alandar270_temadeportada1.jpgEntramos en septiembre y con él queda aparcada la cierta ‘ficción’ en la que solemos convertir las vacaciones, bien porque ‘ajetreamos’ el tiempo, o bien porque lo ‘ralentizamos’, dando la sensación de que nada sucede más allá de nuestra nariz. También es posible que haya sido un tiempo en el que nos resulta más fácil reconocer los signos de la presencia de Dios en el mundo que nos rodea, con un mayor recogimiento espiritual o un acercamiento a los más débiles, como decíamos en el número de junio. Pero al final es verdad que la realidad es tozuda y sigue ahí con las evidencias de la crisis, el desempleo, la violencia de género, la injusticia social, la corrupción, las guerras, la discriminación de todo tipo y en todos los ámbitos… Por ello, y aunque suene a tópico, es el momento de retomar el compromiso, el esfuerzo y la lucha en aquello que a cada cual le dicta su conciencia, desde la Palabra de Jesús, para llegar a la utopía que muchos creemos posible.

No es un recorrido fácil, todos lo sabemos, porque muchas veces lo habremos iniciado y otras tantas lo hemos abandonado por pereza, cansancio, incomprensión o frustración. Pero ello no debe ser obstáculo para volver a prestar atención a las inquietudes, que hay quien dice que es el comienzo de los sueños y éstos el principio del cambio de una realidad que no nos gusta.
Parece evidente, aunque tal vez las voces no suenan tan fuertes como creemos, que somos muchas y muchos los que reconocemos que la mujer no ocupa el lugar que debe tener en la Iglesia. Por mucho que trate de justificarse esa discriminación, la misma no tiene justificación. Hombre y mujer fuimos creados por Dios a imagen y semejanza suya. Jesús expresa en su vida pública que todos somos madres, padres, hermanas y hermanos de unos para con otros. Pablo no es precisamente un ‘feminista’, pero en Gal. 3,28 afirma con rotundidad: “Ya no hay diferencia entre quien es judío y quien griego, entre quien es esclavo y quien es libre; no se hace diferencia entre hombre y mujer”. A lo largo de todo el Evangelio vemos como Jesús dignifica a todas las mujeres con las que se va encontrado.

Creemos que hay que plantearse de una vez si las estructuras heredadas son las que mejor responden al tiempo que nos toca vivir. La presencia de la mujer en el espacio público, ya sea político, empresarial o cultural, es cada día más evidente ¿Por qué en la Iglesia no puede ser semejante? No hay una respuesta convincente. ¿Es una cuestión de poder? ¿Es un asunto de miedo? Creemos que sí, de ambas cosas a la vez.

Dejemos a un lado el temor porque, aunque Dios se manifieste de modos diferentes, en el diálogo, en la integración, en la escucha, en la acogida, en la búsqueda, en el acompañamiento… de lo femenino y lo masculino se llegará a la totalidad del ser humano. Dejemos que la fuerza del Espíritu realice en nosotros, hombres y mujeres, su obra divina aquí en la tierra