“Tomad y comed”

evangelio-3.jpgHace unos años visité una iglesia barroca en compañía de unos amigos. En medio de todo aquel recargamiento, en el mismo altar estaba el sagrario. Era inmenso, rodeado de columnas y volutas de todo tipo. Y tenía una puerta pequeña, muy pequeña. Me salió casi sin pensar decir a mis amigos algo así como “Mirad el resultado de años de esfuerzo de encerrar a Dios lejos de nosotros para que no nos moleste.”

Los templos son como cárceles de oro donde hemos situado la presencia del Señor. Así, el que está dentro, Dios, no puede estar fuera. Y la vida puede seguir, con sus miserias y también con sus alegrías pero siempre a nuestro nivel, lejos de esa presencia demasiado poderosa y hasta un poco demasiado cargante, que parece vigilarnos y controlarnos todo el día, todas nuestras acciones. Cuando queremos algo de Dios nos acercamos al templo, hacemos un alto en nuestra vida ordinaria, salimos de ella y entramos en ese otro tiempo y espacio que marca el templo y la presencia de Dios en él.

Pero no siempre fue así. Y, con total seguridad, no es así como lo quiso Dios. Con Jesús las cosas eran diferentes. Habría que recuperar aquellos comienzos cuando Jesús andaba por los caminos de Galilea, saludaba a la gente, se hacía el encontradizo con los más necesitados, curaba a los enfermos y daba de comer a los hambrientos. Jesús caminaba entre ellos sin solemnidades. El Templo y toda su parafernalia litúrgica quedaba lejos. El Evangelio de la solemnidad del Corpus (Lc 9,11b-17) nos recuerda uno de esos momentos, cuando en medio del campo Jesús se vio en la necesidad de dar de comer a la multitud. Nada sagrado hubo allí desde el punto de vista ritual a no ser una pequeña bendición sobre el pan y los peces. Pero se produjo lo más sagrado que puede haber en nuestro mundo: dar de comer al hambriento.

La Eucaristía tiene mucho que ver con esa presencia de Jesús en nuestra vida diaria. La Eucaristía es una celebración en la que debemos celebrar la vida. Y la vida se tiene que convertir en Eucaristía, en acción de gracias por la fraternidad experimentada, en gozo por la presencia del que nos hace hermanos y hermanas, nuestro hermano mayor Jesús, en manos abiertas que se ofrecen a compartir el pan y la vida con todos.

Es tiempo de sacar la Eucaristía a la calle, a la vida. Pero sin alharacas, sin bandas de música, sin festejos. Con la ropa de diario y las preocupaciones más comunes. Creando fraternidad, estrechando manos, compartiendo el pan, construyendo una vida mejor para todos. Ese fue el sueño de Jesús y nosotros lo tenemos que soñar, primero, y hacerlo vida, después.

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