El drama de Siria y la ceguera de occidente

La confusión estratégica de Occidente se llama “Orientalismo”.  Es su forma torcida de entender un mundo oriental para el que no sirven las aproximaciones binarias y cuantitativas. Esa forma de ver al otro que en el fondo nace de la impotencia de no haber tenido el privilegio de asistir al nacimiento y desarrollo de las religiones monoteístas que tanto influyeron en la propia construcción y definición de Occidente y que hoy, por cierto, lo siguen moldeando.

Por Pablo Sapag M.

El judaísmo, el cristianismo y el islam surgieron o se desarrollaron en Bilad al-Cham, la Siria histórica. Desde esa cuna llevan milenios expandiendo su influencia religiosa y, por lo tanto, cultural y filosófica, tanto a Oriente como a Occidente.

Lo tiene claro el cardenal  austríaco y arzobispo de Viena Christophe Schönborn, que recientemente, y como él mismo no se cansa en repetir, ha “peregrinado a Siria. En Damasco estuvo en la Catedral de San Jorge. Está en el barrio de Bab Tuma (Puerta de Tomás) de la Ciudad Vieja de la capital siria, a pasos de la sinagoga de Al Faranj, donde todos los sábados se congregan los judíos damascenos. Más aún después de que la todavía más antigua sinagoga de Elijah, en el vecino barrio de Jobar, fuese destruida por los “rebeldes moderados” que jaleados por los occidentales, Turquía y algunas monarquías del Golfo, establecieron por la fuerza un califato rigorista en la Ghuta Oriental damascena durante cuatro largos años.

Un hombre comienza a cultivar un huerto entre las ruinas en Siria. Foto: Amer Almohibany - AFP
Un hombre comienza a cultivar un huerto entre las ruinas en Damasco. Foto: Amer Almohibany – AFP

Todos esos escenarios se ven con nitidez desde Jabal Qasioun, la montaña que hace de contrafuerte a Damasco y donde está la cueva donde la tradición dice que Caín mató a Abel. A pocos metros, en un recorrido salpicado de terrazas y cafeterías en las que los sirios que quieren fuman narguile y beben cerveza local y araq (el aguardiante anisado de la zona), está el promontorio desde el que, también según la tradición, el profeta Mahoma admiró Damasco.

Como la contemplación se prolongaba, sus compañeros, impacientes, le preguntaron por qué no entraban de una vez por todas a Cham. Mohammed les dijo que al paraíso solo se entra una vez, al tiempo que daba vuelta a su caballo quedándose sin entrar en la ciudad en la que San Pablo se cayó del suyo, justo donde hoy está el barrio de Tabbaleh, mayoritariamente poblado por cristianos sirios de clase obrera  y distintas denominaciones, pero no solo. Como en el céntrico Midan, donde abundan los musulmanes suníes, en todos los pueblos, ciudades y barrios del país los sirios de distintas etnias (árabes, kurdos, armenios, circasianos, etc.) viven juntos entre campanarios y minaretes. No va de coexistencia ni de tolerancia entre las islas de un archipiélago. Tampoco de mayorías o minorías. Va de cohabitación. Siria, la casa de todos, no sería Siria si al mosaico le faltase alguno de sus componentes.  

El Cardenal Schönborn también ha estado en Homs, donde visitó la Iglesia de Nuestra Señora del Cinturón, que data del año 50 d.C. y en la que se conserva una reliquia de esa prenda de la madre de Jesús, ambos oriundos de Bilad al-Cham. Los dos templos son de denominación siriaca, una de las iglesias más antiguas del mundo. En una y otra ocasión, sin embargo, el Cardenal ha estado acompañado de representantes de las otras muchas iglesias que hay en Siria: Ortodoxa de Antioquia, Melkita, Maronita, Armenia en sus dos variantes, Católica, Anglicana Árabe, etc. En esa y otros actividades se ha reunido también con muftíes, ulemas, jeques y otros clérigos de las distintas ramas del islam y de otras manifestaciones religiosas con presencia milenaria y fieles en todos los rincones de Siria: suníes, alauitas, ismailíes, chiíes o drusos.

Antes de partir, Schönborn se comprometió a revelar semejante realidad multiconfesional a quien quiera oírlo una vez de vuelta en Viena. Como le pasa a cualquiera que haya estado en Siria, el arzobispo comprendió que esa es justamente la esencia de Siria: su carácter de sociedad multiconfesional que a lo largo de los siglos ha desarrollado formas de comportamiento social interconfesional.

Una niña con su oso de peluche sobre un tanque destruido en Siria. Foto: Nazeer Al Khatib, AFP

Siria no es un eslogan turístico ni un parque temático a partir de realidades que dejaron de ser hace siglos. Lo de “las tres culturas” es como el movimiento, se demuestra andando, en la práctica. En Siria existe. Es la verdad revelada que vio Schönborn. La que explica por qué Siria ha resistido diez años una intervención desvergonzada y cobarde de potencias regionales y globales que aprovechando sus problemas políticos y económicos, pero en ningún caso de convivencia  religiosa,  intentaron hacer avanzar sus agendas geopolíticas en Siria y la región. Lo hicieron a través de mercenarios que cuando actúan en Europa o EE UU son considerados terroristas, pero cuando lo han hecho en Siria han sido entronizados como “freedom fighters” o “rebeldes moderados”.

Pagando un costo altísimo en vidas y haciendas, los sirios han resistido. No lo han hecho para defender al gobierno o a cualquiera de los líderes y partidos políticos que lo forman. Lo han hecho para defender la esencia de Siria, su sofisticado carácter multiconfesional y la impronta sociocultural que de ello se deriva. También en defensa del Estado que con la ley en la mano garantiza esa multiconfesionalidad. Pero los occidentales no lo entienden. Harían bien en leer a Edward Said, el gran pensador árabe cristiano que en Orientalismo descodificó el discurso acomplejado y miope con el que Occidente lleva ya dos siglos largos justificando sus empeños por imponer a sangre y fuego sus intereses y un modelo cultural que en algunos aspectos no es más que una corrupción de conceptos, formas y modos de hacer y de pensar originalmente medio-orientales.

Como Rayuela, de Cortázar, Orientalismo admite más de una lectura. Quedan ahí desenmascarados los fundamentos ideológicos con los que se pretende justificar el expansionismo occidental, pero también las claves del fracaso reiterado de esas mismas intervenciones.  De Vietnam, a Afganistán y de Iraq a una Siria que es el espejo en el que los occidentales, binarios y cuantitativos,  jamás podrán verse reflejados. Un espejo que les proyecta la imagen insoportable de lo que quizás les gustaría ser pero nunca serán.  

Pablo Sapag M. Es profesor de la Universidad Complutense de Madrid
y autor de «Siria en perspectiva» (Ediciones Complutense)

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