Monseñor Romero: Mártir por defender a los pobres

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Mural dedicado a Óscar Romero en la ciudad de San Francisco“Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Frase que se hizo realidad, después de su muerte, como pude comprobar en los doce años que estuve de misionero en El Salvador, Centro América.

El Obispo Romero, fue asesinado el 24 de marzo del 1980, hace 35 años, mientras celebraba la Misa, en la capilla del hospital La Divina Providencia, en San Salvador. Su gran pecado, ponerse al lado de los pobres y denunciar las injusticias de las autoridades y de los terratenientes del país. Era la voz de los que no tenían voz. Por eso fue el hombre querido, admirado y seguido por el pueblo en general y calumniado, despreciado y amenazado por las autoridades y la oligarquía salvadoreña en connivencia con el ejército.

Para comprender esta polaridad hay que decir que El Salvador, llamado el “Pulgarcito de América” por sus pequeñas dimensiones, 23.000 km2, sufría una terrible e injusta desigualdad. En los años 50 del siglo pasado 15 familias eran los dueños del país. El pueblo sufría marginación, hambre y miseria de todo tipo.

Monseñor Romero era un hombre de fe y de gran humanidad. Decía: “Hay que tener un oído puesto a la Palabra de Dios y el otro al pueblo y su realidad” Así fue descubriendo el sufrimiento del pueblo salvadoreño y la urgente necesidad de ayudar a salir de esa injusta situación. Con ese talante, Monseñor Romero fue evolucionando y de una posición ideológica tradicional pasó a ser hombre revolucionario, desde esa doble fidelidad que marcó su vida: fidelidad a Jesús de Nazaret y fidelidad al pueblo salvadoreño.

Al principio de ser obispo, intentó mediar, con la mejor buena voluntad, en los conflictos que se originaban entre el pueblo y las autoridades, entre algunos sacerdotes y los terratenientes del lugar. Monseñor Romero deseaba impedir el conflicto armado que se pronosticaba. Exigía a las autoridades y a los terratenientes tuviesen conciencia y, con leyes más justas, ayudasen a que el pueblo tuviese oportunidades de trabajo, salud, educación… Eran sordos a sus justas demandas.

En cambio, la represión por parte del ejército era brutal. Los líderes populares eran perseguidos, torturados y hasta desaparecidos. Incluso los catequistas eran vigilados y controladas sus catequesis. El pueblo, en general, era reprimido y perseguidas sus organizaciones. En ese tiempo varios sacerdotes de su confianza fueron asesinados. De esta manera tan cruel, Monseñor Romero descubrió que los que detectan el poder no tienen conciencia, que los ricos son inhumanos y que unos y otros están incapacitados para sentir el dolor de los pobres que tienen que contentarse con un dólar para vivir cada día. Y así lo denunciaba de forma valiente y clara.

Como buen pastor, decía, tengo que estar al lado de mi pueblo que sufre tan brutal represión y ser voz de los que no tienen voz. Sus homilías dominicales de catedral, retransmitidas por la radio de la iglesia eran escuchadas con ferviente admiración y esperanza por todo el pueblo.

Recibía constantes amenazas de muerte y sus amigos le aconsejaban tuviese cuidado. Pero él decía, “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Y con valentía seguía denunciando todos los atropellos. Al final lo asesinan con un tiro certero en el corazón, mientras celebraba la eucaristía.

El pueblo lloró desconsolado el asesinato, o mejor, el martirio de su Pastor. Desde un principio lo proclamó santo y está vivo en la conciencia del pueblo, como él dijo: “si me matan resucitaré en el pueblo”. Pude comprobar, con alegría, que en cualquier manifestación reivindicativa a favor de los derechos humanos, Monseñor Romero estaba presente en pancartas, y comunicados. Cientos de murales, en calles y plazas, colegios e iglesias de todo el país, recuerdan su figura y su mensaje liberador. Su espíritu vive en el corazón de los pobres de El Salvador.

Santo, al fin

Hace unos meses, el papa Francisco, conocedor de la realidad latinoamericana, con toda justicia, ha desbloqueado el proceso e impulsado su causa de beatificación, que tendrá lugar el 23 de mayo en San Salvador.

Dos matices importantes a destacar en la beatificación de Óscar Arnulfo Romero, y que en cierto sentido retrasaban su beatificación.

El primero, que será proclamado mártir de la justicia. Matan a Monseñor Romero, no por odio a la fe que profesaba, como se dice de los mártires, sino por odio a una persona creyente que denuncia, con toda claridad, las injusticias que se cometían contra el pueblo indefenso y a sus autores. El señalaba en sus homilías, con toda clase de detalles, a las víctimas y a los victimarios. Y estos no podían soportar semanalmente verse acusados por la máxima autoridad de la iglesia salvadoreña, ni tenían argumentos para desmentir las palabras del Arzobispo, que estaban bien fundamentadas.

El segundo matiz, que lo matan personas que se tienen por católicas. Ellos creen que Monseñor Romero es un comunista al que hay que eliminar. Por eso lo difaman e inventan toda clase de improperios sobre su persona. Estos señores ponen por encima de la verdad y la justicia sus intereses personales y sus riquezas. Estaban ciegos de poder y de dinero. No aguantaron las denuncias de Romero y lo asesinan. Como tampoco aguantaron a Jesús la gente religiosa de entonces (sumos sacerdotes, escribas o fariseos) y poderes establecidos. En San Romero de América se repite la historia del mismo Jesús, asesinado por los poderes de este mundo. A veces nos olvidamos que a Jesús le acusaron también de subversivo y traidor a las tradiciones judías. La misma acusación que hacían contra Monseñor Romero, incluidos algunos obispos salvadoreños.

Hoy los que estamos convencidos, como nos dice el papa Francisco, que la fe no es solamente un conjunto de verdades a creer sino, sobre todo, un testimonio de vida a trasmitir que nos humaniza y nos hace iguales y hermanos, nos alegramos por la beatificación de Monseñor Romero, mártir de la justicia, santo actual y universal. Un profeta valiente que defendió los derechos humanos de los pobres con su propia vida.

Y recuerdo finalmente la observación inteligente que me hizo una mujer salvadoreña: “No quiero que hagan santo a Monseñor Romero para ponerlo en un altar y encenderle velas. Lo quiero como está ahora, vivo y acompañándonos en las luchas diarias por un mundo mas justo para todos”. Ojalá que haya muchos testigos como San Romero de América que acompañen las justas reivindicaciones de las personas empobrecidas de este mundo.

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