Una oportunidad para la alegría

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_Pag-2.binInés y la alegría.
Almudena Grandes.
Tusquets Editores.
736 páginas.

“En el misterio que encerraba la eterna promesa de aquel llanto empezaba y terminaba mi viaje.” Es sólo una frase de las muchísimas, como un océano de frases, como un tapiz de frases, que componen el último libro de Almudena Grandes, a la venta desde principios de septiembre. Inés y la alegría es un título escueto que inmediatamente remite a una expansión, quizá de júbilo: el abrirse que es tan propio de la alegría, como si preponderara en la historia o la impregnara toda. Quienes ya hayan leído el libro -o lo tengan bien avanzado- y quienes hayan leído la frase con la que se inicia esta reseña, habrán advertido que de alegrías, en el libro, pocas (las justas). En efecto, la alegría no es exactamente la protagonista de un vibrante relato en el que Grandes intenta expresar cómo “la Historia inmortal hace cosas raras cuando se cruza con el amor de los cuerpos mortales”. Los protagonistas más bien son otros: los inventados, Inés y Galán, simbolizan la “historia con minúsculas” que se entrecruza con la inmortalidad no inventada de quienes tejieron tanto lo que fue como lo que estuvo a punto de ser. Y en ese cruce extraño, en esas virguerías que hace la historia con la Historia, es donde Inés eclosiona, feliz, contenta de sí misma, encantada de conocerse, cada célula de su cuerpo alegre por poder descubrirse y poder ser.

Conocemos a Inés alegre por primera vez en la Gran Vía, porque está sola y es verano y es de noche y es Madrid y es la guerra, y es justo ahí -y no antes ni después- cuando la vida le ha revelado la alegría de la libertad por primera vez. Y es alegre, alegre de verdad, alegre como nunca, después de haberlas pasado de todos los colores, cuando es ella la que le revela a la vida que la alegría de la libertad depende de la valentía de un segundo, un poco de ayuda del destino y un caballo con el que trotar hacia el campamento de milicianos donde espera un sueño, una promesa, una oportunidad.

Almudena Grandes, ahondando en la línea que nos ofreció en la monumental El corazón helado, hace oscilar al lector entre la primera persona íntima y sincera de sus protagonistas inventados (los que representan a quienes cardaron la lana) y el estilo detectivesco, poéticamente científico, de la tercera persona con que deshilacha los entresijos de los ángeles y demonios que han protagonizado con letras de oro la crónica de las últimas décadas españolas. El libro es en sí mismo una alegría y un viaje ruidoso con el que se oye que pasan más cosas que las que la crónica oficial hace que suenen. Y cuando pasan, a veces, el enorme fracaso se dulcifica con la valiosa alegría de la gente mortal.

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