El lugar que han ocupado los estudiantes y los docentes a lo largo de la crisis de la COVID-19 ha sido profundamente central. Un sistema que se ha empeñado en mantener la normalidad de las clases por vía virtual en medio de la mayor de las anormalidades revela las carencias de la escuela actual.

por Josemi Aragón

No se había decretado todavía el estado de alarma cuando las escuelas ya habían cerrado sus puertas. En Madrid y algunas zonas del País Vasco el miércoles 11 ya no había clase. Desde entonces, maestros, equipos directivos alumnos y familias se han visto sumidos en un torbellino de informaciones, rumores, decisiones y contradecisiones que, en cierto sentido, han sido la consecuencia lógica, no deseable pero lógica, de adentrarnos en un escenario ni siquiera imaginado. No nos enseñan para la incertidumbre, la misma escuela no enseña para vivir en la incertidumbre puesto que como institución navega más cómoda en el mar de la normalización. Seguramente no se trataba de pensar la escuela ante la perspectiva de una posible pandemia, algo que varias generaciones de europeos no vivieron nunca y que , quizás, no volvamos a vivir en décadas, pero sí se trata de pensar en las escuelas y el sistema educativo como algo más dúctil y capaz de reaccionar a la realidad del mundo actual que es, sin duda como elemento definidor de su esencia, diverso.

En medio de las dificultades de la realidad actual es cuando nos damos cuenta de que muchos chicos y chicas no pueden acceder a un recurso digital aceptable en sus casas o que la educación on line no puede implementarse si no hay familia o adultos de soporte detrás para desarrollarla completamente. Ahora parece que descubrimos  que no se trabaja igual en casa si compartes tu habitación con tu madre y hermano en un piso de alquiler (se me vienen a la mente rostros concretos que ilustran esta realidad) y solo tienes un móvil sin wifi para conectarte. Es evidente que nadie estaba preparado para esto. Sin embargo, la pregunta que debiera centrar la reflexión necesaria que todas y todos debemos extraer de esta experiencia tan intensa y por momentos trágica que estamos viviendo, y que por desgracia se va a prolongar en el tiempo en consecuencias sociales y económicas que serán dramáticas para muchos, es si en realidad lo que necesitamos es otra concepción de la escuela.

Otra concepción de escuela

Muchos profesionales de la docencia nos hemos encontrado, por ejemplo, que bastantes alumnos a los que considerábamos muy competentes en las habilidades digitales en realidad no lo son tanto. Sí, controlan la última edición del Fornite y pueden jugarla on line con decenas de jugadores de cualquier lugar del mundo, incluso apostar dinero con ello o navegar con soltura por  decenas de web de pornografía y, sin embargo, muchos no saben enviar un archivo adjunto si «pesa» demasiado en un correo electrónico o compartir un documento en una nube de almacenamiento y trabajo compartido. Y no lo saben porque no se lo hemos enseñado. Como siempre nos vemos abocados a la pregunta fundamental cuando de enseñanza se trata, ¿qué y cómo enseñamos? O lo que es lo mismo ¿qué y cómo deben aprender los alumnos?

Podríamos haber pensado mejor como encajar este tercer trimestre tan atípico en el conjunto del curso

En los primeros días del confinamiento, muchas familias y alumnos expresaron su sensación de desborde provocada por la cantidad  de tareas, ejercicios, deberes y actividades que estaban recibiendo de parte de sus profesores y maestros que, a su vez, confesaban también en múltiples foros, su sensación de estar sobrepasados en la exigencia de generar unos materiales que no existían y que les obligaban a cambiar en un tiempo récord sus programaciones de aula (el día a día de la educación tal y como la conocemos se desarrolla, afortunadamente, en el aula) y adaptar criterios de evaluación y calificación, presionados además por una administración y unos equipos directivos que exigían cuanto antes clarificar la nueva situación. Todos preferimos un camino claro que nos dé seguridad frente a la incertidumbre pero, ¿qué ocurre cuando eso es sencillamente imposible puesto que no hay camino en una realidad nueva, cuando  todas las respuestas son simple hipótesis puesto que las preguntas a las que se refieren no nos las hicimos nunca? Dicho de otra manera, un sistema rígido y poco flexible se enfrenta al más cambiante de los problemas. Sin cambiar el paradigma las respuesta solo podían ser frustrantes e insatisfactorias. Y esas dos sensaciones, frustración e insatisfacción, son seguramente las que han predominado en toda la comunidad educativa. Cierto es que la situación apenas nos ha dado oxígeno para vivirla desde otros sentimientos, pero también es verdad que es muy probable que las propias respuestas del sistema, representado por Ministerios, Consejerías, equipos directivos y docentes, tampoco ha ayudado.

Deberes y más deberes

La respuesta al shock inicial fue, simplemente, deberes y más deberes. A nadie se le ocurrió plantear que quizás hubiese sido interesante haber dicho a los alumnos y familias: «miren la situación a la que nos enfrentamos es absolutamente novedosa y no estamos preparados para ella. Así que para, además, facilitarles a ustedes la labor y que no tengan que estar pendientes en estos primeros días de sus hijos y sus tareas mientras se adaptan a sus nueva situación de teletrabajo o atienden a sus familiares quizás enfermos o se enfrentan a las dificultades económicas que se les van a plantear en las próximas semanas, las escuelas vamos a reunirnos y trabajar, encerrarnos virtualmente en claustros y reuniones de trabajo para diseñar algo tan novedoso para todos que, en realidad, y siendo honestos, no tenemos  ni idea de cómo afrontarlo. Así que necesitamos ese tiempo, una semana, quizás dos. Tómenlo como unas vacaciones escolares, ya reorganizaremos el calendario escolar, pero piensen que es mucho más importante saber bien lo que queremos y cómo queremos hacerlo que generar ahora una incertidumbre mayor que esta a la que ya estamos sometidos». Evidentemente nada de esto pasó y, por el contrario, conseguimos con ello que la escuela fuese un elemento más, por si había pocos, de discusión, enconamiento y, sobre todo, de aumento de la tensión vivida en las casas, en muchas de ellas al menos. Con ese tiempo quizás hubiésemos podido pensar mejor qué se podía hacer con los alumnos que no tenían recursos para seguir el desarrollo on line de la enseñanza; hubiésemos podido diseñar tareas muchos más centradas en el trabajo de las competencias y no en unos contenidos cuyo acceso, además, ahora era mucho más complejo y dificultoso; hubiésemos podido diseñar tareas que alternaran una dimensión más lúdica y atractiva para hacer solos (ha sido muy difícil continuar procesos ya muy avanzados en muchos espacios educativos de aprendizaje cooperativo) con otros más encaminados a la adquisición de competencias esenciales. Y, sobre todo, podríamos haber pensado mejor como encajar este tercer trimestre tan atípico en el conjunto del curso, tanto en los aspectos vinculados al desarrollo de los currículos como los vinculados a la evaluación.

Sin espacio para los docentes

 En definitiva, no ha habido espacio para la reflexión colectiva y comunitaria de los que más saben de esto que son, sobre todo, los docentes. Estos, en la mayoría de los casos, han estado desconcertados, como casi todo el mundo, esperando unas directrices que vinieran de cualquier instancia superior, un equipo directivo o una consejería de educación o el propio ministerio. Como siempre, ha faltado escucha y confianza en quienes más saben de esto, los que cada mañana suelen abrir la puerta del aula y la cierran cuando el día termina. Ojalá pronto vuelvan a hacerlo.