Democratizar la democracia

Una manifestante en Río de Janeiro reclama una democracia que no esté disfrazada. En Brasil, la presidenta de la República firmó un decreto creando la “Política Nacional de Participación Social”. La Constitución Brasileña declara que “todo poder emana del pueblo, que lo ejerce, sea a través de representantes elegidos, sea de forma directa por medios que la Constitución debe prever”. La iniciativa del Gobierno brasileño fue solo organizar lo que está previsto en la constitución. En las marchas que, en junio de 2013, reunieron a millones de personas en diversas ciudades brasileñas, las manifestaciones populares pidieron -entre otras cosas- un diálogo nuevo entre Estado y población civil. Eso fue una de las reivindicaciones de la juventud en diversos países. Aquí y allí, la sociedad civil siente que la distancia entre gobierno y pueblo está aumentando. También queda cada vez más claro que capitalismo y democracia son caminos opuestos. O la democracia relativiza la dictadura del mercado “absolutizado” como ídolo o el capitalismo hace de la democracia una ficción como un set cinematográfico donde las cosas parecen ser, pero no lo son.

En la realidad actual brasileña, la prensa y congresistas conservadores acusan a la presidenta de la República de intentar “sovietizar” o “bolivarianizar” el Brasil, lo que para ellos sería un crimen o un peligro a ser evitado.

Las comunidades y movimientos sociales saben que, de hecho, el objetivo del decreto presidencial es ser un instrumento a través del cual los grupos y organizaciones sociales puedan participar de las decisiones políticas y ejercer la plena ciudadanía. Eso uniría más Estado y sociedad civil. El texto del decreto declara que hay que “fortalecer y articular los mecanismos e instancias democráticas de diálogo y la actuación conjunta entre la administración federal y la sociedad civil”.

Los sectores sociales que se movilizan en contra de este decreto siempre han luchado por la manutención de sus privilegios de élite. En el tiempo de la dictadura militar brasileña, esos conglomerados de comunicación, propiedades de gente de la élite, así como los partidos políticos de derecha sostenían el Estado de excepción, favorecían la censura a las libertades civiles, eran conniventes con las prisiones arbitrarias e, incluso, con la tortura y asesinatos de adversarios políticos cometidos por paramilitares. Ahora manifiestan su desesperación al ver a la sociedad civil más organizada y con instrumentos de participación en los destinos del país. Es función de toda la ciudadanía valorar sus derechos civiles y difundir la verdad, tanto en los grupos de base como en la familia y entre el círculo de personas más cercanas.

Sin duda, esto que ocurre en Brasil, de otras formas y con otras expresiones, es un camino nuevo propuesto para la fragilidad de las democracias actuales: conjugar la democracia parlamentaria que existe oficialmente con el ejercicio de una democracia participativa directa en la cual la ciudadanía acepta ser representada pero no sustituida como sujeto político por los parlamentarios y parlamentarias elegidos.

Para las comunidades cristianas, la palabra “participación social” es la que traduce mejor el término griego: koinonia, que aparece algunas veces en el evangelio de Juan y en Pablo. En las Iglesias, ese término se ha traducido por comunión. Crear la plena comunión, o sea, la efectiva participación social, tanto en las Iglesias, como en la sociedad, en el Estado, es un proyecto divino revelado en la Biblia y en otros libros sagrados de diversas tradiciones espirituales antiguas.

En el cristianismo, cada Iglesia debería ser un espacio de igualdad y participación social como un ensayo de un mundo nuevo. Parece increíble, pero lo que sería de esperar es que una persona cualquiera, al ver cómo una Iglesia cristiana se organiza y cómo es el diálogo interno entre sus miembros, dijera: así yo quiero que, de forma laica y autónoma, sea la organización de mi país y del mundo. Está claro que eso es un sueño y, por el momento, aún muy lejano de ser realidad. Pero no podemos olvidar esa profecía. Dios quiere una unidad participativa de todo ser humano en todos los niveles de la vida. Pablo escribió a los cristianos de Corinto: “A través de Jesús Cristo, Dios nos ha llamado a la comunión, o sea, a la plena participación social”(1 Cor 1, 9).

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