Espiritualidad vs Religión

Hace poco he publicado en ATRIO un artículo titulado Hablando de Dios que ha dado lugar al bonito número de 113 comentarios, muchos sin duda en contra. Parece evidente que, en determinados círculos, el tema suscita en estos momentos, mucho interés. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, uno de los interlocutores aportaba un texto anónimo que pretendía describir, en una serie dialéctica, la oposición entre espiritualidad y religión.  Por ejemplo: La religión es para quienes quieren seguir los rituales y la formalidad, la espiritualidad es para los que quieren alcanzar la Ascensión Espiritual sin dogmas; la religión es para aquellos que necesitan que alguien les diga qué hacer, la espiritualidad es para quienes prestan oídos a su voz interior; la religión no indaga ni cuestiona, la espiritualidad indaga todo; la religión empuja, la espiritualidad tira de ti. Así hasta veinticuatro formulaciones.

Con la rotundidad que le caracterizaba, una vez Valle Inclán escribió: “al español hirsuto es mentarle la madre mentarle el absoluto”.  Aparte de lo inspirado del díptico. Creo que el insigne escritor se equivocaba: hirsuto o no, el español es bien proclive al absoluto de las adhesiones sin reservas y de las descalificaciones sin matices. No hay más que comprobarlo en el éxito popular alcanzado por Vox.

No es ahora cuestión de afirmar, matizar o negar cada uno de esos asertos, se me antoja una tarea larga y aburrida. Pero precisamente estoy leyendo la Vida de santa Teresa y veo claro que la mística española no se apoyaba en rituales ni formalidades, buscaba y encontró la Ascensión Espiritual (aquí sin duda con mayúsculas), indagaba permanentemente y no sé si la religión tiraba de ella o la empujaba, pero lo cierto es que arribó a alturas que el autor del texto seguramente no alcanzará nunca. Y, por cierto, era mujer de religión, porque “estaba contenta de vivir hija de la Iglesia”.

Precisamente en un momento en que el cristianismo se ha embarcado en la tarea de profundizar en sus raíces espirituales, se encuentra con la oposición frontal de los nuevos contemplativos. En vez de encontrar una mano tendida, por desgracia se topa con el rechazo de las descalificaciones globales.

Pensando en estas cosas se me ha ocurrido la hipótesis siguiente: si mañana en la ciudad de Madrid desapareciese de golpe la religión católica, unos veinte comedores sociales (casi la totalidad de los que existen) dejarían de servir desayunos y comidas; los sin techo perderían la atención y ayuda que ahora reciben; más de trescientas parroquias dejarían de asistir a familias con dinero, alimentos y apoyo moral;  cesarían las visitas a los enfermos, a personas que viven solas… miles y miles de desfavorecidos perderían el apoyo del que ahora disfrutan. Pero estoy seguro de que los nuevos espirituales acudirían en masa a suplir esa carencia. ¿O no?

Por si acaso, acabo de conocer a una hondureña sin papeles, con un niño de tres años y que padece lupus. Está siendo atendida por Cáritas y creo que voy a implicarme un poco en el caso. Pero si uno de los nuevos espirituales sin religión se anima, se lo cedo gustoso. Mucho ánimo.

Carlos F. Barberá
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