El fenómeno migratorio, inherente a las sociedades humanas, ha aumentado y se ha recrudecido en la última década. Ante el aumento de las personas que, desde los países empobrecidos del sur, deciden emprender el viaje hacia una vida que piensan que puede ser mejor, el Norte cierra sus fronteras y desplaza el control migratorio a otros gobiernos. EEUU delega en México y Guatemala el freno a la inmigración latinoamericana. Los países europeos instan a que sean los vecinos africanos quienes controlen la salida de sus ciudadanos e impidan su éxodo. El resultado lo hemos visto en los últimos meses con claridad: menos imágenes de muertos en nuestras fronteras y costas, pero una mayor violencia en la represión de los migrantes. Siguen muriendo, pero mueren en el camino, sin molestar las tranquilas vidas de los ciudadanos occidentales.

Europa “exporta” el control de sus fronteras

Evitar la entrada de inmigrantes “sin papeles” es una prioridad para la Unión Europea. ¿Qué política se está aplicando? ¿Con qué resultados? El control de la entrada de inmigrantes se coordina a escala europea y es objeto de negociaciones con los países vecinos, de manera que la vigilancia de las fronteras se aleja del territorio europeo y se desplaza hacia el Sur y el Este. Los países de origen y de tránsito de las personas migrantes se convierten en guardianes obligados de las fronteras europeas a cambio de contrapartidas económicas o políticas.

El drama humano se aleja de la vista de los ciudadanos europeos, pero lejos de desaparecer, se agrava. El refuerzo de los obstáculos obliga a recurrir a rutas más peligrosas, en los países de origen o de tránsito se han desarrollado multitud de campos de retención, se realizan deportaciones forzadas, la cooperación con los países africanos se instrumentaliza en función de los intereses de la política migratoria europea… y el número de personas que dejan su vida en el intento es cada vez mayor.

(Fuente: Le Monde diplomatique en español)