Verde

Foto: Imagen de Paco Rodriguez en Pixabay 

La palabra verde parece haberse puesto de moda, todo el mundo la utiliza y nadie quiere renunciar a emplearla. Pero hay que reflexionar sobre el buen o mal uso que se hace de ella.

Hace unos días caía en mis manos un documento de título: “Directrices de política para una transición justa hacia economías y sociedades ambientalmente sostenibles para todos”. Como no estoy casi nunca a la última, no es este un documento muy reciente sino un oscuro documento de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) del año 2015.

Dice cosas de esta guisa: empleos verdes, sectores emergentes, economía competitiva, bajas emisiones de carbono, consumo sostenible o lucha contra el cambio climático. O también: “Bien gestionadas, las transiciones hacia economías ambiental y socialmente sostenibles pueden constituir un importante motor para la creación y mejora de la calidad de los puestos de trabajo, la justicia social y la erradicación de la pobreza”.

Parece escrito ayer, como reflexiones para resaltar orientaciones en la utilización de los fondos para la recuperación económica de Europa – Next Generation EU – que empiezan a llegar a nuestro país sometidos a la enésima disputa provinciana y cainita.

Pero en estos siete años han ocurrido muchas cosas: la difícil recuperación de la crisis financiera global 2008-2009, la pandemia de la COVID-19 del 2020 y del 2021 y la crisis económica mundial subsiguiente (2021, 2022…).

Empezamos a descubrir que hay un postcovid socioeconómico-logístico resistente que ha disparado la alerta sobre las cadenas de valor o la dependencia ante terceros mercados, lo que hace pensar que en el futuro los actores locales tengan que aumentar su peso relativo para que las cadenas de valor se acorten y prepararse para cosas como el comercio de proximidad, la autonomía alimentaria, los bienes estratégicos… y estar mejor preparados.

La pandemia ha dejado claro que las largas cadenas de abastecimiento, que han caracterizado la economía durante los últimos años, se han revelado muy frágiles ante las restricciones al movimiento internacional de bienes básicos. Ojo, porque los imprescindibles Objetivos de Desarrollo Sostenible están ciertamente en peligro y sobre todo en los países de rentas más bajas.

El mundo se ha acostumbrado a vivir peligrosamente y episodios similares a la COVID 19 volverán a repetirse, multiplicando sus efectos adversos con conflictos comerciales e incluso bélicos, un mundo en el que, indudablemente, las relaciones internacionales han venido incrementando su nivel de tensión, poniendo en crisis equilibrios geopolíticos que parecían muy sólidos hasta hace poco tiempo.

Frente a este panorama de fuertes dificultades, habremos de blindar la agenda de sostenibilidad y conciliarla con la de recuperación y salida de la crisis.

Parece que el concepto sostenibilidad toma cada vez más relevancia para gobiernos, empresas y ciudadanía, al menos el adjetivo “verde” ha triunfado en la literatura y en los medios y se está tornando un término ubicuo que podemos encontrar acompañando conceptos muy distintos: economía, revolución, energías, partidos, empresas, políticas, empleos…

Hannah Arendt ya nos puso en guardia contra la banalización del mal, ahora debemos ser muy conscientes del peligro que supone la banalización de lo verde, porque como bien apuntó, banalizar un concepto es la mejor manera de quitarle filo y aguijón, de suavizar su intención rupturista, su aroma revolucionario.

Lo estamos convirtiendo en una muletilla, una palabra para sustituir otras más precisas, nos cuesta precisar y ‘verde’ siempre queda bien. La esgrimimos como una etiqueta de calidad, una ISO XXXXX de última generación, un comodín para expresar lo excelente, lo resiliente, lo necesario, lo urgente, el nuevo bálsamo de Fierabrás. Aunque repetir un concepto hasta la saciedad es la mejor manera de vaciarlo de sentido.

He llegado a leer que hay explotaciones petrolíferas o hidrocarburos “verdes” y, recientemente, la UE quiere que las nucleares y el gas queden protegidas bajo su epígrafe.

A esta banalización se van a seguir adhiriendo mentiras, medias verdades, manipulaciones de toda índole y no creo que podamos permitirnos desvirtuar lo que el color verde tiene de símbolo para un futuro posible o deseable.

Nos jugamos mucho; lo dicen las distintas agencias de la ONU, la UE, el Gobierno y lo sabemos todas las personas cuando paseamos en pleno invierno por la montaña o por la playa “disfrutando de la primavera”: transitar o no hacia una economía ambiental y socialmente sostenible, la creación de puestos de trabajo, la mejora de la calidad del empleo, la justicia social o la erradicación de la pobreza, una antigua y terrible lacra esta última, que viene también con su color, ausencia de color en este caso: una negrura de muerte.

Verde es una bella palabra y marca el paso de nuestro futuro, pero si la usamos con irresponsabilidad y poca mesura, si no somos capaces de separar el grano de la paja, se lo pondremos aun un poco más difícil a este pequeño Planeta con tanta vida dentro.

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