Dado que no son pocas las personas que ya dan por perdido este 2020 (resulta difícil creer que hayamos llegado ya al ecuador del año), nos ha parecido que no era del todo descabellado enviar en pleno junio nuestra carta a los Reyes Magos del año 2021. A fin de cuentas, sus majestades de Oriente son los únicos poderes reales que escuchan a esta revista. Por eso hemos querido escribir a esta institución nuestros deseos para la reconstrucción de un mundo post-COVID19.

Texto: Juan Ignacio Cortés, Pepa Monleón y Miguel Ángel Vázquez
Ilustraciones: Pepe Montalvá

… somos conscientes de que no es diciembre y de que ni siquiera los centros comerciales han puesto las luces de Navidad. Pero en Alandar nos gusta adelantarnos a la jugada y, además, hemos pensado que estos tiempos de intentar estar cerca sin tocarnos y de permanecer lejos para protegernos ya son extraños de por sí. Así que, ¿por qué no escribir una carta a los Reyes Magos en junio? Como siempre, queremos actuar con el máximo respeto a la legalidad vigente y, tras consultar el BOE y a todos los cuñados y cuñadas del consejo de redacción, hemos llegado a la conclusión de que no incumplimos ninguna norma del desconfinamiento al hacerlo.

Además, ahora que todos los medios juegan a ser adivinos y contarnos cómo va a ser la “nueva normalidad” de la que todo el mundo habla porque nadie sabe nada, quisimos jugar una carta un poco más arriesgada. En lugar de pensar cómo va a ser la vida después del coronavirus –o durante el coronavirus pero después del confinamiento– hemos pensado cómo nos gustaría que fuese.

Cuando ya teníamos decidido proceder “de aquesta manera”, que diría el Quijote, el niño interior que afortunadamente seguimos llevando dentro se levantó y dijo: ¿y por qué no le enviamos esa lista de deseos a los Reyes Magos? Todos pensamos: “¿cómo no se nos había ocurrido antes?”. Así que, sus majestades, allá van. Somos gentes comedidas y no hemos incluido todos los regalos que le pedimos a esta nueva normalidad, pues no queremos abusar de su magia. Pero, como decían los antiguos locutores de radio: “no están todos los que son, pero son todos los que están”.

De los aprendizajes

El tiempo que estamos viviendo está siendo rico en ideas y miradas alternativas, todas ellas provocadas por el vuelco que han dado nuestras vidas personales y comunitarias. Vuelco que  no hemos tenido apenas tiempo para comprender en toda su dimensión, porque para eso hará falta perspectiva.

Tampoco queremos que se nos escapen las sensaciones que experimentamos en el día a día y seguimos proponiéndonos el ejercicio de toma de conciencia y levantada de mirada al futuro. Al menos al cercano (que el otro nos parece, cada vez, más insondable).

En estos meses hemos sabido que el coronavirus presenta diferentes síntomas y uno de ellos es la pérdida del gusto y del olfato. Nos preguntamos si sucederá como cuando en nuestra vida “anterior al virus” perdíamos un sentido por cualquier causa y los otros se reactivaban, se intensificaban.

En un intento de pedir en nuestra carta nuevos aprendizajes para el tiempo nuevo se nos ocurre que si olfato y gusto disminuyen, nos  traigan los Magos intensificadores del tacto, de la vista  y del oído:

Del oído, no para oír sino para escuchar más y mejor.

De la vista, para reaprender a ver sin quedarnos en el mirar.

Del tacto para que nuestra piel, cual remedo del protagonista de la película ‘Zelig’ de Woody Allen, se vaya mimetizando cada vez más con la piel ajena.  

Nos  gustaría haber aprendido a pararnos ante los acontecimientos pero, sobre todo, ante las personas antes de reaccionar a sus estímulos, buenos o incordiantes. Sólo ralentizando nuestro ritmo quizás podamos escuchar, ver y tocar/abrazar mejor.

Este tiempo que estamos viviendo, atravesados por una pandemia que nos alcanza de una u otra forma, nos ha permitido cambiar nuestro ritmo de vida habitual: hacer actividades olvidadas, descubrir otras nuevas, volver a experimentar el aburrimiento o la entrega incondicional a un aprendizaje siempre postergado… Pero después de esa cotidianidad en la que hemos rescatado el  presente como un maravilloso antídoto para la ansiedad y otras hierbas, raro es también el día en el que no nos llega un artículo, una reflexión compartida o un pensamiento íntimo que se interpela (y nos invita a interpelarnos) sobre el futuro. ¿Cómo queremos construirlo, conscientes como somos de lo que no ha funcionado en nuestros países, en nuestras sociedades, en nuestro continente, en nuestro planeta?

Esta es -quizás- otra clave para incorporar a nuestra carta a los Reyes Magos: rescatemos, recuperemos y profundicemos el presente, porque sólo desde él se construye el futuro. Nuestros sueños, anhelos y deseos serán llevados inexorablemente por el huracán del olvido y de lo urgente si no los convertimos en lo importante, incorporándolos al sentido y tarea  de nuestra vida.

Finalmente, en esta línea de los aprendizajes nuevos, pedimos a los Magos tener y hacer memoria de lo vivido.

Una ciudadanía activa

Es precisamente desde esa memoria de lo vivido, majestades, desde donde queremos pediros el siguiente regalo: una ciudadanía activa que se implique en la vida de sus comunidades. Precisamente porque ha habido una vivencia común que ha generado una empatía a nivel global y al mismo tiempo, creemos que no es del todo descabellado pedir esto.

Una ciudadanía activa que genere redes de solidaridad con quienes se encuentran en una situación más vulnerable, que acompañe la soledad y el miedo de sus vecinos aunque sea a base de aplausos y música, que se organice para exigir y controlar a los gobiernos.

Esto pasa, sin duda, por un compromiso real de los gobiernos con la transparencia y la apertura de vías efectivas de participación de la ciudadanía. No queremos ciudadanas y ciudadanos que depositen toda la responsabilidad en los gobiernos, sino una ciudadanía que sepa ser corresponsable para construir la sociedad desde abajo.

Compromiso con la emergencia climática

Partiendo de una de las vivencias más claras de esta pandemia, el confinamiento, nos lanzamos al siguiente regalo de nuestra carta. Y es que el hecho de estar encerrados casi tres meses en nuestros hogares nos ha servido para revalorizar el espacio público (qué maravilla esas grandes avenidas llenas de carritos, patinetes y paseantes en lugar de tanto coche) y para redescubrir el aire de nuestras ciudades.

Hemos comprobado, a la fuerza, que la contaminación no era por las chimeneas sino por el motor de combustión de los coches. Como afirman Sanz y Rubiera en la guía ‘Que no haya sido en vano’, “como consecuencia de esta crisis, se estima que en 2020 se emitirá un 7% menos de CO2 en todo el mundo. Es la mayor disminución de la historia; más que durante la Gran Depresión del 29 o la II Guerra Mundial”.  Del mismo modo, hemos descubierto, a la fuerza también, que la humanidad es capaz si se lo propone de coordinar acciones a nivel global para enfrentar un reto catastrófico.

No hay en el horizonte mayor reto –ni más catastrófico- que la emergencia climática. ¿Podemos pediros, majestades, un compromiso real en la lucha contra el colapso? ¿Qué valoricemos la inesperada renaturalización de nuestras ciudades –con amapolas en el asfalto y jabalíes en las rotondas- y no lo destrocemos tan pronto? Se podría empezar por algo tan sencillo y lógico como hacer oficial la peatonalización de las calles que de facto ha emprendido la ciudadanía. Y regalarnos muchas bicicletas, que nos consta que es uno de vuestros regalos estrella.

Sanidad pública global

Cuando la enfermedad llegó al Occidente desarrollado se paró el mundo. Sin embargo, como nos recuerdan Iráizoz y Marbán también en la guía ‘Que no haya sido en vano’, “entre 2014 y 2016 el virus del Ébola se cobró la vida de más de 11.000 personas solo en Liberia, Sierra Leona y Guinea. La crisis del Ébola nos estremeció, pero nos dejó un poso casi anecdótico. El último brote en República Democrática del Congo ha dejado hasta el momento 2.266 muertes. Algo parecido ocurrió con el Zika en 2016. Se estima que, en Brasil y Colombia, nacieron 4.000 bebés afectados por síndrome de Zika congénito (…) Más de 800.000 muertes por neumonía ocurren cada año en niños y niñas menores de cinco años y todavía decenas de millones de pequeños no tienen acceso a las vacunas que les protegerían”. Pareciera como si las enfermedades que no son capaces de atravesar el ecuador rumbo al norte no lograsen paralizar ni los titulares.

Sin embargo, hemos comprobado de forma dramática que los virus no entienden de fronteras. Menos en un mundo globalizado que vive de las constantes interacciones entre sí.

Nuestra propia humanidad nos tiene que llevar a pensar en quienes están en una situación más vulnerable (se preguntan Iráizoz y Marbán: “¿Cómo lavarse las manos sin tener acceso a agua potable? ¿Puede quedarse en casa quién debe salir a trabajar para subsistir? ¿Es posible el distanciamiento social en un campo de refugiados?”).  Del mismo modo, nuestra inteligencia colectiva como especie que quiere sobrevivir y el sentido de la justicia nos tienen que llevar a impulsar medidas de salud pública a nivel global. Sería por tanto maravilloso, majestades, que nos trajerais un acceso global a la salud como consecuencia de toda esta crisis.

Alto el fuego global

Una de las cosas que más nos gustaría que trajese la nueva realidad sería un alto el fuego global, un mundo en el que la guerra se fuese apagando poco a poco.

¿Una idea descabellada? Al secretario general de Naciones Unidas António Guterres no se lo parecía cuando el 23 de marzo pidió el cese de hostilidades “en todos los rincones del mundo” para centrar los esfuerzos de la comunidad internacional en la lucha contra el coronavirus y facilitar la llegada de ayuda humanitaria a las poblaciones afectadas por la pandemia (y la guerra).

De hecho, en cerca de una decena de países sumidos en interminables conflictos internos los combates se detuvieron o se redujeron a un mínimo. Sin embargo, cuando el tema llegó al Consejo de Seguridad, los desacuerdos entre China y Estados Unidos hicieron que este último país vetase la resolución del Consejo de Seguridad. La excusa: China insistía en mencionar a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los americanos se negaban. En fin…

Días después del nuevo fiasco del Consejo de Seguridad, la ONG Oxfam consideraba que el nuevo fracaso de la comunidad internacional era “desastroso” y que dejaba a unos 2.000 millones de personas que viven en Estados frágiles y en conflicto expuestos a la letal acción combinada de virus y armas.

Ojalá que, cuando el coronavirus haya desaparecido, Guterres o cualquier otro líder mundial retome la idea de ese alto el fuego universal y esta vez cuaje. La petición no deja de tener sentido en un mundo en el que, con COVID-19 o sin él, no faltan virus contra los que luchar y no dejan de sobrar guerras.

Regularización masiva de personas migrantes

Otra cosa que nos gustaría mucho que formase parte de la nueva realidad, y en la que nuestro querido Rey Baltasar estará de acuerdo, es una regularización masiva de las personas migrantes que viven en esta España nuestra, a veces madre y muy a menudo madrastra. Sabemos que los países tienen el derecho a regular las migraciones, pero también que el sistema actual no respeta los derechos humanos y sirve para condenar a la semiesclavitud a centenares de miles de personas. No parece ser una aspiración inalcanzable cuando países tan cercanos cultural, económica, política y socialmente como Portugal e Italia lo han hecho.

El 28 de marzo el Gobierno de Portugal anunció la regularización de todas las personas migrantes que hubieran solicitado permiso de residencia, con el fin de garantizar los derechos de todas las personas que viven en Portugal. Eduardo Cabrita, ministro de Administración Interna, aseguraba que es “importante garantizar los derechos de los más frágiles, como es el caso de los inmigrantes. Es un deber de una sociedad solidaria en tiempos de crisis”.

El pasado 13 de mayo, era Italia quien anunciaba la regularización de unas 250.000 personas migrantes que trabajan en tareas agrícolas y de cuidado. A la hora de anunciar la medida, Teresa Bellanova, ministra de Agricultura, jornalera desde los 14 años y sindicalista, decía entre lágrimas: “Hoy los invisibles lo serán menos. El Estado es más fuerte que la criminalidad y los explotadores”.

Condonación de la deuda externa

El pasado 20 de marzo el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag)  solicitaba la condonación de la deuda externa soberana de los países de América Latina por parte de FMI y de otros organismos multilaterales e instaba a los países y acreedores privados a aceptar un proceso de reestructuración de la deuda que contemple una moratoria de dos años sin intereses. La petición estaba respaldada por numerosos expresidentes iberoamericanos entre los que figuraban Ernesto Samper (Colombia), Rafael Correa (Ecuador), Dilma Roussef (Brasil) y José Luis Rodríguez Zapatero (España).

En su homilía del Domingo de Pascua, el papa Francisco respaldaba esta solicitud –como también ha respaldado la petición de un alto el fuego global y la regularización italiana– y hasta The Economist, el órgano de difusión preferencial del capitalismo financiero globalizador, discute si condonar la deuda de los países más pobres podría ser una buena idea desde el punto de vista económico.

En fin, que nos quedamos sin espacio, majestades. Como ven, nuestras peticiones están bastante bien fundamentadas y justifican esta carta anticipada. Ojalá el mundo comience a tener sentido para todos y no solo para unos pocos y en un par de añitos podamos tacharlas de la lista. Así podremos volver a pedir Scalextrics.

PD: Sabemos que no les hace falta ayuda para decidir el reparto del carbón pero, si necesitasen cualquier sugerencia, no duden en ponerse en contacto con nuestra revista. Conocemos alguna cacerola en la que al menos un par de pedazos les caben.