Javier Barbero en el despacho de su concejalía en Madrid. Javier Barbero nos cita en la sede de la concejalía de Salud, Seguridad y Emergencias. Un edificio oficial en el madrileño distrito de Chamartín. A la llegada hay que esperar un poco en el mostrador de registro: un funcionario atiende a un joven que está presentando una instancia. Parece que ha tenido algún problema personal y está pendiente de una respuesta para su caso. “Hasta luego y, ¡ojalá se solucione!”, le despide el funcionario. Sorprende escuchar esas palabras de un servidor público en un mostrador de la gran ciudad. ¿Será un signo de que están cambiando las cosas? ¿Una casualidad? ¿Señal de una forma más humana de entender lo público? Difícil saberlo, pero con esa primera impresión subimos al despacho del concejal.

Psicólogo clínico y miembro del comité de bioética en el Hospital de La Paz, tiene a sus espaldas una trayectoria de compromiso social muy rica y diversa. En su currículum figura incluso el haber sido autor de un folleto alandar –titulado Cárcel y Sida– que lleva más de una década agotado. Una fe cristiana que siempre le ha impulsado a la acción y que ahora le ha llevado hasta la política.

Puso en marcha con Caritas la primera Casa de Acogida para Enfermos de Sida, ha participado en cooperativas y proyectos, dio apoyo a la Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI) en Guatemala. Su trayectoria parte más bien de la solidaridad y el compromiso.

Mi trayectoria ha sido una visión de lo social que me ha llevado a lo político. Creo que la vivencia y la expresión de los social desde lo sanitario me da una determinada legitimidad que ha hecho que también la comunidad expresara que valía la pena dar el salto a lo más estrictamente político.

¿Y de dónde viene esa legitimidad?

Una legitimidad que viene de estar en contacto con el sufrimiento de las personas. En la bioética hay un principio básico que es el principio de justicia, que tiene que ver con una redistribución de los bienes adecuada. Es decir, que no es solamente práctica clínica de toma de decisiones sobre personas, sino también de utilización de recursos limitados. Siempre mi trabajo clínico, de intervención psicosocial, ha estado muy centrado en valores y en la reflexión sobre valores y es esa propia reflexión la que me pide el entrar en la política.

¿Es la persona cristiana un ser político por naturaleza?

Sí, no puede ser de otra manera porque ser humano en su propia naturaleza es un ser político. De hecho, Aristóteles enunciaba al ser humano como zoon politikón, es decir, como animal político, como animal que habita la polis. Y el cristiano no puede no ser comunitario, es un hombre que habita la comunidad y que crea la comunidad. No podemos dejar de tener dimensión política, es decir, dimensión ciudadana, pública… Otra cosa es si esa expresión de tu vida pública comunitaria ha de ser más explícita o menos explícita, pero el creyente no puede no ser político.

¿Se entiende, entonces, como una misión comunitaria?

Normalmente, en el discernimiento comunitario la comunidad envía y el creyente se siente enviado a un tipo de práctica concreta. Hemos diluido mucho esa percepción de la comunidad como alguien que envía, pero creo que es algo a recuperar. Del mismo modo, en el entramado político en que los cristianos y los ciudadanos nos movemos, también es la propia comunidad –el partido, la asociación…– la que envía y avala. ¿Qué son unas primarias sino una comunidad que avala a determinados sujetos para una determinada función? Yo no tenía ningún interés especial por estar, pero los compañeros me eligieron y me dijeron “Venga, por qué no te presentas”. Es más, yo pensaba que no iba a salir porque estaba en el número 18 y todas las encuestas hablaban de 15 o 16 concejales. En ese sentido tengo una cierta percepción de envío, con lo cual tengo unas responsabilidades con ellos, no es una responsabilidad estrictamente individual.

La política real que hoy vivimos, ¿responde a ese tipo de vocación y envío?

La expresión política desde los partidos está muy desprestigiada porque se ha hecho una utilización privada y particular de la política, cuando la política nace para la polis, para la comunidad. En ese sentido, parece que no cuadra que el seguimiento del Evangelio tenga que tener necesariamente una expresión dentro de los partidos. Y yo creo que eso es una equivocación, porque supone dejar únicamente a los partidos de derechas la posibilidad de ser una expresión de la fe, lo cual me parece que es absolutamente reduccionista.

¿Por qué se tiende a hacer esa asociación de “derechas-cristianos”?

Tenemos una historia en la que, durante más de 40 años, lo católico fue asociado a una dictadura. Por otra parte, casos como -por ejemplo- Juan Pablo II, cuya imagen de castigo a Ernesto Cardenal aún recuerdo: él de rodillas y el papa señalándole como diciendo “¡Por qué te has metido en política!” cuando, en principio, los cristianos en la vida pública podemos militar en el partido que sea siempre y cuando responda mínimamente a determinados valores evangélicos. Y, desde luego, para mí responde mucho más Ahora Madrid que otras opciones, sin duda alguna.

En este sentido, ¿cuáles son las raíces personales de su vocación política?

Esa vocación comunitaria y la idea de servicio, que para mí es central. Yo estoy ahora de concejal como un servicio a la comunidad, esa es la fuente. Yo no estoy para hacer carrera política, ni política partidista sino que estoy para hacer un servicio y cuando termine me vuelvo a mi trabajo y “a correr”.

Se entiende, por tanto, como una misión temporal.

Es un servicio que haré según me lo vaya pidiendo la comunidad. Luego vendrá gente más joven que tire de esto, sin problema. Además, tengo una enorme ventaja, que es que me gusta mucho mi trabajo anterior y tengo plaza, con lo cual volvería al hospital.

¿Tiene esta responsabilidad política también una parte de renuncia?

En mi caso sí, porque mi trabajo es muy bonito, yo me sentía muy feliz haciéndolo y, además, tenía muy buena consideración externa, muy buena valoración profesional. Pero también esto tiene un punto de reto, yo no estoy aquí sufriendo sino por opción.

Javier Barbero fue autor del folleto alandar Dentro de estos retos que se le presentan en Madrid, ¿qué realidades de sufrimiento señalaría hoy Jesús?

Yo creo que hay muchas. En el Madrid actual una de las cosas más claras es la población que vive en El Gallinero y en La Cañada Real. Son lugares que he visitado y he estado con la gente que lleva mucho tiempo trabajando allí y estamos preguntándonos cómo activar cosas para intentar poner algún tipo de solución. Hay zonas que están a doce kilómetros de aquí con una enorme marginalidad y exclusión donde no podemos mirar para otro lado. Luego, también hay una experiencia importante de sufrimiento en los parados. Los parados de larga duración es una sensación de inutilidad social, de no tener un lugar, muy dura. Y también donde yo percibo que se puede poner el acento es en todos aquellos malos tratos que se producen en el ámbito de lo privado y de lo íntimo pero en los que, por una mala manera de entender lo privado y lo íntimo, miramos hacia otro lado. Por ejemplo, los malos tratos a los mayores, que son silenciados porque, normalmente, los produce la gente a la que les toca cuidar que normalmente son tus hijos o tus nueras o tus yernos. La persona mayor difícilmente explicita ese problema. Pero el eje sigue siendo el de siempre, la experiencia de sufrimiento evitable.

¿Confía en que estar en este puesto le ayude a luchar frente a estas realidades?

Te da herramientas. Cuando tú decides que los llamados “antidisturbios” no van a los desahucios, tienes herramientas. O cuando tú decides activar el protocolo que tiene que ver con salud en temas relacionados con El Gallinero, puedes hacer cosas. Es encontrarte con que puedes disponer del poder de una determinada manera. Yo ahora estoy en el lugar del poder, en la parte del poder pequeñita que me toca.

En ese ejercicio político, ¿cuál es el papel de la honestidad?

La honestidad es central. Uno se pregunta qué tiene que hacer para que no te pase lo de Rajoy cuando dijo hace un mes que “¿quién habla ahora de paro en este país?”. Con cuatro millones y medio de parados, algo pasa. Una de las cosas que te pasan es que probablemente te rodeas de gente que es incapaz de llevarte la contraria y entonces entras en una especie de bucle. Uno ha de tener cuidado para que el poder no le fagocite. Hay que estar muy atentos y necesitamos elementos correctores que impidan que el poder nos coma la parte ética. Rodearte de gente que no te dice “sí, bwana” y, sobre todo, escuchar, escuchar y escuchar. Y no solo a los que quieres oír. La honestidad también supone ponerte en contacto con la realidad que es distinta o con gente que tiene una visión de la realidad que es distinta a la tuya. Manuela lo llama gobernar escuchando.

Entonces, ¿hay sitio para un cristiano en el ayuntamiento de Manuela Carmena?

Este gobierno es un gobierno plural. Además creo que no pasa nada con que explicitemos nuestra fe, porque eso habla de la pluralidad. A Manuela los presos la conocían como la jueza que daba la mano, porque cuando llegaba un detenido a hablar con ella pedía que le quitaran las esposas, le daba la mano y le invitaba a sentarse. Un ligero matiz. Yo conocí a Manuela cuando yo estaba acompañando a un chaval con sida. Fui a verla porque había muerto este chico en prisión y lo iban a enterrar estando su padre preso y su novia presa. Y me dije: “No puede ser que al entierro de este chico no puedan venir ni su padre ni su hermana”. Me fui a hablar con la juez de vigilancia, que era ella. Se sentó y me dijo: “¿Qué quiere usted?”. Se lo conté y su respuesta fue: “Faltaría más”. Y a partir de ahí nos fuimos conociendo, nos hicimos amigos. Me llamaba y me decía: “Oye, que tengo a Fulanito que está hecho polvo en el hospital penitenciario, que no para de mandarme escritos, a ver cómo se le puede ayudar a este muchacho”… Y yo iba a verle. La amistad entre Manuela y yo vino porque había rostros para los que decidimos ni ella ni yo ser indiferentes. Y ese es el lío por el que ella está ahí y yo estoy aquí.

Y, aunque todavía no se han cumplido ni 100 días de estar en el Ayuntamiento de Madrid, ¿cómo está siendo la experiencia?

Muy positiva y muy novedosa por un lado. Saber que tienes mil zancadillas pero diez mil apoyos. Por ejemplo, una de las cuestiones muy hermosas con las que me he encontrado son magníficos funcionarios que hacen muy bien su trabajo, que en cuanto se sienten escuchados se ponen al servicio de lo que haya que hacer.
Tal vez como ese funcionario amable que nos hemos encontrado en la entrada…

¿Hay cauces para que se dé esta humanización de lo público?

Sí, en el fondo es eso, una humanización. A mí dentro de cuatro años lo que me gustaría es que Madrid fuera enunciada fundamentalmente como la ciudad de los cuidados. Donde a ti se te cuida cuando vas a una ventanilla y se te dice “ojalá se pueda solucionar”. Donde el policía, cuando te tenga que sancionar, porque no haya otro remedio, lo haga de tal manera que tú no sientas que pierdes la dignidad.

¿Qué hay que poner en marcha para conseguir eso?

Formación, algunos programas en concreto que hablen de estas cosas y que le pongan un nombre a todo eso. Pero sobre todo es muy importante que los políticos modelemos una manera de estar.