olivos.

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