Pesadilla antes de navidad

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Halloween puede ser una oportunidad para, si los peques deciden disfrazarse de diablos, hacer que se paren a y explicarles qué es el diablo. El domingo pasado estuve en la iglesia, os pido disculpas a quienes allí estabais porque llegué tarde y es que cada vez me aburro más, ando algo desmotivado. Pero bueno, el caso es que el domingo acudí a la misa de los niños. Todo en su sitio, nada sorprendente excepto la voz de seda de las chicas del coro. Ya terminando, el sacerdote acabó la faena hablando de halloween.

Invitaba a los niños allí presentes a renunciar a la fiesta importada de Estados Unidos y, a cambio, les proponía celebrar el día de los santos (All Hallow´s Eve), que es la verdadera celebración. Los niños, muy atentos, sonreían. El sacerdote se animó en su propuesta y les dio alguna idea, al monaguillo le recomendó disfrazarse de San Francisco de Asís, a otra niña se la imaginó vestida de Santa Catalina y así, sobre la mesa, varios nombres.

Los chavales eran preguntados sobre si la idea les había gustado y estos salieron del paso como pudieron. Yo, por mi parte, salí de la iglesia como pude -estaba bastante llena- y, caminando por Santa Engracia (otro posible disfraz), me imaginaba a esos chavales la noche de halloween:

Por un lado, los amiguitos paganos vestidos de diablos, brujas, frankensteins, maléficas, zombies, etc. y, por otro, San Francisco, Santa Catalina, Santa Engracia, San Esteban, el bien y el mal enfrentados en una noche víspera de todos los santos. El lado oscuro contra la luz. Un espectáculo grandioso. Se me escapó una sonrisa de «persona que va hablando sola».

Seguí caminando por Rafael Calvo, iba a buscar a mi mujer que estaba haciendo unas fotos en Zurbano y, como no tenía batería en el teléfono, me senté en una cafetería a pensar en lo ácido que estaba el zumo de naranja.

La Iglesia católica está renunciando a su esencia, pensé. En sus orígenes, hizo propias fiestas paganas y las integró en su calendario convirtiéndolas en festividades tan mágicas como la noche de San Juan, en las que al saltar el fuego se simboliza la purificación y el dejar atrás todo lo malo, como San Juan hizo con el agua del bautismo. Sin embargo, ahora la veo enzarzada en una batalla contra una fiesta importada que va ganando terreno y no trae nada bueno, niños endiablados con tridentes, cuernos y colas, adultos vestidos de brujas o muertos vivientes con dientes de drácula.

La gran parodia de la muerte, la ridiculización de lo oscuro, la humanización de los fantasmas. La ciudad esta noche se llena de calaveras, calabazas y maquillajes. A mí me suena a la victoria del humor sobre el dolor, me suena a «Dejad que los muertos entierren a sus muertos; y tú, ve, y anuncia el reino de Dios». (Lucas 9, 60).

Si yo vendiera disfraces, caretas, telas de araña o si fuera agricultor, le diría a ese buen sacerdote: “Déjame ganar algo de dinero vendiendo calabazas y tú, ve y anuncia el reino de Dios”. Como no soy nada de esto y, mientras espero, sigo con mi reflexión, si la Iglesia o mejor dicho aquel sacerdote viese el mundo como lo veo yo, su discurso sería algo diferente. Gracias a Dios no es así.

Llevo tiempo pensando que la Iglesia camina por atajos, lanza una recomendación con la esperanza de que esos chavales o sus padres acaben haciendo caso al cura del barrio. ¿Lo harán? ¿Veremos alguna vez a un niño vestido de San Francisco de Asís? No sé…

Pero el atajo no viene en predicar con recomendaciones, sino en el hecho de no profundizar en la cuestión en sí. Pensemos en la fiesta y acabaremos pensando sobre la muerte. Hablemos a nuestros hijos de la muerte y lo que pensamos sobre ella. Si, desde que conocemos a Jesús, no creemos en ella, ¿por qué no ridiculizar algo que no existe?

A su vez, podríamos enseñar a esos chavales que no hagan las cosas por imitación, que tenemos fiestas propias maravillosas; pero, aún así, si deciden disfrazarse de diablos, pararles a pensar el por qué de esa elección y aprovechar, echándole un par, para explicarles qué es el diablo.

Podemos celebrar esa noche con alegría y, al día siguiente, recordar a nuestros seres queridos y lo que hicieron en sus vidas. Comer buñuelos o castañas asadas o, incluso, pestiños o huesos de santo (vaya nombres).

Para algunos, halloween se ha convertido en una pesadilla antes de Navidad y, como Jack en la maravillosa película de Tim Burton, podrían cantar eso de «¿Qué es? ¿Qué es? Hay algo que va mal, ¿quién canta sin parar?». Sin embargo, para mí es una fiesta, una oportunidad.

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