253portada2.jpgComo bien señalaban los convocantes a la manifestación contra la pobreza celebrada el viernes 17 de octubre, para cientos de millones de personas de nuestro planeta la crisis es un fenómeno crónico que padecen desde que vinieron a la existencia. No merece otra calificación el hecho de que casi la mitad de la población mundial tenga que subsistir con un par de euros al día. Pero cuando en estos últimos meses oímos hablar de “crisis económica” nos estamos refiriendo a otra: a la nuestra.

Curiosamente, en el origen de la presente crisis financiera se encuentra la decisión de los gobiernos –en particular del norteamericano- de mantener bajos los tipos de interés, es decir, el “alquiler” que pagamos por usar durante un tiempo unos recursos que no son nuestros. Los responsables económicos esperaban que unos créditos baratos alentaran la inversión (y, en consecuencia, el empleo) y estimularan el consumo (hay que dar salida a lo que se produce). Esta política ha tenido consecuencias no deseadas, sobre todo en Estados Unidos. Por una parte, los ahorradores, al ver que los bancos no les daban “ni para pipas”, buscaron alternativas para sacar partido a su dinero y encontraron en la bolsa y en la compra de viviendas –el “ladrillo” como dicen en mi barrio- dos espacios donde los precios subían mucho más que la producción, la inflación o los beneficios de cualquier negocio productivo. Por otra parte, los bancos que disponían de recursos abundantes, empezaron a conceder créditos de un modo casi temerario: a personas sin empleo estable, con bajos ingresos, sin bienes de garantía, por mayor cuantía que el precio de compra de la vivienda, etc. Ellos mismos se dedicaron a la inversión en activos con riesgo. No faltaron, por último, los avispados que, dándose cuenta de que se podían hacer grandes negocios a corto plazo, pidieron prestado créditos muy baratos para invertir en los mercados ascendentes (que son muchos y muy complejos, como los de futuros, opciones, swaps, etc.). A este juego, consistente en intentar hacer ganancias rápidas con poco dinero propio y mucho ajeno, se llama en la jerga de los economistas “practicar el apalancamiento”.

Reducir el riego

Dos mecanismos utilizaron los bancos norteamericanos para reducir el riesgo que corrían: confiar en que el aumento del precio de la vivienda superara en poco tiempo el valor de las hipotecas concedidas y hacer paquetes con dichas hipotecas, mezclando las de menor y mayor riesgo para vendérselas a bancos de inversión que, a su vez, las revendieron a otros bancos del resto del mundo. Por lo demás, las agencias de evaluación del riesgo consideraron poco elevado el de estos fondos.

Cuando la subida de los tipos de interés en USA, como aquí en España, y el aumento del paro hizo imposible el pago de las cuotas mensuales a los clientes más débiles, el aumento de la morosidad colocó a los bancos en una situación límite: tenían que cubrir los impagados, empezaban a acumular viviendas que nadie compraba y los precios de las mismas –que se habían duplicado en los últimos 10 años- cayeron más de un 20% en un año. Para colmo, los paquetes de hipotecas vendidos masivamente en el mercado global perdieron gran parte de su valor ante la incertidumbre del posible cobro y colocaron a muchos de sus propietarios en números rojos. Si al panorama descrito le añadimos que las entidades financieras (bancos, aseguradoras, agencias de inversión, etc) se encuentran entrelazadas por innumerables préstamos mutuos y que operan con un dinero que no es suyo sino de los clientes que depositan en ellas sus ahorros, nos daremos cuenta de la magnitud de la crisis por efecto del “contagio” entre entidades y bolsas, que ha llegado a ser “mundial” porque la interdependencia es hoy global.

Los gobiernos actores

La situación muy someramente descrita colocó a los gobiernos ante una difícil disyuntiva. Si permitían que las entidades con mayores dificultades fueran a la quiebra por haber realizado una gestión temeraria, podría producirse un encadenamiento masivo de liquidaciones de negocios que afectaría a un incontable número de ciudadanos y empresas cuyo comportamiento no había tenido nada de especulativo o incorrecto. Esta alternativa nos situaba ante un escenario parecido al de la Gran Depresión de los años 30, de infausto recuerdo. Por el contrario, salir en rescate de los grandes bancos y aseguradoras entrañaba lo que se conoce como doble “riesgo moral”. El primero consiste en que los políticos estarían alentando el comportamiento imprudente de los agentes económicos porque éstos concluirían que, si las cosas salían bien, los beneficios para ellas y sus clientes más selectos serían extraordinarios y, si salían mal, las autoridades correrían con las pérdidas. El segundo se refiere al hecho de que quienes han amasado cuantiosas fortunas durante estos últimos ocho años son unos (pocos) y quienes van a tener que cargar con el peso de las pérdidas son otros -el conjunto de los ciudadanos (muchos)- ya que los recursos que los gobiernos dediquen a sanear a las entidades financieras (muchas de ellas con dificultades que no son de su exclusiva responsabilidad), no podrán emplearse en mejorar las infraestructuras, los servicios públicos, la seguridad social, la ayuda al desarrollo, etc.

Como tuve el placer de escuchar hace poco a un especialista –Ángel Vilariño- lo novedoso de esta crisis financiera respecto a la de la deuda externa del Sur de los años 80 o a la de las economías emergentes de los años 90, es que ha saltado en la cara de los “economistas listos” de los “países desarrollados” y que ha alcanzado una dimensión verdaderamente “global”. Y, como “no hay mal que por bien no venga”, pudiera ocurrir que esta desgracia –que va a tener largas consecuencias en el empleo, los ingresos y el bienestar de millones de familias- obligara a todos los gobiernos a buscar una redefinición de las reglas e instituciones financieras internacionales que tuviera en cuenta el verdadero bien común de la humanidad, tanto del Norte como del Sur. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria y financiera pone de relieve la tendencia intrínseca del capitalismo a incentivar la búsqueda de los mayores beneficios en el menor tiempo posible sin tomar en consideración los efectos colaterales –sociales y ambientales- que puedan desencadenarse. En el recurrente debate liberalización-regulación, la experiencia presente aboga por la necesidad de que los poderes públicos limiten aquellas actuaciones que poseen un potencial poder de “destrucción masiva”, aunque los más ricos protesten por ver constreñida su sagrada libertad de actuación.

Aprovechar la crisis

La crisis podría ser la ocasión de poner sobre el tapete cuestiones de justicia global, que nadie parecía interesado en tratar hasta ahora, como los paraísos fiscales (el G-40 ladrones como algunos señalan), la imposición internacional antiespeculativa (p.e. la Tasa Tobin) o las normas laborales universales (a aplicar especialmente por parte de las Empresas Transnacionales). No parece claro que las grandes economías en desarrollo (China, India, Brasil, Corea…) vayan a conformarse con aceptar pasivamente lo que deseen Estados Unidos y las demás naciones económicamente avanzadas y, menos, cuando tienen un poder económico creciente. Ojalá que, en una negociación verdaderamente multilateral, no sean obviadas tampoco las necesidades extremas de las naciones del “Club de la Miseria” (en denominación de Paul Collier). Ellos no pueden especular sino con sus posibilidades de supervivencia física. Sólo falta que no lleguen a Lázaro ni las migajas de los opulentos que pelean en la mesa por cada plato.