La cruz de septiembre

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pag10_evangelio_del_mes_web.jpgPor ahí se encuentra gente que discute si el crucifijo tiene o no que estar presente en las escuelas públicas o en los edificios de la administración. No es cuestión ahora de entrar en esa discusión. Ciertamente, es una muestra de lo mucho que ha estado imbricada –para bien y para mal– nuestra religión católica en la vida pública. Y también es una muestra de que en la cruz se condensa, como símbolo, lo más central de la vida cristiana. Como la media luna identifica al mundo musulmán, la cruz identifica lo cristiano.

Este mes de septiembre está dominado por la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre). Para remachar el tema, al día siguiente se celebra la fiesta de la Virgen de los Dolores. ¿La exaltación del dolor? ¿De la muerte? ¿Del sacrificio sin sentido? Podríamos escribir largas reflexiones en esa dirección, pero posiblemente y centrándonos en el Evangelio, la cruz nos dice cuestiones sencillas y básicas de nuestra fe:

– Para empezar la cruz era la forma de condena a muerte de los últimos, de los que no eran ciudadanos romanos, que era como no ser nadie en aquella sociedad. Que Jesús muera de esa manera ya nos dice algo de la posición social en donde se debería situar la comunidad de los creyentes.

– Pensamos en Dios y se nos van los ojos al cielo. Pero la cruz nos devuelve a la tierra. Elevamos los ojos y nos encontramos con un condenado a muerte. Dios, definitivamente, se sitúa entre los últimos, los desheredados, los condenados. Ese es el significado último de la encarnación. Hasta ahí llegó al despojarse de su rango.

– El signo de la cruz se ha usado en demasiadas batallas. Fue signo de muerte y condenación para los enemigos. Pero eso ha sido una manipulación. La cruz, desde la fe, es signo de vida. Porque el crucificado ¡ha resucitado! No es ni será en ningún caso signo de condenación sino de salvación, “porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.”

– La cruz nos recuerda que no hay pascua sin muerte, sin dolor. El mismo Jesús tuvo que pasar por ese proceso enormemente doloroso. Nosotros no vamos a ser menos. Hoy el Reino pasa por el mismo proceso. Hay que mantener firme la esperanza porque en la cruz se hace presente Dios mismo alentando la vida. Hay que seguir en la brega. No hay que desanimarse.

Hoy la cruz debe seguir presidiendo nuestras celebraciones. Será para nosotros un signo de vida y esperanza. Nos lleva a buscar a Dios entre los que sufren, entre los marginados, entre los últimos. Nos hace compartir su dolor, su soledad y comenzar, desde ahí, a construir un mundo nuevo, el Reino, la Pascua del Resucitado.

La cruz sigue presidiendo nuestras celebraciones.

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