A propósito de la Ley de Eutanasia: Cuidar la vida al morir.

La aprobación definitiva el pasado mes de marzo de la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia pone de nuevo de actualidad un tema complejo, debatido con frecuencia con más prejuicios, intereses y pasión que con conocimiento y sensatez. Juan Masià, una de las voces más autorizadas sobre el tema, aporta ambas cosas como ayuda para discernir en asunto tan delicado.

Por Juan Masiá Clavel, sj, facultad de Teología, Universidad Sophia (Tokio)

Con este título resumo el criterio para discernir éticamente las decisiones sobre solicitudes de ayuda al morir: cuidar responsablemente la dignidad de la vida doliente que camina hacia la muerte. 

Escribo desde el doble punto de vista de la bioética (ética laica) y la moral teológica católica (ética religiosa). Aspiro a compartir ambas perspectivas cuando dialogamos con una preocupación común: cuidar la vida doliente, a) en su camino hacia el morir, b) en el morir  c) y, en algunos casos, para morir y sobre el modo y tiempo de morir. 

Foto: Pixabay

Insisto en plantear la cuestión en términos de cómo cuidar la vida doliente que muere, en vez de centrar el debate en cuándo y cómo morir. Al reclamar protección jurídica, tanto la persona cuidada como quienes la cuidan, no están optando por la muerte contra la vida, sino discerniendo y eligiendo cómo vivir dignamente en el camino hacia el morir y en el morir; es decir, cómo vivir mientras se muere y cómo cuidar el vivir cuando hay que ayudar a morir. 

Distingamos, ante todo, tres situaciones de solicitud de ayuda al morir que piden a la bioética y al bioderecho el discernimiento y la regularización del cuidado de la vida doliente moritura o moribunda: a) en su camino hacia el morir, b) durante el proceso de morir y c) para morir 

  1. Ayuda en el camino hacia el morir

¿Cómo cuidar la vida doliente que camina lenta y difícilmente hacia la muerte, cuando la persona doliente solicita ayuda para moderar adecuadamente el cuidado terapéutico que requiere su patología? Para responder correctamente a semejantes solicitudes nos ayudan las normas sobre derechos y deberes de la persona paciente, que necesita asistencia médico-sanitaria, apoyo social y acompañamiento humano (psicológico o espiritual). 

  1. Ayuda durante el proceso de morir

¿Cómo cuidar la vida doliente que camina irreversiblemente hacia la muerte, cuando la persona doliente nos pide que, respetando su dignidad de un modo compasivo y justo, apoyemos sus decisiones, por ejemplo, sobre rechazo de terapias inapropiadas, desproporcionadas o fútiles; o cuando opta por un cuidado con solo recursos paliativos? 

Para proteger estas decisiones autónomas de la persona paciente y su ejecución por parte de la asistencia profesional, ayuda la regularización de diversas conductas como, por ejemplo, la aplicación de la sedación terminal libremente consentida y debidamente protocolizada

  1. Ayuda para morir

¿Cómo cuidar la vida doliente que, en circunstancias especialmente dolorosas solicita libre y responsablemente ayuda para adelantar el modo y tiempo de la muerte mediante el recurso médica y legalmente controlado a:

1) la administración de la eutanasia (debidamente entendida como la define la ley, para que no se confunda con presuntos homicidios compasivos o discriminatorios para personas vulnerables por razón de incapacidad, edad o dependencia); o bien,

2) la prestación de asistencia médica, legal y psicológica para llevar a cabo por sí misma la administración del producto letal, es decir, del llamado suicidio asistido (debidamente entendido, para que no se confunda con cualquier tipo de ayuda irresponsable a cualquier clase de suicidio, sino como prestación de ayuda –médico-legalmente controlada, socialmente apoyada y humanamente acompañada- para adelantar responsablemente el final del proceso de morir).

Entendidas de esta manera estas dos formas de ayuda para adelantar la llegada de la muerte inevitable, ya no se podrán rechazar como si fueran decisiones de “matar” o “matarse”. Son más bien maneras de cuidar la vida doliente moribunda, no solo con ayuda en el camino hacia morir, dejando morir; sino también con ayuda para morir, cuando la decisión libre y responsable de la persona paciente asuma en esas condiciones la consumación de la vida.

Legislación de la ayuda para morir

Dicho esto, y encuadrada la presente ley en la tercera clase de ayuda al morir que acabo de exponer, se comprenderá que no me opusiera a la “regularización de la eutanasia”, entendida como respuesta legal a la solicitud libre y responsable de ayuda para morir en determinadas situaciones y del modo que se especifica en la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia.

Desde mi dedicación a la bioética laica y a la moral teológica católica expresé mi acuerdo con dicha ley, a la vez que esperaba enmiendas desde diversos ángulos de la pluralidad del país para encuadrarla en el marco del cuidado de la vida al morir. Concretamente, esa ley se sitúa en la tercera clase de ayuda al morir, es decir, la que se define como ayuda para morir en las circunstancias y con las condiciones determinadas en dicha ley.

Se ha dicho que esta ley se presentó demasiado tarde y se ha aprobado demasiado pronto. Presentada demasiado tarde, porque ya hace décadas que se esperaba con motivo de algunos casos de solicitud de dicha ayuda que dieron mucho que hablar mediáticamente, tanto a favor como en contra de la decisión. Aprobada demasiado pronto, porque la precipitación –no exenta de intencionalidades políticas- en su presentación y aprobación, así como las dificultades que se prevén para su implementación, confirman la necesidad de un debate más largo y sosegado.

Tanto en debates mediáticos como en el Congreso, se escucharon descalificaciones por parte de posturas ideológicas en contra o a favor; se exageró la oposición catastrofista o la defensa partidista. Los debates en nuestro país difícilmente se libran de los condicionamientos por ideología pseudo-política o pseudoreligiosa.

Pienso que la auténtica política y sincera religiosidad deberían ser capaces de consensuar posturas en torno a los tres puntos arriba mencionados para ayudar a cuidar la vida al morir, incluida la tercera clase de ayuda: la ayuda para morir, ética y legalmente protegida. 

Lo que queda por decir

Hasta aquí me he limitado a exponer la razón principal por la que puedo estar de acuerdo básicamente con la ley recientemente aprobada, aunque queden pendientes para futuras evaluaciones y mejoras, así como para la puesta en práctica de su implementación, una serie de cuestionamientos que están siendo aportados por parte de la profesionalidad médica y jurídica que habría deseado ser más consultada y tenida en cuenta por los legisladores. (Remito a las Reflexiones de la Asociación de Bioética Fundamental y Clínica en torno a reciente regulación de la ayuda médica para morir)

Otro punto en el que no he descendido a detalles es la perplejidad de profesionales católicos de la medicina, el derecho y la bioética ante tomas de posición oficiales de la iglesia institucional. Por ejemplo, el documento de la Congregación para la Doctrina de la fe Samaritanu bonus, contra la eutanasia, que me he permitido criticar con fidelidad disidente.  Lo hice así desde una postura de fidelidad respetuosa y crítica que hace posible conjugar la bioética laica y la moral teológica, la secularidad y la fe

Las dos perspectivas citadas, religiosa y laica, podrían converger, a mi parecer, en el mínimo denominador común de las tres maneras de cuidar la vida doliente y moribunda en su camino hacia el morir, durante el morir y en la respuesta responsable a las peticiones igualmente responsables de ayuda para morir. 

Desde mi fe católica y secularidad ética, puedo afirmar que para tomar responsablemente decisiones como las arriba mencionadas sobre ayuda al morir: hacia el morir, en el morir o para morir, se requiere mucha fe en la vida y deseo de cuidar bien la vida al morir. Cuando ese cuidado de la vida se apoya en la fe en la vida de la Vida (con mayúscula), se facilitan esas decisiones difíciles.

Fe en la Vida de la vida es creer que, “a quien cree en Cristo, la muerte no le arrebata la vida, sino su vida se transforma y vivirá para siempre dentro del misterio de Cristo, ¡El Que Vive!, como canta el Prefacio de la misa de difuntos: Vita mutatur, non tollitur!  La vida se transforma al entrar en la vida definitiva dentro de la Vida de Cristo.

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