Mariola López Villanueva, srcjA esta alicantina (Bigastre, 1966) le gusta que cuando le nombran lo hagan citando su segundo apellido, Villanueva, para ‘honrar’ a su madre. Es amable y fácil el diálogo con Mariola López Villanueva, teóloga, profesora de Sagrada Escritura y periodista, quizá porque siguiendo su texto fuerte para la vida (Juan 15) quiere dar el máximo fruto posible. Sonríe cuando afirma que “si las mujeres hiciéramos ‘huelga’ las parroquias se quedaban vacías”, pero se pone seria cuando asegura que “es mucho lo que se pierde la teología cuando se silencia el don de las mujeres”. Le gustaría que nuestra Iglesia aprendiera de Jesús y se dejara “tocar por ellas”, de manera que “estaría mejor y sería más inclusiva, más cercana a la gente, más amable y mucho más humana, con un liderazgo más femenino”.

 ¿Cómo ve Jesús a las mujeres?

 Creo que se sintió especialmente comprendido y amado por ellas, sintonizaron con él en los distintos momentos de su vida. Jesús no sólo dignificó a aquellas mujeres con las que se encontró, sino que algunas de ellas también le mostraron a Jesús nuevos registros y nuevos accesos a Dios.

 ¿Cómo son las mujeres con Él?

 Ellas entran con él en una relación de mayor reciprocidad, no reciben únicamente, también le dan. Jesús lo reconoce y lo agradece. Excepto Herodías y su madre, todas las demás mujeres que aparecen en los evangelios tienen un contacto nutriente y positivo con Jesús; conectan con su sensibilidad, intuyen sus anhelos, son también capaces de encontrarse con él en el silencio, en esa hondura más allá de las palabras.

 ¿María influye en la vida pública de Jesús?

 La pregunta se queda corta. María está en la raíz y en el origen de la vida de Jesús. Es la madre de la que toma sus aprendizajes vitales y su manera de vincularse con ella va a ser clave en su vida, como lo es la de todo niño con su madre. Nuestro primer don es la vida que recibimos, no nos pertenece. Nos reconocemos hijos de nuestros padres y celebramos, al mismo tiempo, que somos mucho más, que compartimos un vínculo aún más hondo, un ‘nacimiento mayor’. Eso es lo que Jesús expresará después: que somos madres, padres, hermanas y hermanos unos para otros, en ese espacio de Dios donde somos gestados constantemente.

 ¿Qué mujeres son ‘clave’ en el quehacer cotidiano del nazareno?

 Me parece que la sabiduría de Jesús en su vida cotidiana emergía de su capacidad de contemplar los rostros, la naturaleza y la vida misma. Cuando queremos identificarnos con Jesús estamos acostumbrados a contemplarle dando: su tiempo, su afecto, su presencia sanadora, entregando palabras de consuelo y de ánimo; denunciando las injusticias…y todo eso era una realidad muy potente en su vida; pero nos hace bien contemplarle también recibiendo, en ese intercambio mutuo de saberes y de dones que él tuvo con algunas mujeres. Cada relación fue significativa, pero si tengo que elegir tomo a cuatro de ellas:

La mujer extranjera y pagana que le ensanchó su misión. Esta mujer cananea le descubrirá a Jesús, con una dignidad y humildad impresionantes, hasta donde iba a dilatarse la fecundidad de su vida entregada. Marta y María, que le expresan abiertamente su amistad y hacen con Jesús lo que luego él hará con sus discípulos en el momento de su despedida: le sirven la mesa y le lavan los pies. Jesús se dejó hacer, para poder hacerlo con otros y ha querido tomar gestos de mujeres para hacer memoria de su vida. Y, por último, aquella viuda pobre que le enseñará cómo entregar todo lo que necesitaba para vivir.

 ¿Las mujeres son, ayer y hoy, las más fieles seguidoras de Jesús?

 Muchas veces he comentado con amigas que si las mujeres decidiéramos un día hacer ‘huelga’ las parroquias se quedaban vacías en las celebraciones eucarísticas y en las acciones sociales. Da alegría ver el incremento de mujeres, religiosas y laicas, en el estudio de la teología y su modo vital y fresco de nombrar a Dios, que ya no está “sólo en la cabeza” sino que late a través de todos los registros de la vida.
Mariola López Villanueva, srcj

 ¿Qué aportan las mujeres a la teología?

 Es mucho lo que se pierde la teología cuando se silencia el don de las mujeres. Creo que ellas devuelven a la teología aquello que le era propio en los tiempos de los primeros padres y madres de la Iglesia, no era sólo saber sino también sabiduría, no era sólo un conocimiento intelectual sino una aproximación por experiencia, desde el umbral del corazón… sin dejar ningún registro de lo humano fuera del quehacer teológico. Son cada vez más las mujeres que despliegan una teología vital, más integradora, que se elabora tanto en el despacho como en el contacto con la calle; una teología ungida que muestra su complicidad con los ciclos que favorecen la vida. Las mujeres nos enseñan a hacer de la colaboración, la interdependencia, el diálogo y la apertura a las diversas culturas y tradiciones espirituales, maneras nuevas y necesarias de situarnos en el mundo.

Miedo a lo nuevo

 ¿Hay miedo en la Iglesia a que la mujer ocupe un lugar igualitario en un organigrama absolutamente masculino?

 Creo que claramente sí, y es un miedo que no deja emerger lo nuevo. Decía Isabel Guerrero, una chilena que lidera el Banco Mundial para el sur de Asia: “falta un liderazgo más femenino. El mundo estará mejor cuando los líderes se sientan mejor con su parte femenina, esa que siempre mira a todo el grupo, si alguien se ha rezagado, si se han escuchado todas las voces…”.
Creo que la Iglesia también estaría mejor, y sería más inclusiva, más cercana a la gente, más amable y mucho más humana, con un liderazgo más femenino. A pesar de que los vientos no son favorables, podemos reconocer claramente la presencia del Espíritu en la vida de las mujeres en la Iglesia, en sus tareas por la paz y la justicia, en los aportes del ecofeminismo al trabajo por la integridad de la creación.

Me gustaría responder también a esta pregunta con un icono: el del abrazo entre María e Isabel. Estas mujeres expresan la necesidad que tenemos de diálogo en todas las vertientes de la vida. Ellas nos conducen a agradecer la capacidad femenina, que hombres y mujeres tenemos de transparentar el Misterio. Se me asemeja esta visitación a la que podrían hacer el ánima y el ánimus que hay en cada uno de nosotros y también poder alumbrar lo mejor del ánima que tiene el hombre. Dice un proverbio africano que “donde hay un sueño hay un camino”. ¿Podemos soñar juntos, hombres y mujeres, cómo continuar dando a luz a Dios en nuestro mundo tan amado y herido, cómo alentar al unísono para dejar emerger su Presencia?

 Hay que seguir aprendiendo.

 Ojalá nuestra Iglesia aprendiera de Jesús, se dejara también “tocar por ellas” y pudiera abrirse en esta hora, sin miedo, a las mediaciones femeninas; al aporte imprescindible de tantas mujeres; a su impulso creador y a sus posibilidades inéditas. Me pregunto cómo se transformaría su rostro si así fuera.