jardinero.jpgEL JARDINERO FIEL”. Gran Bretaña, 2005. Duración: 128 minutos. Director: Fernando Meirelles. Guión: Jeffrey Caine (basado en una novela de John Le Carré). Fotografía: César Charlone. Música: Alberto Iglesias. Intérpretes: Ralph Fiennes (Justin Quayle), Danny Huston (Sandy), Rachel Weisz (Tessa Quayle), Hubert Koundé (Arnold Bluhm), Pete Postlehwaite (Lorbeer), Donald Sumpter (Tim Donohue).

Un diplomático británico, Justin Quayle, emprende un viaje para esclarecer la verdad sobre la muerte de su joven esposa, una activista fallecida en el norte de Kenia en extrañas circunstancias. Sus pesquisas le llevarán a destapar los entresijos de un complot a gran escala que gira en torno a las multinacionales farmacéuticas; así como las miserias de la olvidada África marcada por el hambre, la enfermedad y el abuso.
El director Fernando Meirelles (conocido por dirigir la película Ciudad de Dios) se sirve de una atípica historia de amor, para levantar una denuncia contra el poder fáctico que ostentan las industrias farmacéuticas y las detestables prácticas que llevan a cabo en el continente africano, aprovechándose de los más desfavorecidos.

El jardinero fiel narra también un viaje geográfico, sentimental y de investigación. Justin es un hombre apacible y poco ambicioso, que en un momento dado y contra todo pronóstico se sorprende a sí mismo lanzándose a una peligrosa odisea, para limpiar el buen nombre de su mujer y “acabar lo que ella empezó”. Por su parte, Tessa representa a la activista comprometida, idealista, que tiene claro cuáles son sus objetivos y esta dispuesta a llevarlos, aunque esto le suponga la muerte.

Pero la auténtica protagonista es África. Meirelles utiliza el pseudo-documental para presentarnos un país, Kenia, y a sus gentes muriendo de hambre y sida. La fotografía alterna recuerdos románticos de la pareja protagonista, inundados de luminosidad, con el color gris de los despachos gubernamentales donde se urden los planes; mientras, las imágenes africanas oscilan entre una explosión de colores de la vida cotidiana, con la sordidez, la miseria y la corrupción en tonos pardos.
La utilización que las multinacionales farmacéuticas hacen de África, al convertirla en un inmenso laboratorio para sus prácticas, es inquietante y pone al descubierto todo el horror de quien está experimentando con seres humanos a los que considera prescindibles.