Fin de mes decepcionante

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La buena noticia que se anuncia con la Navidad ha de construirse entre todas las personas y estar abierta a todos los tipos de familia. Diciembre es el mes del Adviento y la Navidad. Los cuatro primeros domingos nos centran en la espera vigilante del Señor que se acerca. Es hora de despertar del sueño. Hay que levantarse y subir al monte del Señor. El texto de Isaías del primer domingo sirve de pórtico impresionante para el mes y para el tiempo: “De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor”.

Los siguientes domingos van subiendo la tensión de la espera. El Señor que viene traerá la paz y la justicia. Aparece en el segundo domingo Juan el Bautista. Sus frases son claras y contundentes: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Es Dios mismo el que se nos acerca. Como dice Isaías en el tercer domingo: “Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona y os salvará”. En el Evangelio, Jesús se proclama, aunque indirectamente, Mesías a los enviados del Bautista. Se ve en sus obras: “Los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio”.

La esperanza se va concretando en el último domingo de Adviento. Dios se hace presente en medio de nosotros y nosotras. Es el hijo de una virgen. Se llama Dios-con-nosotros. No viene a lo poderoso sino humildemente. Se sitúa abajo, cerca de las personas pobres y de quienes sufren. Y nos llena de esperanza. Nos hace levantar la cabeza porque sentimos que se acerca la liberación. Así estamos ya preparados y preparadas para celebrar la Navidad. Para dejar que los villancicos resuenen y sentir la alegría de los y las pobres en nuestro corazón.

Hasta aquí todo bien. Pero algo de decepcionante tiene que termine el mes con la fiesta de la Sagrada Familia. Es una fiesta moderna, inventada como devoción para defender un determinado modelo de familia frente a una modernidad que estaba cambiando el mundo y abriéndose a otras posibles relaciones entre las personas. Una vez más, una parte de la Iglesia se ancla en el pasado y manipula la figura del que siempre estuvo abierto al amor, a la vida, a la relación; del que renunció a su propia familia para abrirse y abrirnos a la familia de los hijos e hijas de Dios; del que no excluyó a nadie. Una fiesta desde la que se quiere excluir a parejas y familias diferentes, por la simple razón de que no coinciden con el modelo de familia que la Iglesia entiende como tradicional. Mejor pensar que el nacimiento de Jesús tiene que ser ocasión para celebrar la familia de Dios, para celebrar el amor y la relación humana allá donde se dé, aunque no coincida exactamente con los cánones tradicionales.

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