Foto: Amnistía Internacional/Ricardo Ramírez Arriola«Patria es humanidad, es aquella porción de humanidad que vemos más de cerca y en que nos tocó nacer… por lo que, de modo especial, allí está obligado el hombre a cumplir su deber de humanidad» (José Martí)

Setenta y dos seres humanos, hombres y mujeres, asesinados y abandonados en el desierto, en la frontera de México con los Estados Unidos. No hay novedad. Hace cerca de un año se hizo público el listado de 13.250 migrantes muertos entre los años 1993 y 2009, intentando alcanzar algo del esquivo sol de la prosperidad de la fortaleza europea (United for intercultural Action: 2009). Y también el año pasado se hizo público que miles de migrantes centroamericanos son secuestrados, torturados y asesinados cuando tratan de llegar a los Estados Unidos pasando por el territorio mexicano. Sólo en los primeros seis meses de 2010 más de diez mil secuestros han sido perpetrados, de acuerdo con la Comisión Nacional de Derechos Humanos (México), por parte de bandas organizadas y con el apoyo de las autoridades en los tres niveles de gobierno.

Al norte global lo rodea una grieta de muertos, heridos y mutilados en la ruleta rusa contra sí mismos que los migrantes juegan para alcanzar el sueño de las oportunidades. Periódicamente, los organismos internacionales especializados claman en el desierto de las conciencias del poder por la ya sistemática y estructural violación de los derechos humanos de los migrantes, los nuevos parias de la pretendidamente inevitable economía capitalista neoliberal, en crisis pero aún dolorosamente hegemónica y operante.

El hecho de que este nuevo horror aparezca en suelo mexicano no puede ni debe ocultar la mayor responsabilidad del más poderoso. La política de Estados Unidos de “desplazar” de hecho sus fronteras, amagando la soberanía al condicionar la supuesta “ayuda” económica a los gobiernos de países vecinos como México y Guatemala a su compromiso de detener la migración irregular en sus territorios ha generado verdaderos vía crucis infernales en esos países para los migrantes, quienes sufren ahora abusos, maltratos, robos, violaciones sexuales y aun muerte, a manos de mafias delictuales, “maras”, y de funcionarios corruptos y abusivos, mucho antes de acercarse siquiera a los EE. UU. Procesos que convierten a muchas de las actuales fronteras internacionales en nuevas “tierras de nadie”, ante cuyas violaciones de los derechos y la dignidad humana aparecen “pálidas” aquellas que hicieran famoso al muro de Berlín hace unas décadas, cuando los olvidadizos gobiernos del norte global que hoy día levantan criminales muros eran públicos propagandistas del derecho a circulación y residencia.

¿Es acaso necesario e inevitable que el principio de regulación e institucionalidad sea incompatible con el de humanidad? ¿Está condenada la especie humana a que le sea imposible organizarse sin cometer crímenes contra sí misma? ¿Su desarrollo histórico y de conciencia no ofrece disyuntivas, posibilidades de caminos alternativos? Ningún espacio muestra más descarnadamente el crujir estructural histórico del actual orden mundial, ni pone con más urgencia estos interrogantes en la conciencia humana, que las fronteras. Frente a una humanidad que crece en tanto práctica y conciencia de una sola comunidad de destino, la obsolescencia e inadecuación de estas políticas sólo puede asumir por contrario la forma de la inhumanidad, de la deshumanización.

Ya la sola mención de la palabra da miedo: “frontera”. Los precisos bordes territoriales donde la administración de cada Estado nación se ejerce y el tamiz a través del cual se des-ciudadaniza aquel que entra al territorio de un Estado nación del cual no es nacional y por tanto tampoco ciudadano o menos ciudadano. Lejos de ser lugares de encuentro e integración, aparecen como zonas hostiles para los pobres y excluidos que buscan desesperadamente la inclusión; donde la sospecha y la desconfianza recaen sobre el que llega; donde mafias de traficantes y tratantes de gente esperan a las víctimas de la exclusión para explotarlas laboral o sexualmente o usarlas como “burreros” transportadores de droga; pandillas delictivas, “maras”, los violentan para robarles, o violar sexualmente a las migrantes; bandas de caza migrantes los golpean, entregan a la policía o simplemente los asesinan; y algunos funcionarios o policías los extorsionan, abusan o discriminan; donde mueren de sed en los desiertos, quebrados al caer de muros y rejas, mutilados por trenes en marcha de los que caen extenuados, pisoteados en el tumulto, ahogados en los ríos, o arrojados al mar por los traficantes antes de ser descubiertos por la policía, que puede abandonarlos sin alimentos ni abrigo en plenas pampas andinas, sin alcanzar el suelo ajeno que los medios masivos de comunicación, contradictoriamente, insisten en mostrar como una tierra de oportunidades para todos.

En las grietas de esta inadecuación de las políticas restrictivas, los poderes fácticos del crimen organizado crecen casi inconteniblemente con nocivas influencias en los aparatos públicos a los que tienden a volver corruptos, ilegítimos y débiles, deteriorando al conjunto de la institucionalidad democrática. Es el sórdido, pero rentable, negocio de la desesperación humana. Es el caso en Latinoamérica del turismo sexual y el servicio de burdeles a bases militares, especialmente norteamericanas, muchas veces con la cooperación de éstas, que abren mercados a la prostitución forzada. Y de la emblemática Ciudad Juárez en Chihuahua, México, fronteriza con los Estados Unidos, donde centenares de mujeres jóvenes y pobres han sido brutalmente asesinadas en los últimos años en completa y pública impunidad.
Foto: Amnistía Internacional/Ricardo Ramírez Arriola
Sin embargo, todos éstos han de ser dolores de parto. Las heridas que deja en la piel de la humanidad una política migratoria que le queda cada vez más estrecha y deviene en criminal. En las mismas fronteras internacionales, donde la crisis se muestra más aguda e incontrolable, están también las potencialidades para aportar a la construcción de una nueva, legítima y eficiente regulación. Convertir las fronteras en espacios de encuentro y humanización de los flujos e intercambios migratorios es la única alternativa viable frente a aquellas crecientes amenazas. Pasar de las fronteras a los puentes que faciliten ese proceso es un paso imprescindible. Las alternativas para ello son múltiples y reclaman precisamente una actitud creativa, de elaboración de lo necesario, teniendo como horizonte de futuro la construcción gradual de espacios de integración regional donde las fronteras simplemente desaparecen como límites centrados en el control, para avanzar finalmente al planeta entero como espacio de libre circulación, residencia y trabajo para la humanidad.

Esto que ya está prefigurado y en construcción, aunque enfrentando innumerables obstáculos, es ya no sólo una tarea histórica sino un deber urgente de humanidad.

*27 de agosto de 2010

¡Apoya a las personas migrantes que cruzan México!

Amnistía Internacional ha lanzado una campaña en apoyo a los migrantes centroamericanos que, sin documentación, cruzan México con la esperanza de empezar una nueva vida en Estados Unidos. Por temor a ser expulsados del país, rara vez denuncian los abusos que sufren, lo que tiene como resultado la impunidad de quienes perpetran esos abusos. Amnistía Internacional pide a las autoridades mexicanas que garanticen el acceso a la justicia para los migrantes.

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