Entre el dolor y la vida

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pag10_evangelio_web-10.jpgEste es un mes que desde el punto de vista litúrgico puede tener diversas perspectivas. Habrá quien vea sobre todo la Semana Santa. Domina la primera semana, ya que el mes comienza con el Domingo de Ramos, en muchos lugares más conocido como Domingo de Pasión. Otra se fijarán sobre todo en la Pascua de Resurrección. Y luego estarán los revolvedores de conflictos, que nos querrán convencer de que no son más que las dos caras de la misma moneda.

Pues no. No son dos caras de la misma moneda. En realidad, son dos formas de ver y entender el Evangelio, la historia de fe de la que brota nuestra propia tradición y nuestra misma fe. Para algunas personas parece que todo se queda en ese Viernes Santo de Dolor, con Jesús clavado y muerto en la cruz, con la iglesia llena de crespones negros, con un Sábado Santo en silencio y sin liturgia ninguna, con un tono entre tétrico y de funeral imposible y con un punto de artificialidad. Pero prefieren quedarse ahí y en el mensaje de que Cristo murió por nuestros pecados. Se acentúa la voz al decir los “pecados” y mucho más al hablar de la muerte de Jesús. Importa la sangre, el dolor, las heridas. Interesa que nos pongamos en el lugar de los verdugos. Porque son ellos y ellas quienes crucifican a Jesús con sus pecados. Y su fe se convierte en algo triste y doloroso. Donde hablan sí, del amor de Dios, pero para sentirse eternamente culpables. Como dentro de un laberinto sin salida. O con un único escape: penar continuamente por sus pecados.

Otras personas preferimos fijarnos en el final de la historia. Hacemos memoria de la muerte de Jesús pero por un momento. Vemos ahí reflejada la pasión-amor de Dios por la persona humana, por la justicia, por la fraternidad, por el Reino en definitiva. Y cómo fue todo eso lo que le llevó a la muerte a través del enfrentamiento con los poderes religiosos y civiles de su época. Pero, además, es que sabemos que lo del Viernes Santo es apenas un momento. Un momento precedido por el Jueves Santo, la institución de la Eucaristía, la cena que mejor representa el ideal del Reino, con la familia de Dios reunida en torno a la única mesa. Un momento seguido y abocado a la celebración de la Pascua, de la Resurrección.

Lo de la Resurrección es un misterio, ciertamente. Pero desde la fe en lo humanamente imposible nos abre a la esperanza. Nada hay definitivo en este mundo. Ni siquiera la muerte. Y Dios, de una manera misteriosa y contando con nuestra colaboración, esfuerzo y compromiso conducirá este mundo al Reino. La pequeña semilla brotará. Al celebrar la Pascua de Resurrección sentimos que se renueva en nosotros la esperanza. Y nos animamos a seguir en la lucha. Por el Reino.

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