Comulgar por Pascua florida

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No tiene sentido recibir el signo visible del amor bajo las especies de pan y de vino si en nuestro corazón hay odio.  Siguiendo con el catecismo del padre Astete, el tercer mandamiento de la Iglesia nos recuerda que “es obligatorio comulgar por Pascua Florida”. Aún tengo grabadas en mi mente, siendo niño, en la iglesia de mi pueblo, aquellas largas colas de hombres, varones, que se dirigían a comulgar durante la Pascua para, como se decía entonces, “cumplir con el precepto”. Era antes del concilio Vaticano II, claro está. Si mal no recuerdo, creo que estaba incluso bastante generalizada en muchas o en la mayor parte de parroquias, las rurales sobre todo, la existencia de un listado por parte del párroco en donde quedaban anotados los nombres de las personas que habían cumplido con semejante deber y quienes no lo habían hecho.

Quiero recordar para las personas más noveles que la comunión se distribuía de manera general durante los domingos fuera de la celebración de la misa; sobre todo la misa más importante que se conocía como misa mayor o misa solemne. Se acostumbraba a hacer normalmente un tiempo antes de comenzar la misma o en otro momento pidiéndoselo al sacerdote por parte de alguna persona en concreto, en el supuesto de que le hubiera sido imposible hacerlo en el momento preciso para ello. Insisto en que esto era lo habitual, la gente que tenía intención de comulgar lo hacía momentos antes de comenzar la misa; la excepción era hacerlo durante la celebración de la misa. En las misas de cada día, en cambio, sí que se comulgaba durante la celebración de la misma aunque, en general, lo hacía muy poca gente y casi la mayoría, por no decir todas, eran mujeres.

Por ello, cuando llegaba el tiempo de Pascua ya se encargaba el sacerdote de la parroquia de recordar a la feligresía la obligación de cumplir durante ese tiempo con el precepto que manda la Santa Madre Iglesia: comulgar. Y digo “cumplir con el precepto que manda” porque, que yo sepa, dicho precepto sigue vigente. Como dije en capítulos anteriores, predominaba el sentido “oír misa entera” frente a lo que felizmente diría después el concilio Vaticano II: “participar”.

Sin querer nos hemos plantado ante la concepción de la misa como fiesta y como banquete en el que la persona que se hace presente es invitada a participar de pleno, que es ni más ni menos la que propone, como acabo de decir, el concilio Vaticano II, frente a la concepción de la misma como un ritual frío y lejano ante el que solo cabe la asistencia expectante, acompañada de mayor o de menor grado de devoción.

Tengo la impresión de que la misa continúa estando cargada de demasiado misterio y, por lo mismo, de lejanía y de oscuridad. Y no es porque las misas no sean atractivas en general, que no lo son, ciertamente, más bien todo lo contrario, son tremendamente aburridas, sino porque la Misa tiene demasiado de ritual y poco de proximidad. La mayor parte de los signos que en ella se utilizan tienen un profundo sentido litúrgico, no cabe duda. Pero, en cambio, me atrevería a decir que el cumplimiento de dichos ritos y rúbricas en absoluto ayudan a que la persona llegue a sentirse partícipe de lo que allí está ocurriendo; más bien todo lo contrario la mayor parte de veces.

Si a esto añadimos el sentido del precepto, puede resultarnos fácil explicarnos la exigua o nula participación por parte de los y las asistentes y, más concretamente, en el momento quizá más íntimo de dicha participación como es la comunión.

Debo decir que, respetando la conciencia de cada persona -¡solo faltaba!- y las decisiones tomadas a partir de la misma, me cuesta aceptar la no participación en la comunión por parte de muchas de las personas que asisten a misa. Tengo la impresión de que, debajo de una actuación así, subyace toda una serie de teorías, como son el pecado, la gravedad del mismo, la necesidad de la confesión, etc.

Es verdad que no debemos olvidar lo que el apóstol Pablo recordaba ya a las primeras comunidades de Corinto: “Quien come el pan y bebe la copa del Señor indignamente, se hace reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor”: (1Cor 11,27). Por tanto, es cierto que no se puede ni se debe comulgar, recibir la Eucaristía, de cualquier manera, es decir, recibir el signo visible del amor bajo las especies de pan y de vino cuando, posiblemente, dentro de nuestro corazón no hay más que odio y rencor.

Comulgar, como toda acción sacramental, debe ser algo íntimo y decidido de manera libre por parte de la persona, lo cual quiere decir que a nadie se le debe obligar ni nadie debe sentirse forzado a hacerlo. Ahora bien, creo que nunca seremos lo suficientemente conscientes de que por parte de Él somos o estamos siempre invitados e invitadas.

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