Pasión, sueño, compromiso

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pag10_evangelio_web-3.jpgJunto a la Navidad, la Semana Santa es el otro gran momento de manifestación del cristianismo más popular y folclórico. Este mes de abril está dominado por la Semana Santa, que se celebra prácticamente en su centro, flanqueado en las semanas anteriores por los últimos días de la Cuaresma y en la última semana por la octava de Pascua. Es un tiempo que va mucho más allá de lo folclórico. Y sería una pena que nos quedásemos en la superficie. Al fin y al cabo, de los evangelios se ha dicho que son relato de la pasión con unas introducciones largas, quizá pensadas para conocer mejor al protagonista de ese relato.

Hay que volver, pues, al relato de la Pasión. En cualquiera de los evangelios –este año se leerán el de Mateo el domingo de Ramos y el de Juan, como siempre, el Jueves Santo. Ese es el Evangelio del mes. Porque no hay otra manera de llegar a la resurrección que pasar por la pasión y muerte de Jesús. No vale querer dar el salto. Todo tiene su camino, su proceso.

Pero hay que leer esos últimos momentos de Jesús desde la perspectiva del Reino. La muerte de Jesús no es más que la consecuencia del rechazo por parte de su propio pueblo del anuncio del Reino. El pueblo le abandona porque apenas busca la satisfacción de sus necesidades (milagros, pan, etc.). Los poderosos judíos ven amenazada su posición social. Los romanos quieren gobernar en paz aquel lejano territorio tan pequeño y tan conflictivo. Cada uno tiene sus intereses. Y todos confluyen en que no es un grave problema sacrificar a Jesús para conseguir lo que quieren.

Digo yo que tampoco hay que pensar que ni los romanos ni las autoridades judías se hicieron mucho problema de ajusticiar a Jesús. La vida no valía mucho en aquellos tiempos. Y menos la vida de un judío marginal. Posiblemente la muerte de Jesús no tuvo la relevancia en Jerusalén que se nos hace en nuestra imaginación. Su muerte fue de las olvidadas, de las que nadie recuerda.

Lo bueno fue que unos pocos se acordaron y mantuvieron viva la memoria de aquel inocente, muerto por un sueño de fraternidad, muerto por el Reino. Y que pensaron y creyeron que aquel era el sueño de Dios para la humanidad. Y se comprometieron a seguir soñando ese sueño. Y a difundirlo por todas partes. De aquellos soñadores venimos nosotros.

No hay que abandonar ni despreciar las manifestaciones populares de estos días. Pero sí hay que saber lo que está en su centro, lo que las anima: el compromiso de seguir soñando con Jesús un Reino de justicia y de vida para todos los hombres y mujeres.

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