Contrarrestar el discurso belicista, una responsabilidad ética

El Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, escrita hace setenta y cinco años, planteaba el escenario deseable de un mundo nuevo en el que la humanidad estuviera liberada del temor y la miseria. Para lograr dicho objetivo se hacía indispensable contar con una ciudadanía formada e informada en derechos. Esa labor educativa se encomendaba a los Estados signatarios, a las organizaciones no gubernamentales y a los organismos internacionales especializados, así como a la Secretaría General de Naciones Unidas.

En el momento actual la población europea asiste, entre impasible y resignada, a un resurgimiento del lenguaje belicista, a un rearme de sus arsenales militares que no tiene precedente desde la segunda Guerra Mundial. Algunos titulares de medios de comunicación hablan ya abiertamente de que Europa se debe preparar para un probable escenario de guerra, algo que ha afirmado la presidenta de la Comisión Europea Úrsula Von der Leyen y que admiten de manera más o menos explícita mandatarios como Emmanuel Macron o, más recientemente, la ministra de Defensa del Gobierno de España.

Mientras tanto, para la Franja de Gaza, un territorio arrasado por las tropas israelíes a cuyos habitantes se ha llegado a catalogar de “animales humanos”, no cabe empatía ni misericordia, sólo un silencio cobarde y cómplice que ya está en el “debe” de la Comisión Europea como tantas otras situaciones en las que se ha puesto “de perfil” ante violaciones flagrantes del Derecho Internacional y de los Derechos Humanos. Resulta, cuanto menos, sonrojante recordar cómo Úrsula Von der Leyen, en 2019, en su discurso inaugural ante el Parlamento Europeo afirmaba: “A veces nos olvidamos de que nuestros mayores logros los conseguimos siempre cuando somos audaces. Fuimos audaces cuando buscamos la paz donde había dolor”

Hoy la Unión Europea ha dejado de ser un agente de paz porque ha renunciado a su búsqueda.  Hoy la Unión Europea genera más dolor que bienestar en Gaza en Túnez, en Libia, en Turquía, en Marruecos entre otros muchos escenarios.

En medio de este dolor surge la pregunta de si estamos repitiendo la historia. De si los años actuales son los “felices 20” del siglo XXI a semejanza con los “felices 20” del siglo pasado, que fueron la antesala de los “tenebrosos 30” y la II Guerra Mundial que les sucedió en la primera mitad de los “40”.  Surge la pregunta de si es inevitable una guerra, de si no se puede parar los pies a esta dinámica perversa que nos envuelve y que nos quiere hacer “comprar” como propio un mensaje dirigido a asustarnos y angustiarnos, a mirar al otro como un enemigo. Si no se puede señalar y denunciar a sus responsables, cómplices y financiadores.

En un fragmento de la película “La Lista de Schindler” el protagonista, Oskar Schindler habla del gran negocio que supone la guerra. Actualmente la guerra vuelve a ser un gran negocio. Según el Centro Delàs de Estudios por la Paz, el gasto militar en España habría pasado del 1,63% del PIB en 2017 al 2,17% del PIB en 2023. Las empresas armamentísticas españolas tienen completa su cartera de pedidos para los próximos años. Se construyen submarinos, fragatas, carros de combate, cazas y armas de todo tipo. Armas que sirven para matar, armas que están destinadas a que ciudadanos y ciudadanas las empuñen contra sus hermanos y hermanas. En algunos países de nuestro entorno ya se está preparando a su opinión pública para aceptar la vuelta al servicio militar obligatorio, algo que apoyan eufóricos los partidos de extrema derecha y aceptan desde un sentimiento de mayor o menor inevitabilidad otros partidos tradicionales del arco parlamentario de ideología socialdemócrata.

Desde las pantallas de los dispositivos electrónicos, desde la comodidad del sofá, la ciudadanía europea y, por ende, la española asiste al espectáculo de las guerras que se libran en entornos más o menos lejanos pero que, como una mancha de aceite, se extienden hacia las fronteras de la Unión Europea.  Se contempla con distancia emocional- o como mucho se interactúa a través de “emoticones”-  a noticias de cómo sátrapas indecentes juegan con las vidas y las muertes de sus semejantes, brindan por escenarios construidos sobre vidas rotas, familias destrozadas, sueños truncados y amenazan -ebrios de belicismo-con una hecatombe nuclear.  También se asiste desde actitudes indiferentes a cómo las personas que se manifiestan a favor de la paz son perseguidas, encarceladas o asesinadas.

Es precisamente ahora, en este momento de nuestra historia, cuando se hace urgente hacer memoria de por qué, cómo y cuándo se promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  Recordar que sucedió cuando la humanidad constató, con horror, dónde le había llevado la guerra. Una guerra que no habría sido posible sin la pasividad de muchas personas que no hicieron todo lo que estaba en su mano por evitarla, que prefirieron no arriesgarse y optaron por “lavarse las manos” mirando hacia otro lado desde sus zonas de confort. Es necesario recordar en el sentido literal de la palabra (re-cordar, volver a pasar por el corazón) que, incluso, durante el periodo en que se estuvo redactando la Declaración Universal de los Derechos Humanos hubo fuertes presiones hacia Eleonor Roosevelt y los miembros de la Comisión encargada de redactarla para que no fuera “demasiado radical”. Unas presiones que, felizmente, no tuvieron éxito.

Si “Vis pacem para bellum” (si quieres la paz prepárate para la guerra) dice el aforismo latino.  al que Federico Mayor Zaragoza, ex director general de la UNESCO y presidente de la Fundación Cultura de Paz, contrapone un Si “Vis pacem para verbum” (si quieres la paz prepárate para hablar).

La palabra nos queda como expresión libérrima de una ciudadanía que está llamada hoy más que nunca a posicionarse en las calles, en la política, en el voto, en el pago de sus impuestos, en su manera de consumir, de respetar el medio ambiente y en el ejercicio consciente y cotidiano de sus opciones, a favor de la una paz asentada en la justicia social que erradique el miedo y la miseria.  Ello supone el ejercicio de una responsabilidad ética que lo es “per se”, pero también por haber aprendido en derechos y tener conciencia de ellos, aunque esta conciencia no sea todavía lo generalizada que sería deseable. En el fondo porque somos y nos sentimos ciudadanos y ciudadanas. Nada más y nada menos.

Autoría

  • Emilio José Gómez Ciriano

    Responsable de Derechos Humanos de la Comisión General de Justicia y Paz de España y autor del libro: “El arte de ejercer la ciudadanía “Junto con Carlos Berzosa y Francisca Sauquillo (Editorial Icaria). Es también profesor titular de la Universidad de Castilla-la Mancha

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