¿En qué nos queremos convertir?

pag10_evangelio_web-8.jpgLo de Jesús no podía terminar bien. Lo vemos en el itinerario que marcan los evangelios de este mes. Comienzan, domingo 5 de febrero, con Jesús saliendo de la sinagoga y yendo a la casa de uno de sus discípulos (todo un símbolo: deja el lugar de culto y oración y va a una casa ordinaria). Ahí está cerca de la gente, especialmente de quienes sufren. Ahí manifiesta su ternura, si misericordia, su empatía y cercanía con nosotros. Hace curaciones. Expulsa demonios.

Al domingo siguiente, 12 de febrero, vemos a Jesús curar a un leproso. Lo sorprendente es que lo hace tocándole. Es decir, se acerca tanto que se hace él tan impuro como lo era el leproso. Jesús se va alejando cada vez más de la religión oficial, de los socialmente buenos. Cada vez se hace más un marginado, cerca de quienes ya están marginados por el dolor y la enfermedad.

El domingo 19 de febrero marca ya un hito en el camino de Jesús. Vuelve a curar a un enfermo. Esta vez es un paralítico al que los amigos acercan a Jesús bajando su camilla desde el tejado de la casa en la que está Jesús. Pero también están allá los escribas. Y se produce el primer enfrentamiento. No entienden que Jesús cure ni entienden que perdone los pecados. No entienden nada más allá de sus leyes y normas. No entienden a un Dios para el que su mayor gloria es el bien de las personas, de sus hijos e hijas.

Llega en este mes la Cuaresma. El 22 es el miércoles de ceniza. El 26 es el primer domingo de Cuaresma, en el que se lee el evangelio de las tentaciones. La Cuaresma se ha entendido siempre como un tiempo de conversión, de cambio de vida. Pero, ¿a qué nos tenemos que convertir?, ¿en qué tenemos que cambiar? Creo que los domingos anteriores a Cuaresma -sus evangelios- nos dan la clave para este comienzo de Cuaresma, para la conversión de la que siempre tenemos necesidad.

Porque tradicionalmente la Cuaresma se ha entendido como una vuelta hacia nuestro interior: dedicarnos a la revisión personal, al examen de conciencia… Todo para entrar en una vida más religiosa en el sentido más tradicional del término: más oración, más silencio, más meditación, etc. Pero lo cierto es que Jesús vivió una vida muy poco religiosa. La sinagoga no fue su lugar preferido. Tampoco el templo de Jerusalén. La mayor parte de las veces que acudió a esos edificios fue para liarla, para discutir, para refutar los argumentos de los “profesionales” de la religión. Casi siempre se mantuvo al margen, encontrándose con la gente en los caminos y en las casas, cerca de todas las personas, como uno más entre ellas, tendiendo la mano, escuchando, dialogando, amando, acompañando. ¿No será esa la conversión a la que se nos llama?

1 comentario en «¿En qué nos queremos convertir?»

  1. ¿En qué nos queremos convertir?
    «Pero lo cierto es que Jesús vivió una vida muy poco religiosa». No estoy de acuerdo con el comentario que he transcrito. Fue profundamente religioso porque se «encontraba con la gente en los caminos y en las casas, cerca de todas las personas, como uno más entre ellas, tendiendo la mano, escuchando, dialogando, amando, acompañando». Esa fue precisamente la religión que Él nos quiso enseñar. Sacó la religiosidad de los templos y «lugares sagrados» y la introdujo en medio de cada vida. Ese fue su gran revolución. La Eucaristía vivida momento a momento para trasformar la vida en una libertad plena para hacer justicia, con una misma y, por ende, con los que compartimos nuestros momentos. Es estar profundamente Religados a nuestras vidas y a la de los demás.
    Saludos. Amelia

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