Foto: Axess Programme on Journalism and Democracy.El año que termina ha sido un tiempo de celebraciones para África: 17 de sus 53 países han recordado en 2010 que ya ha transcurrido medio siglo desde que lograron independizarse de las metrópolis europeas. Si comparamos esta cifra con los 200 años que han transcurrido de las independencias latinoamericanas, circunstancia que también hemos recordado en alandar, concluiremos que el “continente olvidado” no es más que un bebé que acaba de aprender a dar sus primeros pasos en solitario. Este aniversario no puede ocultar que la historia de África no se reduce al tiempo de colonización. Los siglos anteriores aún quedan por reivindicar.

En este número de nuestra revista nos hemos acordado de una tierra rica y olvidada en la que viven, nacen y mueren 1.000 millones de seres humanos que no alcanzan, desgraciadamente, el mismo valor para los grandes medios de comunicación que los habitantes de Europa o América del Norte. Sobre África suelen escribir hombres blancos que miran con ojos blancos y mentalidad colonizadora a un territorio todavía demasiado desconocido y poco dúctil a los esquemas occidentales. En este contexto, los tópicos baratos y simplificadores son los que terminan imponiéndose para desgracia de un pueblo lleno de futuro.

Con objeto de conocer los avances y retrocesos experimentados en estos diez lustros hemos preguntado a dos personas que saben muy bien de lo que hablan. Resulta enriquecedor conjugar la visión ácida y crítica que expone en su artículo José Julio Martín-Sacristán, representante de la Fundación Sur, con el afrooptimismo de Gerardo González, una de las personas que más sabe sobre la historia y el presente de África gracias a que lleva cuarenta años escribiendo en la revista Mundo Negro sobre lo que allí sucede. González sostiene que el hombre y, sobre todo, la mujer africana, todavía tienen mucho que decir y hacer “como resortes del cambio”, aunque reconoce que este proceso va a ser lento.

Ambos análisis coinciden, no obstante, en denunciar la explotación interesada y egoísta a la que Europa -y más tarde Estados Unidos- han sometido a sus gentes durante demasiado tiempo. La riqueza de sus recursos naturales y materias primas ha sido lo que nos ha llevado a acercarnos más a una tierra indómita y llena de vida. El advenimiento de países independientes no puso término a las relaciones de explotación y sometimiento. Hoy en día, naciones emergentes como China, India y Brasil han tomado el relevo en la despreciable misión de vampirizar sus principales fuentes de riqueza a cambio de un precio injusto.

África sigue siendo una tierra de contrastes. Por un lado está la injusticia y desigualdad que se vive en la mayoría de sus países, que no es distinta a la que reina en el mundo opulento pero sí más aguda. Además, no podemos olvidar, claro está, que las violaciones de los derechos humanos son el pan suyo de cada día. El Sahara Occidental, la República Democrática del Congo, Ruanda o Guinea Ecuatorial son sólo cuatro ejemplos de situaciones que deben resolverse cuanto antes. No cabe duda de que a África hay que darle tiempo: medio siglo de Independencia no es más que una mota de polvo en el campo de fútbol que representa la Historia de la Humanidad. En muchos lugares de ese continente injustamente ninguneado se escucha un grito de esperanza para que los próximos 50 años sean mejores y que permitan construir un África nueva y próspera.