tema_de_portada1.jpgCualquier momento es bueno para reflexionar sobre los temas que nos preocupan como Iglesia doméstica. Pero quizá el mes de marzo, en el que cada año se celebra el Día del Seminario, sea propicio para hacer un alto y pararnos a pensar sobre el presente y el futuro del presbiterio.

Las últimas estadísticas de la Iglesia católica en España, presentadas en el año 2008, nos dicen que en nuestro país hay 23.060 parroquias, en torno a 19.500 sacerdotes y unos 1.500 seminaristas. Otros datos nos ponen de manifiesto que la edad media de los sacerdotes es de 67 años y que hay un 40% que supera los 75 años. Estos números son extrapolables a buena parte de las Iglesias de todo el mundo, especialmente a las de los países del Norte.

No hace falta ser ningún experto en estadística o sociología para darse cuenta de que aquí hay un problema grave, más teniendo en cuanta la progresiva secularización de las sociedades supuestamente más avanzadas. Es un problema ante el que ya no se puede esconder la cabeza, al que hay que hacer frente, porque en pocos años pueden ser miles las comunidades que se queden sin sacerdote para la celebración de la Eucaristía, culmen de la fe en Cristo y fuente de los sacramentos. Todo indica, pues, que es necesaria una reacción ante la falta de presbíteros.

Los cambios no son fáciles para nadie y menos para una ‘societas perfecta’, como se considera la Iglesia, en la que muchas veces el peso de la tradición aplasta la libertad -el mayor don que el ser humano ha recibido de Dios- para discernir en cada momento las necesidades de un pueblo que camina hacia su reino ya aquí en la tierra. En el Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros, del Concilio Vaticano II, en el número 16, que habla sobre el celibato, se dice que éste “no es exigido ciertamente por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y la tradición de las Iglesias orientales”. ¿Por qué tenemos miedo de emprender nuevos caminos? La ley del celibato es eso, una ley, y por lo tanto modificable. ¿Quizá asustan otras sendas que van surgiendo –como el sacerdocio femenino-, ahora mismo clausuradas por la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis, de Juan Pablo II?

No se trata de hacer revoluciones, sino de analizar, dialogar y discernir sobre una cuestión que está encima de la mesa. También en la del Señor.