portada2c.jpgSe acerca el verano, se acerca junio, ¡ya no puedo esperar más para ir de campamento! Cada año voy contando los días para que llegue, aunque antes hay que pasar por los exámenes de junio (y ahora con el plan Bolonia, ¡por los de julio!), pero cuando todo eso acabe, por fin, podré hacer la mochila, coger el saco de dormir y subirme al autobús con los chavales rumbo a la sierra.

Cada año es diferente, un sitio distinto, niveles diversos de edad, temáticas originales… pero en todas las experiencias que he tenido de campamentos y colonias hay una línea en común: disfrutar de la vida intensamente.

Estas experiencias se proponen como cierre del curso con los grupos de niños, niñas y jóvenes que han participado en un proceso de crecimiento en la fe a través de grupos de educación en el tiempo libre. Hay por ahí muchos tipos de campamentos: de inglés, de baloncesto… ¡incluso de cine! Pero el denominador común de este tipo de experiencias, cuando están vinculadas a grupos de crecimiento cristiano es que, en ellos, no se persigue ningún rendimiento académico. Aquí no se prima la competitividad, sino la convivencia, el compartir y la ayuda mutua.

Desde días antes de que comience, habrá animadores y animadoras que se desplacen al lugar donde se celebrará el campamento para ir plantando las tiendas, avanzando en la construcción de las letrinas, comprando los materiales, reciclando materiales de otros años, preparando las actividades que hemos estado planificando en un montón de reuniones a lo largo del curso… Casi todo estará listo para cuando cincuenta o sesenta “locos” de 12 y 13 años lleguen allí.

Los más pequeños irán a una casa de colonias, donde es más fácil para ellos acercarse a la primera experiencia de “campamento”. Los mayores de últimos cursos de E.S.O y Bachillerato harán el Camino de Santiago o distintas propuestas de Campo de trabajo. Pero con los chavales que están iniciando la adolescencia llega el tiempo de disfrutar en el campamento puro y duro: gymkhanas, rutas por el monte, talleres de manualidades, teatro, deportes cooperativos… El programa también suele incluir momentos de reflexión y autoconocimiento pero, sobre todo, momentos para la convivencia, para conocerse y crear lazos que (por experiencia) pervivirán durante años y años.

Se transmiten valores como el compartir, la igualdad, la justicia, el respeto por los demás y por la naturaleza, la autoestima… Muchas cosas que no se aprenden siempre en el ‘cole’, pero que en el campamento se quedan grabadas.

Los chicos y chicas aprenden a raudales durante esos diez días, es fascinante ver cómo maduran y se vuelven más autónomos. También los hay rebeldes y que se portan francamente mal, pero el campamento es, en estos casos concretos, una oportunidad para trabajar con ellos intensamente y expresarles un amor incondicional que, sin embargo va unido también con la disciplina.

En el equipo de animadores, a veces surgen rencillas o problemas, no es fácil sobrellevar ciertas situaciones –al fin y al cabo, nosotros también estamos madurando, igual que los chavales. Aunque siempre se intenta buscar soluciones desde el trabajo en equipo y el diálogo.

Tal y como decía el texto escrito por un compañero, que leí hace poco, en un boletín de la asociación: “En el campamento de verano, a través del testimonio de los animadores más veteranos, descubrí qué era dar la vida por los amigos. Todas esas horas dedicadas a organizar y animar las actividades para que los niños y niñas pudieran enriquecerse con la amistad y aprendieran a respetar, sobre todo a los más necesitados. Todo ello mostraba el amor incondicional”.

Desde ese amor incondicional y con muchas, muchas ganas de diversión, preparo mi maleta y me dispongo a disfrutar, un año más, del campamento.