La voluntad de Dios

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Foto. Judit Klein CC.“Es la voluntad de Dios o Dios lo ha querido así”. ¡Cuántas veces hemos oído esta frase que acostumbra a tener muy poco que ver con lo que Dios quiere de verdad la mayor parte de veces!

Sobre todo porque solemos decir esta frase en ciertos momentos, especialmente cuando el dolor o la muerte llegan a la vida de alguna persona conocida, lo que se intensifica si dicha persona es un ser querido. No sé si somos conscientes del mal que indirectamente hacemos pensando que con frases así consolamos a la persona afectada por dicho mal o a los familiares de aquella otra que ha fallecido.

Necesitamos purificar mucho nuestra mente a nivel de conceptos de fe y mucho más en cuanto al hecho religioso se refiere. Tenemos la impresión de que hablar de un mundo autónomo frente a Dios significa faltarle el respeto, porque en cierta manera supondría dudar de su omnipotencia absoluta; pues si así fuera sería como decir que Dios no puede impedir o provocar…

En cambio, no tenemos el más mínimo reparo en decir a continuación que es absurdo que este mismo Dios pueda llegar a hacer un círculo cuadrado. En su día ya dije que se hace cada vez más urgente dar el salto del Dios creador al Dios sentido de la vida; me refiero evidentemente al caso de la persona creyente.

Es verdad que existen realidades que en general pueden llegar a desconcertarnos, a unas persona más que a otras, dicho sea de paso, como pueden ser -por ejemplo- los fenómenos naturales, sobre todo por lo que a nivel de catástrofes se refiere. Aunque cabe decir que, si fuéramos capaces de adentrarnos más profundamente en este tema, seguro que llegaríamos a ver las cosas con un poco más de claridad y no achacaríamos a Dios algo de lo cual ni tiene ni puede tener la culpa.

“Hágase tu voluntad” es una de las peticiones que configuran la oración del Padrenuestro. De tantas veces como la hemos rezado, posiblemente muchos de nosotros y nosotras nos hemos parado muy poco a pensar el significado de la misma. Tal vez por la rutina con que la recitamos o nos han enseñado a recitarla.

¿En qué consiste, pues, esta voluntad? No soy quién como para atribuirme la potestad de sentar cátedra en una cuestión de semejante calado. Pero sí quiero decir lo que a mí personalmente me ha ayudado a descubrir qué es lo que Dios quiere en general y, por supuesto, también para mi vida. Lo encontraremos en el evangelista Juan (3,17) “Dios ha enviado su Hijo al mundo no para condenarlo, sino para salvarlo”.

Esto es lo que quiere Dios y no otra cosa; ésta es su voluntad. Una voluntad, la suya, que tanto difiere casi siempre de la que le atribuimos como, por ejemplo, que castigue a quienes nos han infringido o pueden estar infringiéndonos algún tipo de mal o a quienes no creen lo que nosotros y nosotras creemos o como nos gustaría que creyeran; y, sobre todo, a aquellas y aquellos que llevan a cabo acciones que, tal y como encontramos en algún pasaje bíblico, “claman al cielo”, como son, por ejemplo, el abuso de las personas pobres y la explotación de las más débiles.

Ahora bien, esta voluntad, tal y como la expresa el evangelista Juan, ¿cómo se hace realidad o se lleva a cabo? Aquí entramos en otro de esos capítulos que a muchas personas les llega o les puede llegar a resultar escandaloso en cierta manera. En ello está precisamente la grandeza, pero a la vez también la pequeñez, de ese Dios manifestado de manera especial en Jesús.

Su voluntad de salvación, es decir, de pan, de cultura, de sanidad, de compañía, etc., no podrá llevarse a cabo ni tampoco hacerse realidad sin la contribución de nuestro compromiso. Dicho de otra manera, Dios -por muy grande y omnipotente que sea- no podrá sonreír a la persona triste si tú y yo no le prestamos nuestros labios.

Tampoco podrá acariciar el rostro de la persona sola y abatida si nuestras manos no están dispuestas a hacerlo o, peor aún, se niegan. No podrá, en definitiva, evitar el hambre, la guerra, la violencia, la injusticia, etc. si me empeño en vivir de manera indiferente a las demás personas y si pretendo plantear mi vida únicamente desde mis intereses y conveniencias.

Ésta es la voluntad de Dios y estos son los únicos instrumentos que tiene para llevarla a cabo. No olvides, querido lector, querida lectora, que tú puedes ser, lo eres, uno de ellos.

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