Ministerio y carisma (II)

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Foto. Association of Roman Catholic Women PriestsContinuando con lo dicho en el número pasado sobre el ministerio y el carisma, sería necesario aclarar algún aspecto más sobre el ministerio para poder llegar a entender su no obligatoria relación con el carisma del celibato.

De los siete sacramentos, hay tres que imprimen carácter en la persona que lo recibe. Dicho carácter sería como una especie de sello imborrable (“indeleble” según la expresión del concilio de Trento); razón por la cual la persona solamente puede recibirlos una vez en la vida. Estos sacramentos son el bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal. Si alguien quiere consultar, le recuerdo que la doctrina referida concretamente al sacramento del orden queda recogida en el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 1536.

Si nos remitimos a la epístola a los hebreos, una carta sacerdotal por excelencia, encontramos alusiones al sacerdocio de la antigua ley y, de manera constante, al sacerdocio de la nueva, cuyo sacerdote por antonomasia es Jesús: “Eres sacerdote para siempre como lo fue Melquisedec” (Heb 5,6), con quien se irán identificando los sacerdotes venideros. Es una doctrina ésta fundamental a nivel de la Iglesia. Ahora bien, una cosa es la perpetuidad del sacramento del orden respecto al varón que lo recibe y otra, creo que bastante distinta, la obligatoriedad de ejercer de manera perpetua la misión sacerdotal.

No perdamos de vista que es el obispo, como sucesor de los apóstoles, el que confiere el sacramento del orden y confía después una misión al varón, por el momento solamente es el varón, que ha estado ordenado. Ahora bien, si tenemos en cuenta la estructura actual de la Iglesia, piramidal y jerárquica por un lado mientras, por otro, una Iglesia sociológicamente católica en muchos casos, sucede que casi siempre la comunidad tiene muy poco o nada que decir respecto al sacerdote que desde arriba le impone el obispo. En vez de ser ella quien presentase al obispo el candidato elegido para que aquel le confiriera el sacramento del orden.

Si así fuera, sería algo muy normal que, pasado un tiempo, el propio sacerdote pudiera renunciar a continuar ejerciendo la misión de presidir; o quizá fuera la propia comunidad la que considerase conveniente buscar a un nuevo candidato más idóneo para el momento o las circunstancias. Continuaría siendo sacerdote para siempre, pero le sería retirada la misión por parte del obispo a petición propia o después de haber escuchado a la comunidad.

En una estructura eclesial así, es decir esencialmente comunitaria, el sacerdote no solamente no tendría que ser una persona nueva, desconocida y diferente en muchos aspectos, sino alguien, uno más de entre los hombres y mujeres, “Es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza” (Heb 5,1-2). Estaríamos, pues, ante un sacerdote que se ganase la vida con su propio trabajo o no, pues quizá la comunidad hubiera decidido mantenerle; un sacerdote que sintiese necesidad de compartir el amor y la vida con otra persona o, tal vez no, sino ejercer el ministerio de la presidencia del amor desde el celibato por creerse poseedor de semejante carisma, etc.

Está claro que una visión así del sacerdote difícilmente podrá encajar en una estructura eclesial como la que tenemos y que, a pesar de los diferentes cambios que se han ido sucediendo a lo largo de la historia, continúa siendo una Iglesia henchida de un profundo “constantinismo”, en el sentido de la tan repetida estructura jerárquica y piramidal.

Una Iglesia preocupada ciertamente por la pastoral, pero también de manera excesiva en muchos casos por el funcionamiento de otros ámbitos que en principio no le tendrían que ser propios, como es el jurídico de manera especial. Razón por la cual, la misión del sacerdote, en cuanto poseedor del sacramento del orden, consiste muchas veces más en administrar sacramentos y en cuidar más de que queden registrados que de presidir la celebración de los mismos participada por la asamblea; sin que ello suponga entrar a hacer un juicio de fe de las personas que vienen a pedirlos.

Personalmente, creo que un sacerdote “célibe”, aunque en muchos casos tendríamos que hablar de solo o soltero, es un instrumento más fácil para la jerarquía, para el obispo en cada caso, de cara a dirigir una Iglesia de las características que acabo de describir. Sin embargo -y ya para acabar- creo que no sería justo por mi parte si omitiera que conozco muchos sacerdotes que han asumido el celibato como algo importante para sus vidas, en el sentido de que les ha ayudado y les sigue ayudando profundamente a vivir en plenitud su ministerio.

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