Nos has alcanzado

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Ilustración: Pepe MontalvaUn grano de mostaza. Un poco de levadura. Así nos dijiste que es el Reino, tan pequeño e insignificante que hay que acostumbrarse a mirar con el corazón limpio de cegueras para reconocerlo. Rodeados de signos que nos señalan su presencia, no acabamos de creérnoslo. Quizá hubiéramos preferido que fuera más espectacular, más grandioso: como los reinos de este mundo, que despliegan todo su poderío para apabullar y deslumbrar. Habituados a demostraciones de fuerza de los poderosos, olvidamos que preferiste lo que pasa desapercibido para sabios y entendidos.

Tu modo de proceder es como el Reino: discreto como un paso inadvertido, sutil como la evidencia del amor. Así fuiste recorriendo todos los caminos, todas las historias. Y así sigue siendo tu presencia resucitada en medio de nosotros.

Es cierto que nos dijeron que estabas muerto, que por fin te tenían donde querían, silenciado bajo pesadas losas de muerte. Nos dijeron que tu voz no se volvería a oír y que tus pasos serían olvidados para siempre. Nos dijeron que el dolor nos haría delirar y ver fantasmas. Se equivocaron. Se equivocaron desde que en aquella primera mañana vimos con nuestros propios ojos que el sepulcro estaba vacío, como vacía ha quedado la muerte de su poder sobre nosotros. Se equivocaron desde que tu presencia resucitada, proclamada a los cuatro vientos, acabó alcanzándolo todo y a todos (Domingo de Pascua).

Nos has alcanzado en nuestras incredulidades y, resucitado, te abres paso en medio de ellas. Y es que a veces necesitamos tocar. Le sucedió a Tomás, que no podía dar crédito a lo que le estaba pasando e insistió en que sólo necesitaba tocarte. Fue entonces cuando se atrevió a expresar su deseo más profundo ante las miradas de aquellos que no comprendían su empeño. Cuando escuchó que tú mismo le pedías que te tocara, hubo tal conmoción en él que le arrancaste una exclamación inaudita: «Señor mío y Dios mío» (II Domingo Pascua).

Nos has alcanzado en nuestras dudas sin afearnos lo que hicimos movidos por el miedo, ni recriminarnos traiciones y abandonos. Tú te plantas en medio de nosotros con palabras que dejan sabor a paz reconciliada, que convocan nuevamente a la fiesta y la alegría, que retoman lo que parecía perdido e irrecuperable. No es tiempo de lamentos que encierran. Es tiempo de certezas cumplidas que convocan nuevamente alrededor de la mesa que has dejado preparada (III Domingo Pascua).

Nos has alcanzado de lleno y cargas sobre ti toda historia hecha jirones, como buen pastor que conoce y se hace cargo. ¿Cómo no ser contigo palabra que pacifica sin contrapartidas, gesto que alivia sin manipulaciones, mesa compartida sin condiciones, fiesta que celebra cada pequeña victoria? ¿Cómo no seguir contigo el paso abierto que tu presencia resucitada estrena para todos? Las preguntas de ahora serán respuestas decididas cuando tu Espíritu nos arroje definitivamente fuera de nosotros mismos (IV Domingo Pascua).

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