¿Santa Isabel I?

Me acaba de llegar al correo una propaganda en favor, nada menos, que de la canonización de Isabel la Católica.

Hace años, en un artículo sobre canonizaciones, citaba yo a Jean Pierre Jossua. En su libro Cuestión de fe el teólogo dominico constataba el declive de las figuras de los santos como personas excepcionales, capaces de servir de ejemplo, y abogaba por la santidad común, sencilla, de las vidas de creyentes puestas al servicio de los demás.

En consecuencia las canonizaciones despiertan ya poco interés, sobre todo después de la de Josemaría Escrivá. Un santo que postuló el cambio de su apellido (se llamaba Escrivá y Albás) y reivindicó el título de marqués de Peralta. Un chiste que corrió entonces sobre las misas del Opus: El Señor esté con vosotros. Y con el espíritu del señor marqués.

Después de su muerte en 1975, durante algunos años, en el día del aniversario, la televisión oficial transmitía un reportaje sobre él. Recuerdo una vez el comentario de mi madre: ¡pero este señor no dice más que baturradas!

Pues lo canonizaron, rechazando todos los testimonios que suponían eran contrarios, entre ellos el del arquitecto Miguel Fisac, que había sido muchos años colaborador suyo y que tras este rechazo abandonó la Iglesia. Pues lo canonizaron, quizá por el dinero que el Opus  había dado al Vaticano para el sindicato polaco Solidaridad.

A mi modo de ver, esa canonización dio la puntilla a todas las siguientes. Pero después vino la de Juan Pablo II. No importó que hubiera dado públicamente la comunión a Pinochet (un pecador público, en lenguaje eclesiástico), que hubiera amonestado también públicamente a Ernesto Cardenal puesto de rodillas (todo un ejemplo de misericordia), que hubiera continuado su amistad y su apoyo a Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, a pesar de las fundadas sospechas de que era un pederasta ni que hubiera perseguido prácticamente a todos los grandes teólogos de su tiempo. ¡Santo súbito! Y lo canonizaron.

Pero vamos con Isabel I de Castilla. En el comunicado que he mencionado se relata, como ejemplo de su confianza en la Divina Providencia, que de joven fue pretendida y casi obligada al matrimonio por el poderoso don Pedro Girón. Cuenta la crónica que “la señora infanta… estuvo un día y una noche las rodillas por el suelo muy devotamente rogando a nuestro Señor que le pluguiese matar a él o a ella porque este matrimonio no oviese efecto”. Y en  efecto, le plugo y a los pocos días don Pedro había fallecido.

En 1979, en su libro Los santos que nunca serán canonizados, González Ruiz colocaba en esa lista a Juana, la llamada por sus enemigos la Beltraneja. Hija de Enrique IV, heredera del trono de Castilla, fue Isabel quien se lo arrebató con una guerra que Juana había querido evitar sugiriendo una votación de los nobles. Ganadora de la contienda, la canonizable infanta se hizo con el trono de Castilla.

Ya reina, firmó con su marido el decreto de expulsión de los judíos. Muchos miles prefirieron bautizarse pero unos 20.000 se vieron obligados a abandonar la península perdiendo sus propiedades y negocios.

En Granada, a pesar de los acuerdos con los musulmanes, se propuso destruir la cultura islámica y por mano de Cisneros quemó en la plaza mayor de Granada toda la biblioteca nazarí.

Ya antes, en 1479, Isabel y su marido habían establecido la Inquisición, pensada originariamente para los judaizantes pero que se convirtió durante siglos en un arma política y procuró un grave daño a la imagen de la Iglesia.

Sin duda la reina católica fue una eficiente gobernante y todas las medidas anteriores pueden valorarse desde ese punto de vista. Pero ¿santa? Que venga Dios y lo vea. Pero sobre todo que lo vea el Vaticano y no dé cauce a ese esperpento de su canonización.

Carlos F. Barberá
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1 comentario en «¿Santa Isabel I?»

  1. Yo cuestionaría incluso lo de «eficiente gobernanta»; claro está que no es muy acertado hacer juicios ahora de lo que ocurrió hace tanto tiempo pero eso se debe aplicar tanto para censurar como para aplaudir.

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