La conciencia

La profundización personal y la capacidad crítica son bases de la conciencia. Recuerdo una expresión que oí siendo niño y que no he olvidado desde entonces. La gente del campo tiene como una especie de séptimo sentido que le lleva a hacer afirmaciones tales como la que dice “la conciencia era verde y se la comió un burro”. Todo ello haciendo alusión entre labriegos a que eso de la conciencia es algo que queda muy bien en teoría, pero que en la práctica ya “es harina de otro costal”. Vaya… ¡que nada de nada!

“Obrar según la propia conciencia, obrar en conciencia, obrar siguiendo los dictámenes de la conciencia personal, etc.”, son algunas de las frases que solemos oír o decir en ocasiones diversas. También cabe decir que hay palabras que usamos y que, a simple vista, nos parecen lo suficientemente claras pero cuyo verdadero significado, a la hora de la verdad, no acabamos de precisar, aunque intuyamos algo de lo que quiere decir. Una de estas para mí es, precisamente, la palabra “conciencia”.

La actuación de una persona puede obedecer a factores diferentes, tales como acomodarse a lo que está en boga en un momento concreto, al decir común de la gente, incluso a lo que pueda quedar bien ante los demás por parte de uno, etc. Esto no quiere decir, precisamente, que quien así actúa lo haga porque está convencido de ello y porque cree que ha de ser de esa manera en vez de otra. Es decir, existe muy poco o nada de cosecha propia, en cuanto a decisión se refiere.

¿Cuál sería el polo opuesto, por decirlo de alguna manera? Obrar y actuar siguiendo el propio convencimiento, que está precisamente en el extremo contrario de lo que a uno le apetece o del capricho personal. Para no salirme de la etimología de la palabra a la cual me estoy refiriendo, consistiría en obrar cum sciencia (perdonad los latinajos). A simple vista, ya se intuye que estamos ante una expresión que nos introduce en el mundo de la ciencia como opuesto al de la vulgaridad, en el peor sentido de la palabra.

A cuento del tema que nos atañe, me parece necesario explicar o puntualizar, como mínimo, que, cuando traigo a colación la palabra latina sciencia, tiene muy poco que ver, quizá nada, con el concepto de “ciencia” que solemos utilizar en el lenguaje coloquial de la vida. Ello quiere decir que la conciencia está muy cerca de la sciencia en cuanto reflexión interior, cuanto más profunda mejor; también de profundización personal, de crítica, de equilibrio, de la capacidad de saber contrarrestar las diferentes posibilidades, puntos de vista, opiniones, etc. que sobre cierto comportamiento, realidad o cosa puedan llegar a darse o puedan existir.

Esto quiere decir que estaríamos equivocados si la palabra “conciencia” la quisiéramos poner al mismo nivel o muy próxima a la palabra “ciencia”; sobre todo si a esta última la identificásemos, fundamentalmente, con saber y conocimientos. Pienso que no le resultará difícil a nadie comprender el hecho de que puede haber personas cargadas de una gran ciencia y, en cambio, estar vacías plenamente de la conciencia más elemental y viceversa.

Llegados a aquí, creo que debe quedarnos claro que obrar en conciencia es sinónimo de obrar siguiendo los dictámenes de la reflexión personal, de la propia crítica, del discernimiento, etc. por muy rudo que a uno mismo pueda parecerle o le puedan decir. No está de más dejar claro que estamos ante un reto profundamente exigente.

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