Ni los más previsores podrían imaginar, hace apenas un mes, que hoy nos íbamos a encontrar en esta situación. Miles de muertos, la economía global detenida, un mundo en cuarentena. No da tiempo a encajar esta realidad mientras la actualidad sobre el coronavirus no se detiene. Desde Alandar ofrecemos reflexión y análisis acerca de la crisis actual y el futuro que nos depara.

El futuro después de la COVID-19

Por Xavi Casanovas.
Director del centro de estudios Cristianisme i justicia – Fundació LLuís Espinal

Empiezo estas líneas evidenciando la imprudencia que supone dejar negro sobre blanco cualquier reflexión que podamos hacer en medio de esta crisis. Todo lo que se pueda decir entre tanta incertidumbre puede quedar contradicho por la realidad en muy poco tiempo. Pero lo que de fondo se intuye, las preguntas que estos días podamos hacernos, no creo que perezcan. Son preguntas que aparecen claras y punzantes ante la desnudez a la que esta pandemia nos está abocando. Articularé pues esta reflexión en torno a cinco preguntas, que, aunque sus respuestas actuales puedan ser caducas, son preguntas que deberemos tarde o temprano hacer el esfuerzo por respondernos.

¿Qué dimensiones de nuestra vida van a quedar resignificadas?

El teólogo Pepe Laguna me comentaba ante esta situación cómo, de golpe y por necesidad, hace dos semanas que nuestra sociedad se articula alrededor de los hospitales y los centros sanitarios. De repente, el lugar más importante de nuestra estructura social, aquel al cual todos atendemos, al que se dedican nuestros más preciados recursos, ya no es el mercado de lo superfluo sino la catedral del cuidado. La centralidad que han tomado estos espacios nos pone sobre la mesa la posibilidad de nuevos criterios y prioridades que rijan nuestras sociedades.

Sorprendentemente también nos damos cuenta ahora de cómo hemos dado la espalda de forma sistemática a las residencias de ancianos y centros para personas mayores. Lugares que se han vuelto diabólicos por la cantidad de muerte que acumulan. Pero que evidencian cómo los ancianos han ocupado un lugar marginal en nuestra sociedad occidental, y debemos preguntarnos qué lugar queremos que ocupen de ahora en adelante.

Nos llegan ya muchos testimonios de personas que han superado el virus. Muchas de ellas han realizado un viaje al mundo de la vulnerabilidad, se han entregado a las manos de médicos y personal sanitario, y han vuelto a la vida descubriendo que ahora lo primero es la vida, y la economía debe estar a su servicio. Muchos lugares y dimensiones de nuestra vida están tomando nuevos significados que en la mayoría de casos nos gustaría que se hicieran perennes.

¿Entiende este virus de clases sociales?

A menudo se ha esgrimido, en este fin de la historia que ha querido ser la globalización neoliberal, el fin también de la división de clases. Como algo caduco, como propio de tiempos pasados. Pero existe un clasismo inherente en nuestras relaciones sociales y el virus lo ha puesto de relieve con mucha claridad. Empezamos la pandemia escuchando cómo futbolistas y políticos iban dando positivo de un test que no estaba llegando a médicos y sanitarios. ¿Cómo puede ser esto? Continuamos observando las condiciones en las que muchos famosos están viviendo el confinamiento –casas grandes, luminosas y con jardín- y no recabamos en la realidad en la que viven tantísimas familias hacinadas en condiciones a menudo de insalubridad. ¿Es el esfuerzo del confinamiento igual para todos? Evidentemente que no.

Este virus también nos permite darnos cuenta, si queremos, de cómo existe una cara oculta de nuestra sociedad: sin techo, prostitutas, migrantes y refugiados para los cuales desaparece cualquier tipo de posibilidad de sustento, de apoyo y ayuda en estos días. Es tal su vulnerabilidad que incluso los que viven en la calle son multados por no confinarse y las entidades sociales se ven en la obligación de facilitarles salvoconductos para que demuestren que no tiene alternativa en forma de techo. Tal despropósito se suma a que hemos sido capaces por primera vez, no sabemos si por solidaridad o por el egoísmo de no querer ser contagiados, de organizar centros especiales
de acogida para todas estas personas, con sus limitaciones y disfunciones, pero ahí están para dejar dormir bajo techo a quien hace dos días estaba durmiendo en un banco. Si podemos hacerlo ahora, si podemos llegar a suspender por unas semanas las diferencias sociales que nos configuran, ¿por qué no podemos hacerlo de ahora
y para siempre poniendo todo el empeño que pueda hacer falta? ¿porque nada se interrumpía en nuestras cómodas y aceleradas vidas cuando oíamos que en Barcelona duermen 1.200 persones en la calle?

¿Decrecer a la fuerza o voluntariamente?

Sabemos ya que el impacto económico de la pandemia va a ser probablemente mayor que la crisis financiera del 2008, no sabemos si de igual recorrido. Pero la destrucción de puestos de trabajo, la caída del consumo, la falta de liquidez de empresas y profesionales… nos llevará a una etapa fuerte de recesión económica. De nuevo se nos pone una nueva disyuntiva por delante: este decrecimiento forzado, algo que tenía que llegar tarde o temprano, ¿va a ser generador de mayores desigualdades o la oportunidad para transitar hacia esa necesaria sociedad de
la sobriedad compartida?
No se trata de algo coyuntural. Este momento tenía que llegar. La emergencia climática nos exigía un decrecimiento en el consumo de materias y energías, una disminución de la contaminación… Ahora el aire de nuestras ciudades es más limpio que nunca, pero no por una decisión consciente y querida, sino impuesta
por una naturaleza que nos obliga. Hoy, 29 de marzo de 2020 el número de vuelos ha caído un 80% respecto al
mismo domingo de hace tres semanas. ¿Eran estos viajes necesarios? ¿Su contaminación no debe ser cuestionada? Y como esta tantas otras actividades sujetas a un modelo económico que lo fiaba todo al crecimiento continuo. ¿Seremos suficientemente inteligentes como para aprovechar la oportunidad que emerge y entender que este camino estamos obligados a recorrerlo, y que es mejor recorrerlo de forma acordada, igualitaria y voluntaria?

¿Hablaremos de un antes y un después de esta crisis?

Recordaréis ese momento en 2009 cuando en medio de la crisis financiera más importante de las últimas décadas Sarkozy certificaba el fin del capitalismo. Lo que se veía claro y diáfano en ese momento acabó significando un lustro de recortes y de aumento de la desigualdad para volver a las andadas. También el presidente francés, en este caso E. Macron, fue de los primeros dirigentes en salir y anunciar el rescate social como prioridad: suspensión de pagos de alquileres, créditos y suministros básicos. Así empieza esta crisis, pero ¿sabemos cómo terminará? ¿Seremos capaces, esta vez sí, de ensayar “nuevos futuros”? Muchos hablan de que ha llegado el momento, por ejemplo, de implementar algún tipo de Renta Básica Universal. ¿Nos atreveremos a explorar propuestas económicas diferentes que permitan garantizar los mínimos materiales para una vida diga?

Decía el otro día el filósofo Daniel Innerarity que esto no es el fin del mundo sino el fin de un mundo. Parece lícito preguntarnos entonces: ¿qué es lo que termina de nuestro mundo? ¿Se trata solamente de un cierto reajuste y después de este bache volveremos a repetir ficciones pasadas, o nos hemos dado cuenta definitivamente que lo que estamos viviendo es un claro cambio de época?

Creo que podemos afirmar que este es un eslabón más en una cadena de acontecimientos que se vienen dando y se vendrán dando y que certifican el gran cambio de época en el que nos encontramos imbuidos. ¿Qué mundo termina? El de la desmesura y la explotación sin fin de recursos naturales, el del egoísmo institucionalizado, el de la globalización sin gobierno alguno, el de la democracia de baja intensidad, el de la exclusión y el rechazo del que viene a buscar una nueva vida…  Lo que no tenemos tan claro es que mundo va a emerger y si será por la vía del fortalecimiento democrático, o por la vía del autoritarismo.

¿Una última oportunidad?

Puede que ésta sea, realmente, una última oportunidad. Una suerte de “conversión” es necesaria para que veamos con ojos nuevos que nuestras vidas no pueden ser iguales después de una pandemia que tarde o temprano terminará. Nuestra propuesta debe pasar por construir vidas más sobrias y austeras, vidas que giren en torno a la vulnerabilidad y la realidad de los últimos y descartados, vidas que no sean depredadoras de nuestro plantea y su biodiversidad.

Como si de una caída del caballo se tratara, toca dejar todos nuestros quehaceres anteriores y preguntarnos qué tiene que cambiar de nuestras vidas ahora para que LA VIDA en mayúsculas sea posible. Puede que esta sea, claramente, nuestra última oportunidad.