portada5.jpgDespués de diez años ejerciendo el sacerdocio, José Antonio Centeno fue ‘reducido’ al estado laical. Como él mismo dice, “disminuido, rebajado, a un estado menos perfecto, el de los laicos” y señala que “la realidad es que, excepto la celebración de la eucaristía en una comunidad fija oficialmente encomendada, experimenté pocas diferencias sustanciales de vida puesto que la administración de sacramentos era siempre lo que menos tiempo ocupaba en mi quehacer diario”. En este sentido afirma que “mi vida, como la de Jesús, nunca ha estado atrapada por el culto, por la sinagoga, sino por la calle, la gente, la convivencia, es decir la vida normal diaria de trabajo, barrio o familia, donde todos somos enviados a anunciar, predicar, construir o desvelar el reino de Dios que está entre nosotros”.

Para este licenciado en Teología anunciar el proyecto de Dios va desde estar presente en diversos colectivos preocupados por la justicia, la solidaridad, los derechos humanos, hasta reunirse periódicamente en un piso cualquiera, en nombre de Jesús, un grupo de personas a leer el Evangelio, a reflexionar, a orar, pasando por participar en comunidades cristianas con creyentes del barrio o de la ciudad, con laicos, sacerdotes o religiosas, de diferentes edades, de mentalidades diversas, célibes o en pareja, pero preocupados por los demás y por una Iglesia más sincera.

Prejubilado ya de su actividad laboral, José Centeno asegura que la tarea ahora es “proclamar la Bienaventuranza de prescindir de lo innecesario, la felicidad que da tener actitudes de paz en las relaciones, o el sentido que tiene la vida de los que están al lado de los que sufren, de los enfermos, de los marginados, de los drogadictos: sentarse a su misma mesa”. Y añade rotundamente que “en tanto no nos preocupemos de las bienaventuranzas, del Magníficat, o del Sermón de la última Cena, ¿qué sentido tiene para la Iglesia discernir los ‘errores teológicos’, en tal o cual teólogo, ‘destronar’ a tal o cual obispo, condenar u oficializar ésta u otra teología?”

Está convencido de que hay que ir dando pasos para superar la Iglesia decimonónica para dar paso a una Iglesia que esté en la realidad del siglo XXI, en el que ha caído la uniformidad, en la que muchos creyentes se encuentran más cerca con no-creyentes que con propios correligionarios. Recuerda que es San Pedro quien dice que se trata de construir con “piedras vivas”, con personas vivas siendo la piedra angular la persona de Jesús. No se trata de “reconstruir” el templo de Jerusalén con todo su esplendor y gloria.

En este sentido, José plantea que “en las pequeñas comunidades en que participo, cuando se decide, celebramos la pasión, muerte y resurrección de Jesús, nos arrepentimos de nuestros errores, nos damos consejos espirituales y materiales o nos consultamos nuestras dudas porque Jesús es nuestra piedra angular y participamos del sacerdocio de Jesús por el bautismo. Ésta es nuestra opción y el sentido de nuestra fe en la Iglesia y en el Reino. Muchos de nosotros colaboramos en parroquias, estamos en organismos diocesanos. Cada uno aporta sus dones, sus saberes, su disponibilidad, su dinero, su capacidad de comunicar, escribir, escuchar u organizar”.

Este vallisoletano, casado, padre de familia vuelve al principio de su testimonio y afirma que “reducido al estado normal de la gente, vivo las inquietudes, la utopía del proyecto de Dios sobre la comunidad humana en la que vivo. Utopía que un día tuve la suerte de recibir en el bautismo y en la ordenación sacerdotal que la Iglesia me dispensó y a la que debo lo que soy y a la que estoy inmensamente agradecido”.