Memoria agradecida, en recuerdo de Toni Catalá

Habitada por un sentimiento de profunda pérdida a la vez que por un inmenso agradecimiento que desborda la palabra, intento escribir este artículo en memoria de Toni Catalá. Su muerte, el pasado 8 de agosto, a consecuencia de un infarto en la estación de Sants, en Barna, cuando se disponía a regresar a su casa en Valencia, tras acompañar unos Ejercicios Espirituales, ha tenido un fuerte impacto en muchas de nosotras, como la tuvo también su vida.

Es difícil escribir sobre Toni por su gran riqueza humana y la diversidad de matices y aspectos con que su vida nos enriqueció. Su amigo y compañero jesuita Darío Mollá, en la homilía de su entierro destacaba su profunda entrañabilidad y conocimiento de la condición humana, su escucha y sus relaciones profundamente sanadoras y sus tres grandes pasiones:  la búsqueda del Dios nuevamente encarnado (EE 109), la dignidad de los más vulnerados y vulneradas y la espiritualidad ignaciana y sus  concreciones en la vida cotidiana y los contextos de sufrimiento y exclusión. Pero quizás el aroma más profundo que nos deja la vida de Toni es el de su profunda humanidad, incluida su timidez y sentido del humor, su discreción y accesibilidad, así como su gran capacidad de poner nombre a las cosas sin escandalizarnos y de manera compasiva y liberadora.

En este texto quiero centrarme en dos aspectos de la vida de Toni en los que para mí y otras personas de mi generación, comprometidas en los ámbitos de marginación, más me han enriquecido y en los que sin duda Toni ha sido un importante referente.

Foto: Toni Catalá / burriana.salesianos.edu

Su cristología y su apuesta por una teología desde el cuarto mundo

Conocí a Toni en la década de los 90, cuando llegó al barrio de Tetuán (Madrid) y empezó a dar clases de Cristología en la Universidad de Comillas. Su experiencia de vida compartida y trabajo con menores excluidos en Alicante, tocar su sufrimiento y también sus esperanzas le había configurado radicalmente y le había desvelado a un Dios que en Jesús se hace todo misericordia y compasión. En aquellos años se hablaba mucho de la generación perdida, con la que se identificaba a los jóvenes cuyas vidas habían quedado truncadas por la heroína o el VIH en tantísimos barrios marginales de las grandes ciudades, pero también empezamos a llamarnos así algunos jóvenes cristianos, (algunos de ellos por aquel entonces también religiosos y religiosas) que vivíamos en barrios marginales y acompañábamos a personas del mundo de la droga, las cárceles, etc, con vinculaciones intensas que nos llevaron a atravesar infiernos sociales de gran densidad humana, pero también amistades, esperanzas y alegrías insobornables que nos cambiaron la vida.

La teología y la cristología con que nos nutríamos era heredera de la teología de la liberación, pero en los contextos de cuarto mundo, de “no pueblo” y de increencia como eran las periferias del Norte, esta teología no nos servía para sostenernos. Necesitábamos hacer del cuarto mundo un lugar teológico, una cristología que incidiera en las personas drogatas, jóvenes excluidos, mujeres prostituidas por la heroína, fracasados escolares, enfermos de VIH, etc, como vicarios y vicarias  de Cristo, que nos empujara al descenso a los infiernos desde el espíritu de Jesús, sin idealismos ingenuos, ni moralidades rígidas, sino desde la esperanza, la utopía y el derroche de humanidad hasta el extremo, que nos devolvía el Evangelio. Y ahí, en ese contexto, en esa búsqueda, es donde aparece Toni en nuestras vidas. Las largas conversaciones en grupo o individuales con él, nos ayudaron mucho a formular intuiciones de gran calado y nos enraizaron desde una mayor gratuidad y hondura en aquella zarza ardiente que eran para nosotros y nosotras los niños, las mujeres y los jóvenes del cuarto mundo, con toda su violencia y su ternura. Con él aprendimos que el seguimiento a Jesús, pobre y humilde no era cuestión de opción sino de seducción, no era un imperativo ético, sino cuestión de erótica, de pathos, de un amor y gratuidad desbordante que era puro don recibido y que había que cultivar contemplando y abriéndonos al Compasivo, al Viviente, que eran algunos de sus títulos cristológicos preferidos.

La publicación del cuaderno Salgamos a buscarlo. Notas para una teología y una espiritualidad desde el cuarto mundo (1992) nos abrió una brecha importante en nuestras vidas y nos animó a pensar teológicamente y formular la experiencia cristiana de muerte y de resurrección desde nuestros contextos. En algunos lugares surgieron pequeños grupos como el Seminario de Marginación Sur-Alcobendas, en Madrid, en el que participaban personas como Sebastián Mora, Juan Antonio Guerrero, Teresa Comba, Iñigo Arranz , Paco  Monteserín, Higinio  Pi,  Agustín Rodríguez, Isa Martínez, y yo misma, aunque más desde la distancia, porque por aquel entonces no vivía en Madrid.

En estos grupos Toni era aliento y referencia permanente. Con el aprendimos que discernir supone adentrarse en los contextos de exclusión con un profundo respeto por las víctimas, negando la posibilidad de usarlas en provecho y en beneficio propio y que ser cristiano y cristiana es un modo de ser y estar en la vida al modo de Jesús, aceptando formar parte del grupo de los aparentemente perdedores en la historia. Aprendimos también que evangelizar no es otra cosa que restituir dignidades y construir espacios donde compartir el techo, el pan y la palabra con quienes cotidianamente se les niega, abrir espacios de liberación y alivio con quienes no pueden más y cuyas vidas son sistemáticamente negadas o criminalizadas. Aprendimos también a liberar el evangelio de lecturas mágicas o desencarnadas y a resignificar los milagros como prácticas liberadoras del Reino en nuestros propios ambientes y que en esa faena Jesús, el Cristo, permanece incondicionalmente entre los últimos y últimas, sin ahorrarnos nada, siendo misericordia en acción, misericordia en relación, hasta el extremo.

Su mistagogía: el arte de acompañar y dejarnos conducir  por el  Compasivo

El Evangelio nos recuerda que no llamemos a nadie maestro más que a Jesús (Mt 23,1-12) por eso no voy a referirme a Toni como un maestro espiritual, pero si como un mistagogo y acompañante excepcional que desde la tradición ignaciana  nos ha ayudado a tanta gentea buscar y hallar a Dios en todas las cosas y a ser contemplativas  en la acción y contemplativas en la relación. Nos acompañó también a mucha vida religiosa para vivir a la apostólica, como tituló uno de sus libros[1]. Su actualización de la teología de los votos desde una perspectiva humanizadora y relacional han tenido gran influencia en muchas de nuestras vidas por sus aterrizajes en lo cotidiano y su resignificación. He tenido la suerte de hacer, en numerosas ocasiones Ejercicios Espirituales con él, a veces en momentos delicados de mi vida o de la de mi Institución. Su respeto a la persona, la   profundidad de su escucha y su permanente referencia al Dios de la encarnación, identificado y conmovido desde sus entrañas compasivas por el sufrimiento humano han sido muy importante en la depuración de las imágenes de Dios que como iglesia nos urge seguir haciendo, para convertirnos del dios de los ídolos (seguridad ensimismamiento, moralidad, ley) al Dios de Jesucristo, todo ternura y compasión y en cuyo corazón no hay periferias.

Gracias Toni, por tanto y en nombre de tantas 


[1] Toni Catalá, Vida religiosa a la apostólica, Sal Terrae, Santander, 2004.

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